El kofun más grande de Japón, en Sakai, Osaka

Siguiendo con los periodos de la Historia Japonesa, nos encontramos con el periodo Kofun, y terminamos así con la Edad Antigua de nuestra tabla de Periodización. Empezamos a dejar atrás la prehistoria y van apareciendo cada vez más elementos familiares, más cercanos a lo que todos nos imaginamos al pensar en la Historia de Japón.

Aunque no lo sea, podría tomarse la muerte de la Reina Himiko de Yamatai, de la que hablé al tratar el periodo Yayoi, como el punto de partida de este periodo, puesto que fue enterrada bajo un gran túmulo y son este tipo de tumbas, los kofun (lit. “tumba antigua”), las que le dan nombre. Ya he dicho varias veces que al movernos por estos momentos tan antiguos de la historia, la periodización es siempre un terreno bastante inestable y con numerosos debates. Muchas veces, incluso, se engloban este periodo y el siguiente, Asuka, dentro de uno mayor llamado Yamato, al tomar como criterio la política y no la cultura, por decirlo así; yo los veo tan distintos y separados por un hecho de tanta relevancia (la difusión del Budismo) que veo mejor tratarlos por separado. Sea como sea, muchas veces al hablar de este periodo, se le da menor importancia de la que tiene y se resume diciendo poco más que fue un momento en el que en Japón se enterraba a la gente importante en grandes tumbas. Y sí, es cierto, durante los tres siglos de los que vamos a hablar se popularizó esa costumbre entre la élite y algunas de las tumbas son realmente espectaculares por sus dimensiones; pero lo más destacable de esta época debería ser la aparición del primer estado japonés, aunque sea todavía en una forma bastante poco sofisticada. Pero vayamos por partes.

Como ya expliqué, a finales del periodo Yayoi el reino más poderoso de los que formaban el país de Wa era Yamatai y, aunque no hay consenso al respecto, parece haberse situado su ubicación en torno a la zona de Nara, en el centro de Honshū. Tiene bastante lógica, puesto que es justo en ese lugar, llamado Yamato, en el que algunos clanes empezaron a hacerse cada vez más fuertes y acabaron unificando gran parte del territorio. Curiosamente, sabemos menos acerca de los inicios de este periodo que del anterior porque, además de no utilizarse aún en Japón ningún tipo de escritura, tampoco contamos esta vez con ninguna crónica histórica china que hable del tema después de la muerte de la Reina Himiko. Esto se debe a que China, terminada la dinastía Han, se encontraba inmersa en un periodo de desunión, una constante a lo largo de su historia, y probablemente tenían asuntos más importantes que tratar. Y respecto a las primeras crónicas propiamente japonesas, el Kojiki y el Nihon Shoki, escritas a inicios del s.VIII, no pueden considerarse fiables hasta que empiezan a relatar lo sucedido a partir del s.VI, toda referencia anterior puede considerarse mitológica más que histórica. Así, lo que sabemos de la mayor parte del periodo Kofun se debe a los restos arqueológicos encontrados, que por suerte son muy numerosos.

En el periodo Yayoi se produjo una estratificación de la sociedad (debida en parte a la defensa frente a otros pueblos, y al cultivo del arroz y la posibilidad de almacenarlo), en este periodo se intensifica este proceso y podemos hablar de tres grupos muy diferenciados: los clanes familiares llamados uji, artesanos organizados por oficios en comunidades llamadas be, y esclavos. Algunos de estos clanes guerreros fueron haciéndose cada vez más poderosos debido a un gran aumento en la producción agrícola causado por el perfeccionamiento de herramientas de hierro, así como por nuevas técnicas de irrigación llegadas desde el continente. Así, estos clanes pudieron mantener mayores ejércitos que a su vez podían conquistar mayores territorios en los que producir más y tener excedentes con los que poder comerciar en Corea y mejorar su tecnología gracias al acceso a metales y técnicas.

El emperador Sujin

Uno de estos clanes de Yamato, con Sujin a la cabeza, empezó a conquistar a otros clanes, a veces por la fuerza pero muchas otras mediante la negociación, incorporando clanes enemigos a cambio de puestos dentro de la estructura del reino dominante, una característica que observamos a lo largo de toda la historia japonesa. El clan de Sujin llegaría a dominar gran parte del país, la isla de Kyūshū y Honshū hasta la llanura de Kantō (zona del actual Tokio), unificando de esta forma el país por primera vez, aunque no podamos aún hablar de la formación de un estado sino más bien de una especie de confederación de clanes. Los expertos parecen coincidir en que Sujin debería ser considerado como el primer emperador real de la historia japonesa, aunque en el Nihon Shoki aparece como el décimo, y se cree que murió en el año 318. Pese a que la “versión oficial” sea que la dinastía imperial japonesa sigue una línea inquebrantable desde los inicios de los tiempos, parece haber bastante consenso en que data de inicios del s.VI (que ya es una fecha nada desdeñable) y que antes hubo una o quizá dos dinastías imperiales, siendo la primera de ellas la iniciada por Sujin.

Un siglo más tarde, otro clan liderado por Ōjin se hace con el poder, dando comienzo así a una nueva dinastía. Se trataría de una dinastía mucho más poderosa que la anterior, como simbolizan sus tumbas, de las que hablaremos más tarde, y que incluso practicó una política expansionista en Corea, que por aquel entonces se encontraba dividida entre los reinos de Silla, Paekche y Koguryo. A lo largo del s.V Japón, o Yamato para ser exactos, tuvo gran presencia en una zona del sureste de la península coreana, llamada Kaya en coreano y Mimana en japonés, que no se encontraba bajo el control de ninguno de los tres reinos coreanos y donde Yamato comerciaba, principalmente comprando hierro. Es a través de esta zona por donde entran al archipiélago también ideas y técnicas chinas y coreanas. La presencia de Yamato en Mimana llega hasta el punto de enviar numerosas tropas para combatir contra los otros reinos coreanos, que querían conquistar este territorio. Además, Yamato tenía constantes campañas militares dentro de Japón para combatir en el norte de Honshū a los emishi, pueblos considerados bárbaros (se trataba de pueblos de cultura Jōmon, se cree que cada vez más arrinconados hacia el norte, desembocando en la actual etnia ainu).

El emperador Ōjin

En el año 507 sube al trono el emperador Keitai, tras la muerte sin descendencia de Buretsu, y se cree que pertenece a una nueva dinastía que, esta sí, sería la misma a la que pertenece el actual emperador de Japón. En esta época Yamato empieza a interesarse menos por las técnicas productivas del continente, ya asimiladas, y más por conocimientos éticos (Confucianismo), religiosos (Budismo y Taoísmo), la escritura, literatura e historia, así como técnicas administrativas (leyes y censos), preparando así el escenario para la serie de reformas que caracterizarían el siguiente periodo. Keitai debe hacer frente a numerosas derrotas militares en Corea así como a una rebelión en el propio Yamato, cuando en 527 un gobernador del norte de Kyūshū llamado Iwai se negó a enviar tropas para luchar en Corea tal y como le habían ordenado, por lo que Yamato debió desviar a su vez tropas para combatir a Iwai, a quien acabarían derrotando y matando. Además, la caída de Mimana en manos del reino de Silla, hizo que Yamato se centrase más en asuntos nacionales y, alertados por la rebelión de Iwai, se diesen cuenta de que los clanes de las provincias se estaban haciendo peligrosamente poderosos. Este aumento en su poder se debía en parte a la proliferación de las nuevas técnicas de cultivo y regadío, que ya no eran exclusivas de la zona central del país. A lo largo de la historia de Japón (y de prácticamente cualquier otro lugar) asistimos constantemente a este ciclo de alternancia de poder entre centro y periferia. Yamato empezó entonces a poner en práctica algunas de las leyes y técnicas administrativas del sistema imperial chino, el sistema conocido como ritsuryō, que aunque se desarrollaría plenamente en periodos posteriores, ya apareció en este momento. Una de las iniciativas que se pusieron en marcha fue un censo de la población, en un primer momento únicamente de extranjeros y más tarde de todos los habitantes. En esta época la escritura aún no era algo extendido en Japón, y no conservamos más que algunas inscripciones en espadas o espejos de metal, pero sí sabemos que existían escribas, que se encargaron de elaborar estos censos; de hecho, se cree que lo que Kojiki y Nihon Shoki nos cuentan acerca de este siglo está basado en escritos realizados entonces.

En esta época final del periodo Kofun observamos por primera vez la aparición de otra característica que se repite a lo largo de los siglos en la historia de Japón, la existencia de una familia muy importante dentro de la corte, con un papel decisivo sobre el gobierno del país. En este caso se trataría de la familia Soga, que aparece en escena cuando en 536 Soga no Iname se hace con un cargo que podríamos traducir como Gran Ministro. Hablaré más de la familia Soga al tratar el periodo Asuka, caracterizado por la difusión del Budismo, baste ahora para poner de manifiesto la importancia de los Soga el decir que, siendo de orígenes coreanos, eran fervientes promotores de esta nueva religión llegada del continente, con lo que fueron en parte responsables de su expansión dentro de Japón. Consideraban el Budismo como propio de sociedades más civilizadas y creían que serviría para unificar a todos los clanes bajo el mando directo del emperador, además, estaban interesados en establecer el Confucianismo como modelo gubernamental. Pero, como decía, de esto hablaremos al llegar al periodo Asuka.

Comparativa del kofun del Emperador Nintoku –maqueta–, la Gran Pirámide de Giza y el Mausoleo de Qin Shi Huang –estructuras transparentes

Pareja de haniwa

Estructura interna de un kofun, con la cámara mortuoria

Detalle del kofun del Emperador Nintoku –el de la primera foto– en el que, tomando como referencia las pistas de tenis de la izquierda, podemos hacernos una idea de las colosales dimensiones de la tumba más grande de Japón

Habiendo llegado ya al final de este periodo, es momento para, ahora sí, hablar de los kofun en sí mismos. Con la creciente estratificación de la sociedad, las clases más altas sintieron la necesidad de expresar su estatus incluso al morir y, seguramente por influencia continental, pues existen tumbas parecidas en Kyongju (Corea del Sur), empezaron a ser enterrados bajo túmulos que, a simple vista, pueden parecer nada más que colinas. Primero eran de dimensiones más reducidas y de forma cuadrada o circular, normalmente rodeados de un fosado, para con el tiempo ir haciéndose más grandes y popularizándose la forma de cerradura. Se han encontrado más de diez mil kofun pertenecientes a esta época por todo el área de influencia de Yamato, aunque los mayores están en la parte central de Honshū, pertenecientes casi con seguridad a emperadores y grandes mandatarios del s.V, cuando Yamato alcanzó su momento de mayor poder. Por ejemplo, el mayor de todos es el impresionante kofun del Emperador Nintoku, sucesor de Ōjin, aún existente hoy en día, que tiene 486 metros de longitud y para el que se ha calculado que debieron trabajar más de mil hombres desde la mañana a la noche durante más de cuatro años.

En el interior de los kofun, además, se colocaban en un principio objetos ceremoniales relacionados con el kami protector del lugar según la religión sintoísta; aunque poco a poco la tendencia fue variando hacia objetos más seculares, principalmente militares, como espadas o armaduras. En cuanto al exterior, en diferentes emplazamientos sobre el túmulo o sus cercanías se colocaban unas figuras de arcilla llamadas haniwa, muy características de este periodo, que podían representar los más variados motivos (personas, animales, especialmente caballos, casas, barcos, etc.), generalmente de tipo secular, exceptuando algunas figuras de mujeres chamanes. No se sabe a ciencia cierta el objetivo de la colocación de estos haniwa pero parece ser que su diseño era tan simple y básico para poder ser distinguidas desde bastante distancia. Con la proliferación del Budismo a partir de mediados del s.VI, se abandonaría la costumbre de enterrar a los muertos para pasar a quemarlos, como es costumbre en esta nueva religión. Pero de la llegada del pensamiento continental y sus consecuencias, hablaremos en otra ocasión.

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Agradecimientos

Quiero agradecer a Judit Moreno la cesión de las fotografías marcadas con el logo de este blog, tomadas por ella misma en el British Museum de Londres.


Bibliografía

  • Brown, Delmer M., ed. The Cambridge history of Japan, vol. 1, ancient Japan. Cambridge (Reino Unido): Cambridge University Press, 1993.

  • Hall, John Whitney. El imperio japonés. Madrid: Siglo XXI Editores, 1973.

  • Hane, Mikiso. Breve historia de Japón. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

  • Henshall, Kenneth G. A history of Japan: from stone age to superpower. Nueva York: Palgrave Macmillan, 1999.

  • Varley, H. Paul. Japanese culture. Honolulu: University of Hawaii Press, 2000.


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López-Vera, Jonathan. “El periodo Kofun (300-552), algo más que grandes tumbas” en HistoriaJaponesa.com, 2012.