Estatua de Minamoto Yoritomo en Kamakura

Si bien habíamos visto aparecer a los samuráis a finales del periodo Heian, y protagonizar los combates de las Guerras Genpei, es este que empezamos ahora su momento álgido, cuando se hacen con el control del país, puesto que los años de gobierno Taira no dejan de ser una continuación del sistema imperial. Como era fácil prever desde su aparición, la clase guerrera estaba destinada a acabar imponiéndose sobre la corte tradicional y aristócrata de Kioto y dar un giro completo a la Historia Japonesa.

Introducción

Con el periodo Kamakura entramos en la llamada “etapa feudal” o “etapa medieval” de la Historia Japonesa, aunque, como digo en la sección Periodización, no estoy demasiado de acuerdo con estos términos –y no soy lógicamente el único en no estarlo. Se trata de términos propios de la historia europea que, etnocéntricos como somos, nos empeñamos en hacer encajar en la historia de otras sociedades. Dicho esto, está claro que tampoco se trata de un uso completamente gratuito y aleatorio, se denomina “feudales” a estos periodos porque comparten algunos aspectos sociales y económicos de la Europa feudal, como la existencia de una élite de tipo militar que se articula mediante una estructura de relación señor-vasallo, por ejemplo, aunque esta relación funcione de una forma bastante diferente en el caso japonés. De todas formas, pese al debate al respecto entre historiadores, y, sobre todo, a falta de una alternativa mejor, lo cierto es que estos términos son ampliamente usados en la gran mayoría de la bibliografía disponible acerca del tema, y por ello van a ser usados también aquí tras haber hecho esta matización.

Le demos el nombre que le demos, lo que es cierto es que con el periodo Kamakura se entra en esa parte de la Historia Japonesa que nos viene más rápidamente a la cabeza cuando pensamos en eso, en la Historia Japonesa. Es también la etapa favorita dentro del imaginario colectivo japonés, la idealización de un pasado lleno de valerosos y leales samuráis combatiendo por fidelidad hacia su señor, una imagen más atractiva para la mayoría que la de los afectados y lánguidos cortesanos del periodo Heian vertiendo una lágrima por la belleza de un poema acerca del florecimiento de una peonía, por ejemplo. Dejando de lado lo idealizada y romantizada que pueda estar la visión que tenemos tanto nosotros como los japoneses acerca de esta época, algo parecido quizá a lo que pasa con la Edad Media europea, lo que no puede negarse es que se trata de unos momentos muy interesantes de la historia que han definido gran parte de la cultura y la sociedad japonesa incluso actual.

El gobierno de Yoritomo

Tras su victoria en las Guerras Genpei (1180-1185) contra el clan Taira, Minamoto Yoritomo (1147-1199) estableció la sede de su gobierno en la misma ciudad en la que había situado su cuartel general durante el conflicto, Kamakura, aunque la capital del país siguiese estando en Kioto, para escapar lo máximo posible de la influencia de la corte de la capital, además de beneficiarse de la riqueza agrícola de la llanura de Kantō, en la que se encuentra Kamakura. Evitaba así caer en los mismos errores cometidos por los Taira en las décadas anteriores, quienes se integraron en la corte, perdiendo de vista su carácter militar y acomodándose a la vida placentera de la capital. Algunos historiadores creen incluso que el principal objetivo de Yoritomo era el de gobernar de forma autónoma únicamente sobre la parte oriental del país, más que hacerse con el control de todo Japón, y que esto último fue sólo consecuencia de lo primero. Ya durante los años que duraron las Guerras Genpei, Yoritomo fue tejiendo el sistema de alianzas políticas y militares sobre las que basaría posteriormente su shōgunato. De hecho, no viajó a la capital hasta 1190, una vez estuvo seguro de haber organizado su gobierno y afianzado su autoridad en la zona este del país. Para extender esta autoridad sobre el resto del territorio tendría que esperar a ser nombrado shōgun, algo que no pudo llegar hasta la muerte de Go-Shirakawa (1127-1192), el emperador retirado, quien era muy influyente en la capital y se oponía firmemente al nombramiento.

La palabra “shōgun” significa literalmente “comandante del ejército”, una versión acortada del título “daishōgun” o “gran comandante del ejército” y en este caso, además, es una versión acortada del título completo de “seiitaishōgun”, algo así como “gran comandante apaciguador de bárbaros”. Este había sido hasta entonces un cargo temporal concedido al general encargado de combatir a los pueblos bárbaros del norte del país, los emishi, y usado por poco más de media docena de generales del siglo VIII al X. Yoritomo reclamó ese título, que debe ser concedido por el emperador, para utilizarlo de forma permanente y hereditaria, y no para combatir a los bárbaros del norte sino para gobernar sobre todo el país, inaugurando así un concepto completamente novedoso. De nuevo, a menudo se ha buscado para este término una traducción fácil de comprender, intentando hacer encajar un concepto más cercano a la tradición occidental, con lo que muchas veces nos encontramos con que “shōgun” se traduce como “dictador militar”, “caudillo” e incluso como “generalísimo”, aunque ninguno de estos conceptos sea exactamente correcto. A su vez, al gobierno del shōgun solemos llamarlo “shōgunato” o, a la japonesa, “bakufu”, palabra que significa “gobierno de la maku”, siendo maku una especie de cortina o tienda de campaña en la que los generales se situaban durante las batallas para dirigir a las tropas desde alguna colina cercana, dejando así claro que se trata de un gobierno de carácter militar. A diferencia de los otros dos shōgunatos que hubo en la Historia Japonesa –el Ashikaga y el Tokugawa–, este no recibe el nombre del clan de su fundador sino el de la ciudad en la que se instaló, Kamakura, el motivo es fácil de descubrir teniendo en cuenta cómo se desarrollaron los acontecimientos, pero no nos adelantemos.

Con el nombramiento por parte del emperador, Yoritomo buscaba la legitimidad que ello le aportaba, puesto que, pese a establecerse un gobierno militar, el papel central y sagrado de la Familia Imperial nunca se puso en duda. En un plano teórico, Yoritomo actuaba en representación del emperador, aunque de facto se tratase de una figura completamente autónoma. Gobernaba directamente en la zona de Kantō, al este del país, y de forma diferida en el resto, ostentando tanto el poder político como el militar, encargándose también de tareas policiales, funciones que a la corte tampoco parecían interesar demasiado mientras que alguien asumiese la tediosa tarea de mantener la paz, así como de recaudar impuestos. Poseía un gran número de shōen, aunque la mayoría de shōen del país seguía aún en manos de miembros de la corte y de grandes monasterios, e incluso era propietario de nueve provincias en la zona de Kantō y siete más en otras regiones.

Los sistemas y estructuras del gobierno samurái no se plantearon de forma substitutoria a los existentes dentro del sistema imperial, en funcionamiento desde la Reforma Taika, sino que se implantaron añadiéndolos a éstos. La autonomía del bakufu, pese a ser real y estar basada en sus propias condiciones y normas, buscaba estar legitimada por el poder existente, encajándose dentro del marco legal de éste. De todas formas, la administración imperial estaba ya bastante debilitada y en algunos casos se limitaba a un papel puramente nominal, sobre todo a medida que fue avanzando el tiempo, decantándose la balanza de poder cada vez más del lado del bakufu. Esta situación no propició demasiada oposición por parte de la corte, como quizá cabría esperar, puesto que, en el día a día, la tranquila vida de los cortesanos y la Familia Imperial no se vio demasiado afectada por todos estos cambios, y Kioto continuó siendo la capital de la alta cultura.

Yoritomo contaba, ya desde antes de hacerse con el poder, con la ayuda y la lealtad de un grupo de vasallos de confianza, los llamados go-kenin o “hombres de la casa”, que eran en un principio miembros de su clan, el Minamoto, aunque esto iría cambiando paulatinamente, incorporando a este selecto grupo a samuráis de otros clanes, dándose la irónica circunstancia de llegar a incluir a numerosos miembros del clan Taira. Algunos de estos go-kenin eran enviados a provincias fuera del ámbito de influencia directa de Yoritomo, donde le representaban; en otros lugares, firmaba alianzas con los clanes de una determinada provincia, antiguos enemigos en muchos casos, convirtiéndolos en vasallos. Para controlar y administrar cada provincia creó dos nuevos cargos, designados por el mismo shōgun: el de jitō, una especie de lugarteniente encargado de administrar un shōen, recaudando los impuestos y manteniendo la paz en dicho territorio; y el de shugo, de carácter superior, algo así como un gobernador, que supervisaba toda una provincia. Con el tiempo, ambos cargos pasarían a ser hereditarios. Colocando a vasallos leales en estos puestos de responsabilidad, Yoritomo tejió una red de confianza en cuyo centro se situaba el bakufu de Kamakura. Esta relación de vasallaje era recompensada con tierras de las que se había conquistado a los Taira en las Guerras Genpei así como con un porcentaje de los impuestos que cada jitō y shugo recaudaba en la zona que administraba. El sistema del gobierno de Kamakura demostró ser más eficiente que el anterior sistema imperial, haciendo que la productividad de los shōen aumentase y los beneficios agrícolas fuesen mayores de lo que eran hasta entonces, algo que colaboró en la tranquilidad de la corte de Kioto, puesto que sus cortesanos eran propietarios de un gran número de territorios que ahora les procuraban mayores riquezas.

Difusión del Budismo

En esta misma época empezaron a aparecer nuevas sectas budistas, bastante diferentes de las tradicionales ubicadas en la zona de Nara, con una doctrina mucho más sencilla, lo que hizo que fueran capaces de llevar el budismo a las clases más populares, en lo que podríamos llamar “una democratización de la religión”. Estas nuevas sectas se dividen básicamente en dos grandes corrientes: la de la Tierra Pura y la Zen. La primera de ellas se caracteriza por su veneración a Amida Buda y por rechazar la necesidad de sacerdotes y rituales, enfocando la práctica de la religión como algo mucho más personal e íntimo. De una secta inicial que da nombre a esta corriente budista, Jōdo-shū, “Escuela de la Tierra Pura”, surgieron otras, como la Jōdo Shinshū, “Verdadera Escuela de la Tierra Pura”. Valga como prueba de la importancia de estas dos sectas el que hoy en día son las que cuentan con un mayor número de fieles en Japón. El principal símbolo de la ciudad de Kamakura, el Gran Buda del templo Kōtoku-in, pertenece a esta corriente del budismo.

La otra gran corriente religiosa que gozó de una gran difusión en este periodo fue el Zen, que en cierto modo actuó como una especie de puente entre las sectas tradicionales y las nuevas, y que contó con algunas sectas muy importantes como Rinzai y Sōtō, siendo la primera de ellas muy poderosa y ejerciendo una gran influencia sobre el bakufu de Kamakura y, en general, sobre la filosofía samurái.

Fotografía tomada por el autor en agosto de 2004

Algo más tarde, pero también dentro de este periodo, apareció una nueva secta budista que no se engloba en ninguna de estas dos corrientes y que con el tiempo desembocó en numerosas sectas, se trata de la secta Hokke-shū, “Escuela del Loto”, aunque se la conoce más habitualmente por el nombre de su fundador, el monje Nichiren (1222-1282). Su doctrina tiene un marcado carácter nacionalista y es además muy combativa con el resto de sectas.

La aparición y difusión de todas estas nuevas sectas no implicó necesariamente que las tradicionales, como Tendai o Shingon, se debilitasen, más bien al contrario, el momento álgido que vivió el budismo en general gracias a su adopción por parte del pueblo llano hizo que también estas sectas antiguas disfrutasen de un notable resurgimiento. Se cree que uno de los motivos para este auge del budismo fue el clima general de pesimismo, causado por varias catástrofes naturales y numerosas guerras civiles y conflictos; gran parte de la población empezó a creer que todo ello era causado porque el fin del mundo estaba cerca y recurrió al consuelo espiritual que les ofrecía la religión.

Muerte de Yoritomo

En 1199 murió Yoritomo y en el bakufu se planteó un problema al no haber un sucesor directo que pudiera heredar el puesto de shōgun. Tras vencer en las Guerras Genpei, una de las primeras cosas que había hecho Yoritomo –que recelaba de todo y de todos, especialmente de los más allegados– fue acabar con aquellos familiares y miembros de su propio clan que creyó que podrían intentar usurpar su poder, empezando por su hermano Yoshitsune. Así, siendo sus hijos aún demasiado pequeños para gobernar, no había ningún Minamoto que pudiese optar claramente a hacerse cargo del bakufu. La viuda del shōgun fallecido, Masako (1156-1225), perteneciente al clan Hōjō –poderoso clan que había apoyado a Yoritomo durante el conflicto con los Taira–, fue quien se hizo con el poder, rodeada de su padre y otros miembros de su clan. De hecho, el sobrenombre que se le dio a partir de entonces fue el de ama shōgun, “monja shōgun” –al enviudar decidió convertirse en monja budista–, puesto que todos sabían que era ella quien gobernaba en la sombra.

Tres años más tarde, el hijo mayor de Yoritomo, Minamoto Yoriie (1182-1204), pasó a ser mayor de edad y, por tanto, heredó el liderato del clan y el puesto de shōgun, por lo que su madre y su abuelo, Hōjō Tokimasa (1138-1215) –el líder de los Hōjō–, veían amenazado el poder que habían ostentado desde la muerte de Yoritomo. Por ello, decidieron crear un cargo nuevo dentro del bakufu, el de shikken, una especie de regente del shōgun, en teoría un cargo de confianza que debía asesorar al shōgun, pero que en la práctica era quien realmente controlaba el gobierno; en resumen, se trata de la versión del bakufu del regente del emperador en Kioto. Y, lógicamente, el primer shikken fue precisamente Hōjō Tokimasa, el abuelo del shōgun. Pero Yoriie era mucho más cercano a la familia de su mujer, y se dejaba aconsejar mucho más por su suegro –el líder del clan Hiki– que por su propio abuelo y regente. Esto hizo que Tokimasa temiese, de nuevo, perder el poder sobre el bakufu, por lo que urdió una estratagema para acabar con la vida tanto del suegro de Yoriie como con la de los principales miembros del clan Hiki e incluso con la del propio hijo y heredero de Yoriie, de sólo cinco años, bisnieto del propio Tokimasa. Tras estos trágicos hechos, en 1203, Yoriie abdicó, para ser posteriormente acusado de conspirar contra los Hōjō y condenado a un arresto domiciliario. Un año más tarde sería asesinado por miembros del mismo clan Hōjō, el clan liderado por su madre y su abuelo.

Hōjō Masako, por Kikuchi Yōsai

Emblema del clan Hōjō

Con Yoriie fuera del camino de los Hōjō, el puesto de shōgun fue ocupado por su hermano pequeño, Minamoto Sanetomo (1192-1219), quien no fue más que un títere en las manos de su familia materna, dejando por completo el poder en manos del shikken. Durante el resto del periodo este puesto sería siempre ocupado por un miembro del clan Hōjō, en un principio coincidiendo con el líder del clan pero, a partir de mediados del siglo XIII estos dos cargos pasaron a ser independientes, tomando realmente todas las decisiones en la sombra el jefe del clan, con lo que esta tradición tan japonesa del poder ejercido de forma indirecta daba una vuelta más de tuerca. Hagamos un repaso: en Kioto el poder supremo estaba teóricamente en manos del emperador, que solía estar emparentado con el clan Fujiwara por el lado materno; en la práctica el poder real recaía en su regente o kanpaku, que era siempre un miembro del mismo clan Fujiwara; esta influencia se veía un poco equilibrada por la figura del emperador retirado o emperador enclaustrado, quien tras abdicar ejercía un poder en la sombra como líder de la Familia Imperial. Por si esto no fuese ya complicado, nos encontramos con que en Kamakura el shōgun era quien, en representación del emperador, gobernaba en todo el país; pero ya hemos visto que esto dejó de ser así, puesto que el shikken, el regente del shōgun, siempre del clan Hōjō, era quien gobernaba en realidad; y, tal y como acabábamos de comentar, a partir de cierto momento, fue el líder del clan Hōjō el que tomaba las decisiones en la sombra en lugar del shikken. Aún podemos complicarlo un poco más: a partir de la muerte de Sanetomo, ningún otro Minamoto ocuparía el cargo de shōgun –es por esto por lo que este shōgunato recibe el nombre de la ciudad de Kamakura y no de los Minamoto–, desde ese momento y hasta el final del periodo se haría habitual que el cargo, ya completamente vacío de poder real, recayese en miembros del clan Fujiwara o en príncipes de la Familia Imperial, en un intento de legitimar la figura del shōgun..

Esquema del proceso de poder diferido, las flechas indican la influencia que cada uno de los elementos ejerce sobre otro

Rebeliones e intentos de invasión

En 1198 el Emperador Go-Toba (1180-1239) fue obligado a abdicar por orden de Yoritomo, ascendiendo al trono su hijo mayor y haciendo que mostrase una fuerte oposición al gobierno de Kamakura desde su nuevo puesto como emperador retirado, cargo éste que había perdido poder notablemente desde la existencia del shōgunato –algo que, obviamente, también contribuía a acrecentar su descontento. Una serie de disputas en torno a los procesos sucesorios, tanto de la Familia Imperial como del shōgunato, hicieron que el emperador retirado acabase perdiendo la paciencia. En 1221, Go-Toba inició una rebelión en contra del gobierno de Kamakura, la Rebelión Jōkyū, respaldado por una mezcla poco homogénea de opositores al bakufu, como familias del clan Taira, otros clanes de la zona oeste enemistados con el gobierno por diferentes motivos, o los monasterios cercanos a la capital, pertenecientes a las sectas tradicionales, deseosos de acabar con la influencia creciente de las nuevas sectas budistas, localizadas principalmente en la zona de Kamakura. Una semana después de la declaración de guerra de Go-Toba, los Hōjō tenían ya listo un ejército de casi doscientos mil guerreros, dirigidos por el shikken, hijo de Tokimasa, que emprendieron la marcha inmediatamente hacia la capital, reclutando a más soldados a su paso. Acabaron fácilmente con la oposición que fueron encontrando por el camino y tomaron Kioto desde tres flancos distintos, aplastando completamente a las tropas de los aliados de Go-Toba.

El conflicto se había resuelto en menos de un mes y acabó con el destierro a diferentes lugares del emperador retirado y sus dos hijos, habiendo sido uno de ellos también emperador y siendo el otro el emperador en ese mismo momento; ascendió así al trono un nuevo emperador, hijo del anterior, nieto por lo tanto de Go-Toba. La aplastante victoria de Kamakura sirvió además al bakufu para afianzar su autoridad en todo el país con una serie de medidas políticas y administrativas. Primero, estableció una especie de sucursal del gobierno de Kamakura en la ciudad de Kioto, llamada Rokuhara Tandai, desde donde poder controlar más estrechamente todo lo que sucedía en la capital. Además, el gobierno se reservó el derecho de participar muy activamente en decisiones que hasta entonces había tomado exclusivamente la corte, como asuntos relativos a la sucesión al trono o a la regencia imperial. Por último, se confiscó una gran cantidad de shōen pertenecientes tanto a la Familia Imperial como a todos aquellos que habían apoyado la rebelión de Go-Toba, y en estos shōen se colocaron de forma estratégica una serie de jitō cercanos al gobierno de Kamakura, muchos de ellos miembros del mismo clan Hōjō. Tras afianzarse así el poder del bakufu, sofocando esta rebelión y pasando a controlar de cerca la capital, el siguiente medio siglo se caracterizó por ser pacífico y estable, gracias también a un eficiente gobierno por parte de los Hōjō. Pacificado así el país, la siguiente amenaza vendría del exterior, con dos intentos de invasión de Japón por parte de los mongoles, explicados en otro artículo.

El emperador Go-Toba

El inicio de la crisis

Pese a haber evitado la conquista de Japón, los intentos de invasión mongol provocaron al bakufu una enorme crisis financiera y social que, en sólo medio siglo, acabaría desembocando en su caída. Por un lado, el gobierno había tenido que hacer frente a grandes gastos para la defensa del país, que no se habían compensado al vencer con ninguna nueva tierra conquistada ni ningún botín económico. Además, la posibilidad de un tercer intento de invasión hizo que se mantuvieran las costosas medidas de seguridad durante décadas. Tampoco pudo recompensar a los samuráis que habían ayudado en la defensa del país, por el mismo motivo, esta vez no se había vencido a un clan enemigo, al que se desposeía tras la victoria de sus tierras para repartirlas entre los generales aliados; así, por primera vez se rompía la norma de “recompensa por servicios” sobre la que se asentaba gran parte del –mal llamado– sistema “feudal”, con lo que la autoridad del shōgunato se empezó a poner en duda.

Agravando aún más el problema, algunos monasterios budistas se atribuyeron el mérito de la victoria doble ante los mongoles, curioso hecho provocado por la aún más curiosa forma en la que transcurrieron los hechos durante las batallas; incluso el monje Nichiren proclamó haber predicho los intentos de invasión mongol, como una especie de castigo divino a los líderes del país. Curiosamente, sí se recompensó a algunos monasterios por su supuesta ayuda en la batalla, algo que aún contribuyó más al descontento samurái. Entre la clase guerrera creció un sentimiento de desconfianza hacia un shōgunato títere en manos del clan Hōjō, atrás había quedado el tiempo en el que jurasen lealtad a Yoritomo. Los Hōjō empezaron incluso a perder las simpatías de miembros del mismo gobierno y de la aristrocracia samurái pertenecientes a otras familias, puesto que, cada vez más, los puestos de responsabilidad de todo el país eran ocupados por miembros del clan Hōjō de forma casi exclusiva.

Estatua de Nichiren en el templo Honrenji, en Nagasaki

Toda esta situación coincidió con una subida totalmente desproporcionada del precio del arroz y del auge de actividades como el comercio, la manufactura o las transacciones de tipo monetario. Todos estos factores contribuyeron a que parte de la clase samurái –que al fin y al cabo vivían de la agricultura aunque no la practicasen directamente– empezase a empobrecerse de forma rápida. Para hacer frente a esta situación, muchos de ellos, los de rango más bajo e incluso algunos jitō, no tuvieron más remedio que empezar a vender o, sobre todo, empeñar propiedades, endeudándose. Por supuesto, esta crisis no afectó a los samuráis más poderosos y privilegiados, clase que acabaría evolucionando a los daimyō de periodos posteriores. El preocupante endeudamiento de gran parte de los samuráis hizo que el bakufu tomase una decisión de emergencia en 1297, declarando una amnistía que anulaba todas las deudas contraídas por la clase guerrera. Obviamente, esta medida únicamente solucionó el problema a corto plazo para agravarlo a la larga, ya que ahora los samuráis, pese a estar libres de sus deudas, seguían siendo igual de pobres que lo eran antes, por lo que tuvieron que volver a recurrir a los servicios de los prestamistas, y éstos, temiendo una posible nueva amnistía del gobierno, endurecieron enormemente las condiciones de sus préstamos, con unos intereses tan altos que empobrecieron aún más a la clase guerrera. A principios del siglo XIV el descontento de gran parte de los samuráis –casi todos excepto los Hōjō y pocos más– estaba llegando a un punto casi incontenible.

Caída del shōgunato Kamakura

Se hace necesario ahora retroceder unas pocas décadas, a 1246, cuando el Emperador Go-Saga (1220-1272) abdicó en favor de su hijo Go-Fukakusa (1243-1304) para, trece años después, presionarle hasta conseguir su abdicación en favor de su hermano menor, Kameyama (1249-1305). Tras la muerte de Go-Saga se establecieron dos líneas sucesorias a partir de sus dos hijos, que recibieron el nombre de los lugares en los que vivía cada familia, Daikakuji y Jimyō-in, eligiéndose a cada nuevo emperador de forma alternativa entre ambas líneas. Este peculiar sistema de sucesión provocó, lógicamente, fuertes tensiones dentro de la corte y la sociedad de la capital en general, llegando a polarizarse incluso aspectos culturales o religiosos: había un tipo de literatura preferida por los Daikakuji, otra por los Jimyō-in, que era lógicamente favorecida cuando reinaba un emperador de esta rama; una secta religiosa preferida por cada rama; un estilo de caligrafía, etc.

Las dos líneas sucesorias; entre paréntesis, los años de reinado de cada emperador; en rojo, el orden alterno entre ambas líneas

El shōgunato se encargaba de organizar la sucesión, decidiendo cómo se alternaba entre ambas ramas, pero, llegado un punto, decidieron que este sistema era insostenible a largo plazo, por lo que establecieron una serie de normas encaminadas a acabar unificando de nuevo la línea sucesoria. Una de estas normas fue la de que el Emperador Go-Daigo (1288-1339), quien ocupaba el trono desde 1318, no pasase a ningún heredero su derecho al trono, empezando así a cortar una de las dos líneas. Obviamente, esto no gustó nada a Go-Daigo, quien además había subido al trono teniendo más de treinta años y estaba bastante lejos de ser un emperador sin voluntad que dejase hacer a los demás en su nombre tranquilamente. Aprovechando el momento de debilidad por el que pasaba el bakufu, el emperador vio una buena oportunidad de acabar con él y hacerse con el poder real. Después de un primer intento en 1324, el conflicto acabó estallando en 1331, en lo que se conoce como la Guerra Genkō.

Izq., estatua de Kusunoki Masashige en una de las entradas del Palacio Imperial, en Tokio / Centro, Ashikaga Takauji / Der., estatua de Nitta Yoshisada en Fuchū, Tokio

Tal y como hiciese su antepasado, el Emperador Go-Toba, más de un siglo antes, Go-Daigo buscó apoyos en los clanes guerreros descontentos con el gobierno del shōgunato, así como entre los monasterios de la zona de Kioto. En 1332 el propio emperador fue capturado por el ejército del bakufu y desterrado al mismo lugar donde también había sido desterrado Go-Toba aunque a partir de este momento no corrieron la misma suerte. Su hijo, el Príncipe Moriyoshi (1308-1335) y uno de sus generales más fieles, Kusunoki Masashige (1294-1336), continuaron combatiendo al ejército de Kamakura durante el año que tardó Go-Daigo en escapar de su destierro. La guerra dio un giro inesperado en 1333 cuando el general enviado por los Hōjō para tomar Kioto, un descendiente de una de las líneas del clan Minamoto llamado Ashikaga Takauji (1305-1358), cambió de bando y decidió apoyar la causa imperial. Así, al llegar a Kioto, atacó el Rokuhara Tandai, la delegación del gobierno del shōgunato, y tomó la capital en nombre del emperador. Paralelamente, en la zona de Kantō, otro líder samurái, Nitta Yoshisada (1301-1338), jefe del clan Nitta, emparentado con los Minamoto, se levantó también en contra de los Hōjō, conquistando rápidamente Kamakura y acabando así con el shōgunato.


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López-Vera, Jonathan. “El periodo Kamakura (1185-1333), primer gobierno samurai” en HistoriaJaponesa.com, 2013.