Hace dos años, pocos días después de empezar esta web, publiqué un artículo llamado Samurais católicos en la Sevilla del s.XVII, sobre un tema de la Historia Japonesa que me interesa especialmente. Coincidiendo con el 400 aniversario de los hechos que en ese artículo se relataban, este año decidí elegir este mismo tema para desarrollar mi trabajo de fin de carrera, bajo el título La Embajada Keichō (1613-1620). Para este trabajo, tomé el artículo de la web como punto de partida pero le dediqué unos meses a ampliarlo mucho, pulirlo y contrastarlo, y el resultado es este nuevo artículo que hoy publico en la web, substituyendo al anterior sobre el mismo tema y fusionando el título de ambos. Ha aparecido estos días publicado además en el segundo número de mi otro proyecto, la revista universitaria Asiadémica.

Introducción

El periodo de los siglos XV a XVII es, sin duda, un momento de grandes y decisivos cambios, sobre todo en Europa, donde se producen numerosos avances en campos como el de las ciencias, de la filosofía, del arte e incluso de la religión, esta última hasta ese momento reacia a cualquier movimiento. En el terreno de lo práctico, Europa se lanza en esta época a conocer el resto del planeta, hasta entonces un completo misterio pero, en menos de un siglo, circunnavegado y en gran parte cartografiado. Se ponen en contacto culturas desconocidas o semi-desconocidas, aunque no siempre de la manera más pacífica y cordial, y las personas, las mercancías y, sobre todo, el conocimiento se desplazan de una punta a la otra del planeta. Podríamos decir perfectamente que el fenómeno de la globalización, aunque parezca algo muy nuevo, empezó ya en esta época.

Este trabajo se centra en uno de estos viajes, aunque se trata de uno que funciona en sentido inverso a los que estábamos comentando, pues esta vez son los supuestamente descubiertos los que viajan a descubrir a sus descubridores, lo que otorga a esta aventura un carácter peculiarmente interesante. Relatar este viaje, además, resulta especialmente útil para dibujar una imagen del Japón de la época, un país que no puede escapar, en ningún nivel, del complicado contexto en el que se encuentra. Un contexto que aún se complica más al aparecer en su realidad, de una día para otro, representantes de una cultura desconocida, ajena y diferente, con la que Japón se ve obligado a interactuar en mayor o menor medida. Estos representantes, además, no se limitan a ser simples invitados pasivos, traen sus propios objetivos e intereses, que no tienen porqué ser los mismos de sus interlocutores japoneses.

De este curioso escenario zarpa un barco en el que van unos viajeros dispuestos a recorrer medio planeta para llegar a un lugar completamente nuevo y distinto, conociendo por el camino a algunos de los personajes más importantes e influyentes de su tiempo. Un viaje que, además, les devolverá después de siete años al mismo punto de partida geográfico, aunque el contexto haya cambiado tanto que no parezca el mismo lugar.

Contexto histórico

Rutas de Europa a Asia Oriental; en azul, el recorrido seguido por Portugal

Los misioneros católicos llegaron a Japón en 1549, con la intención de llevar su fe a ese territorio recién descubierto [1] (seis años antes habían llegado los primeros comerciantes portugueses), de la misma forma que lo estaban haciendo por todo el nuevo imperio castellano-español en América y los nuevos territorios de Portugal en África y Asia. Décadas antes la Ruta de la Seda, utilizada durante siglos, había quedado interrumpida a causa del imparable avance del Imperio Otomano, por lo que los países europeos se vieron obligados a buscar una nueva manera de llegar a Asia oriental, donde podían proveerse, entre otros bienes, de especias, completamente necesarias entonces para poder conservar la comida durante el largo invierno. Portugal creó a principios del s.XV la Escuela de Sagres, una academia de ciencias náuticas desde donde planificaron la ruta que sus marinos seguirían durante el siguiente siglo para llegar a Asia oriental, bordeando África sin alejarse demasiado de la costa. La Europa del s.XV contaba ya con una tecnología y una ciencia suficientes para lanzarse a mares desconocidos con unas mínimas garantías, con instrumentos como el astrolabio, nuevas embarcaciones como la carabela y numerosos estudios y tratados sobre geografía o astronomía. Curiosamente, muchos de estos adelantos provenían del conocimiento árabe, del mismo enemigo al que se estaba intentando expulsar de Europa. Castilla, por su lado, intentaría una ruta aún más arriesgada, viajando hacia el oeste, lo que llevaría al inesperado encuentro con el continente americano.

Nota 1: Utilizo el verbo “descubrir”, pese al tono marcadamente etnocéntrico del término, por ser el comúnmente utilizado para referirse para la llegada de los occidentales a territorios hasta entonces desconocidos para ellos, aunque en muchos casos quizá resultase más apropiado hablar de conquista.

En el plano intelectual y filosófico, en Europa soplaban desde hacía un par de siglos aires de cambio: el contacto con el mundo árabe, así como con los desplazados de zonas como Grecia a causa del avance otomano, aportó múltiples avances tanto en ciencias como en conocimiento en general, un Humanismo que acabaría desembocando en el Renacimiento. En el ámbito religioso aparecieron figuras como las de Erasmo de Rotterdam (1466-1536) o Martín Lutero (1483-1546), críticos con los hasta entonces incuestionados dogmas de la Iglesia Católica. La doctrina de Lutero había producido toda una revolución religiosa e incluso política, conocida como la Reforma, con una rápida difusión por toda Europa gracias al reciente invento de la imprenta, y había hecho que varios países abandonasen formalmente el Catolicismo, dejando de reconocer al papa de Roma como autoridad suprema y dividiendo así el continente en dos bandos. El Vaticano y los países católicos contestaron a los reformistas con lo que se conoce como la Contrarreforma, que contemplaba cierta renovación y normativización de la doctrina oficial y los ritos, la creación o reactivación de órdenes religiosas, el fortalecimiento de la autoridad del papa y la institucionalización de la Inquisición, entre otras estrategias. Se buscaba además ampliar el número de fieles entre los habitantes de los nuevos territorios que países católicos como Portugal o España (Castilla, más concretamente) estaban descubriendo.

En el caso de Japón, fue la nueva orden de la Compañía de Jesús la encargada de intentar evangelizar el país, fundada en 1534 por Ignacio de Loyola (1491-1556) y seis compañeros de la Universidad de París y admitida en 1540 como orden religiosa por el papa Pablo III (1468-1549). Estaba formada por los hombres más y mejor preparados de la Iglesia, una especie de cuerpo de élite intelectual, altamente disciplinados y versados en todo tipo de conocimientos, que rendían cuentas única y directamente ante el mismo pontífice. El rey portugués Juan III (1502-1557), conocido por su gran fervor religioso, simpatizó rápidamente con la recién fundada orden de los jesuitas y pidió al papa que fuesen éstos los encargados de llevar la evangelización a los nuevos territorios portugueses, tarea financiada en gran parte por la Corona de Portugal. Es por ello que durante los años en los que únicamente Portugal tuvo tratos con Japón y China, serían los jesuitas los únicos religiosos occidentales en la zona; en el caso japonés llegó a haber en el país más de 130 jesuitas, aproximadamente dos tercios de los cuales fueron portugueses, siendo el resto en su mayoría italianos y españoles.

Quiso la casualidad que los europeos llegasen a Japón cuando el país se encontraba inmerso en el turbulento periodo Sengoku, una situación de completa guerra civil entre los distintos feudos en los que se dividía el territorio. El poder central, en manos del shōgunato Ashikaga (1336-1573), había ido debilitándose y llegaba únicamente a su área más inmediata, haciendo que el resto del país fuese controlado por una larga serie de daimyō que estaban enfrascados en una interminable sucesión de batallas, alianzas y traiciones para intentar hacerse con el gobierno de todo Japón y, al mismo tiempo, impedir que ningún otro señor llegase a este mismo objetivo. Completaban el panorama algunos poderosos monasterios budistas que contaban con sus propias tierras y ejércitos formados por monjes guerreros. Esta situación se daba desde 1467, algo muy inusual en un país cuya anterior guerra civil se había producido casi tres siglos antes y había durado sólo cinco años [2], y duraría hasta 1573 [3] (aunque la estabilidad definitiva no llegaría hasta 1615 [4]).

Nota 2Las Guerras Genpei (1180-1185).

Nota 3: Oda Nobunaga expulsa de la capital al shōgun y se hace con el control del país.

Nota 4: Asedio al castillo de Ōsaka, Tokugawa Ieyasu termina con cualquier posibilidad de oposición por parte de Toyotomi Hideyori (1593-1615) y sus seguidores, últimos enemigos potenciales.

División territorial de Japón en torno a mediados del s.XVI, las zonas en gris se dividen en unidades mucho más pequeñas

Esta situación sostenida de tablas, sin que ningún daimyō fuese lo suficientemente poderoso como para conquistar todo el país, hizo que muchos señores feudales se mostrasen encantados con la llegada de los occidentales, que, además de traer su nueva religión, podían ser unos magníficos aliados de cara a alcanzar el puesto de shōgun gracias a sus armas de fuego y posibilidades de comercio. Precisamente uno de los primeros en darse cuenta de la gran ventaja que podían aportar estas nuevas armas fue Oda Nobunaga (1534-1582), quien ya en 1549, con apenas quince años, compró quinientas de ellas para sus tropas; su uso fue uno de los factores que le llevaron a vencer en algunas batallas decisivas y hacerse con el poder de la capital, aunque muriese antes de llegar a controlar todo el país. Pese a que el mito samurai que ha llegado hasta la actualidad nos habla de que esta casta de guerreros rechazaba el uso de las armas de fuego por considerarlas indignas y preferían seguir usando espadas, lanzas y arcos, la realidad es que fueron rápidamente incorporadas al armamento habitual de las tropas samurai, jugando un papel fundamental en la resolución de este turbulento periodo de guerras civiles.

Además, el factor comercial jugó un papel importantísimo en la recepción de los occidentales en Japón. En 1546, sólo tres años después de la llegada de los primeros portugueses, la China de los Ming cortaba oficialmente las relaciones tanto diplomáticas como comerciales con Japón a causa de la feroz actividad en las costas chinas de los wakō, piratas japoneses, actividad que el debilitado gobierno central japonés era completamente incapaz de controlar. Así, los recién llegados comerciantes portugueses se beneficiaron del monopolio del comercio entre estos dos países, además del que tenían ambos con Europa, lo que suponía una cantidad de dinero enorme, sobre todo en lo referente a la compra-venta de seda. Cuando los jesuitas llegaron a Japón en 1549, encabezados por el navarro Francisco Javier (1506-1552), elaboraron ya ese mismo año un completo listado de las mercancías con las que se podría obtener mejores beneficios en los puertos japoneses. Así, desde un primer momento, la misión religiosa estuvo directamente involucrada en un comercio que unía puntos como Japón, Macao y Manila, obteniendo los jesuitas un amplio porcentaje de los beneficios.

Pocas décadas más tarde dos hechos contribuirían a hacer este comercio aún más importante: en 1580 una crisis sucesoria en la monarquía portuguesa desembocó en una unión entre Portugal y España, durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey, situación que se dio durante unas décadas. Por otro lado, en 1565 se descubrió el llamado “tornaviaje”, la ruta marítima que permitía navegar de vuelta desde Asia hasta Nueva España, en el continente americano, aprovechando la corriente marina kuroshio y evitando tener que volver a Europa bordeando África. Se estableció así una extensa red de comercio entre plazas portuguesas y castellanas que cruzaba el planeta.

El tornaviaje desde Manila a Acapulco

Lógicamente, no fueron los europeos los únicos que se beneficiaban de este comercio, cuando sus barcos comerciantes recalaban en Japón, el feudo al que pertenecía el puerto en cuestión también era partícipe de interesantes beneficios. Y, como los encargados de decidir a qué puerto llegaban estas naves eran los jesuitas, los distintos daimyō se dieron cuenta rápidamente de que podía resultar muy útil llevarse bien con los religiosos. Es así como muchos de ellos autorizaron a los misioneros a pregonar su fe entre sus súbditos, parece haber bastante acuerdo entre los distintos historiadores acerca de que fue un interés más económico que religioso el que promovió en la mayoría de los casos esta colaboración con los occidentales, llegando algunos señores de Kyūshū a convertirse ellos mismos y muchos de sus súbditos al Cristianismo. Esto era precisamente lo que pretendían conseguir los jesuitas con su conocida estrategia “de arriba a abajo”, convertir a las élites, sus homólogos al fin y al cabo en la sociedad japonesa, para así convertir también a sus súbditos. El mismo Oda Nobunaga, bien conocido por su pragmatismo, se mostró siempre muy tolerante con la misión católica, muchísimo menos belicosa que algunos monasterios budistas a los que combatió y aniquiló en el campo de batalla, y más provechosa por motivos económicos.

Su sucesor, Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), quien sí consiguió unificar todo el territorio japonés, continuó en un principio con esta política de tolerancia hacia los jesuitas, pero en 1587 promulgó un edicto mediante el cual se expulsaba de Japón a los religiosos occidentales, aunque no se prohibía la actividad comercial con Europa. Hideyoshi creía que los daimyō que se habían convertido al Cristianismo, que además eran en su mayoría de Kyūshū, la última zona conquistada, podían llegado el caso ser más fieles a los jesuitas que a su gobierno, e incluso temía una invasión europea que contase con la ayuda de estos señores conversos. Pese a esta prohibición, la misión católica continuó funcionando en la clandestinidad, algo que Hideyoshi sabía, haciendo la vista gorda mientras que no se diesen más conversiones entre daimyō. Por eso, cuando cinco años después empezaron a llegar a Japón frailes españoles [5] pertenecientes a distintas órdenes religiosas, franciscanos, dominicos, agustinos, etc., Hideyoshi no puso demasiada objeción, puesto que estas órdenes se centraban en convertir al pueblo llano. Pero la situación volvió a cambiar poco después, en 1596, cuando el San Felipe, un galeón cargado de mercancías, naufragó en costas japonesas en su camino a Acapulco. Hideyoshi ordenó la confiscación de toda la carga y el interrogatorio de sus tripulantes, durante el cual uno de los pilotos dijo que los misioneros españoles acostumbraban a preceder a las conquistas armadas, preparando el terreno. Al enterarse Hideyoshi de esto, empezó una persecución que esta vez sí fue llevada a cabo efectivamente, ejecutando a veintiséis personas en Nagasaki, la mayoría conversos japoneses pero también algunos franciscanos españoles y sacerdotes jesuitas japoneses. El clima de persecución sólo se detuvo en 1598 con la muerte de Hideyoshi.

Nota 5Hay que recordar que desde 1580 Portugal y Castilla estaban unidos bajo el gobierno del mismo monarca, este hecho, junto con una serie de bulas papales, acababa con el monopolio de los jesuitas en Japón.

El siguiente gobernante de Japón sería Tokugawa Ieyasu (1543-1616), quien se hizo con el cargo de shōgun en 1603, estableciendo el último de los tres shōgunatos de la historia japonesa, que duraría hasta 1868. En realidad, ostentó el cargo únicamente hasta 1605, cuando abdicó en favor de su hijo, Tokugawa Hidetada (1579-1632), pasando él a tener el cargo de ōgosho [6], pese a lo cual siguió teniendo el poder de facto hasta su muerte. Ieyasu estaba muy interesado en afianzar y potenciar el comercio con Europa, por lo que, en un principio, detuvo la persecución iniciada por su antecesor y se mostró dialogante y cooperador con la misión católica. Pero coincidieron dos hechos que harían que, de nuevo, la situación cambiase: por un lado, España no parecía demasiado interesada en aquel momento en aumentar el comercio con Japón, sencillamente quería tener buenas relaciones con ellos porque, en su viaje de Manila a Acapulco los navíos comerciales españoles tenían que pasar muy cerca de costas japonesas, a las que a menudo se veían arrastrados por tormentas, así, cada vez que Ieyasu pedía más comerciantes, de Europa le llegaban sólo más sacerdotes; por otro, a partir de 1600 empezaron a llegar a costas japonesas navíos ingleses y holandeses. Éstos estaban muy interesados en establecer relaciones comerciales con Japón, desplazando así a España y Portugal, que eran sus grandes enemigos en Europa y, además, no tenían ningún interés en convertir a los japoneses a su religión. Destaca en estas relaciones la figura de William Adams (1564-1620), piloto naval inglés que trabajaba para Holanda, quien llegó a Japón en el año 1600 y en poco tiempo pasó a trabajar para Ieyasu como consejero en todo lo referente a las relaciones de Japón con Europa. Sin duda, esta relación con holandeses e ingleses fue uno de los motivos que llevaron a Ieyasu a promulgar un edicto en 1614 expulsando nuevamente a los cristianos y prohibiendo esa religión en todo el país. Esta política de Ieyasu sería continuada y potenciada durante las tres décadas siguientes por su hijo primero y su nieto después, produciéndose miles de ejecuciones hasta que finalmente los europeos acabasen marchándose y el Cristianismo fuese oficialmente erradicado. A partir de ese momento, Japón se cerró al extranjero casi en su totalidad, teniendo tratos con Europa únicamente a través de comerciantes holandeses y sólo en la pequeña isla artificial de Dejima, en Nagasaki. Esta situación, conocida como sakoku, se mantendría hasta 1854.

Nota 6Literalmente “persona muy influyente”, suele traducirse como “shōgun enclaustrado” o “shōgun en la sombra”. Una costumbre muy común tanto en shōgunes, como en emperadores o en regentes, era la de abdicar en favor de un heredero, pero seguir ejerciendo el poder real pese a ello. En el caso de Tokugawa Ieyasu, es habitual seguir llamándole “shōgun” para hechos acaecidos también después de 1605.

Es difícil saber cuántos japoneses se convirtieron al Cristianismo, no digamos ya saber cuántos lo hicieron voluntariamente y por motivos religiosos. Algunos escritos jesuitas de la época nos hablan de que existían en Japón doscientas iglesias, como dice un informe del visitador jesuita Alessandro Valignano (1539-1606) en 1583, y unos 150.000 conversos, según un informe del sacerdote Gaspar Coelho (1530-1590), pero no hay un acuerdo generalizado al respecto entre los distintos historiadores. Valga como ejemplo de la discrepancia que se da entre autores este comentario de Antonio Cabezas, con su peculiar estilo, dentro de su magnífico libro El siglo ibérico de Japón. La presencia hispano-portuguesa en Japón (1543-1643):

Digan lo que digan en las cátedras de Londres o Harvard, el número de cristianos japoneses llegó a unos setecientos cincuenta mil antes de que empezara el holocausto en 1614 (…) por lo demás, a los verdaderos cristianos les ha importado siempre muy poco el valor de las estadísticas, como si Cristo dependiera del reconocimiento de la mayoría del electorado.

Termina así un contacto que nos ofrece, sin duda, un interesantísimo objeto de estudio desde numerosas disciplinas y un sinfín de puntos de vista. Se trata del encuentro entre dos civilizaciones que, aunque nunca habían permanecido mutuamente estancas a lo largo de la historia, sí podríamos decir que se habían ignorado considerablemente. Y no hablamos de un encuentro entre “descubridores y descubiertos”, como se da en muchos otros lugares en esa misma época, hablamos de un descubrimiento mutuo y enriquecedor. Dentro de este siglo de contactos y relaciones, he querido detenerme en un pequeño hecho histórico, poco trascendente en realidad pero no por ello poco interesante: la Embajada Keichō, un viaje de siete años de duración que traería a un grupo de japoneses a la Europa del s.XVII.

La embajada

Date Masamune (1567-1636), un importante daimyō del noreste se mostró muy interesado, ya a inicios del periodo Edo (1603-1868), en poder participar del comercio español y portugués, del que hasta entonces se habían beneficiado sobre todo los señores de Kyūshū, al suroeste. Para conseguir este comercio, y al igual que habían hecho el resto de daimyō interesados, no dudó en otorgar favores a la Iglesia, autorizando a los religiosos a predicar en su territorio y promoviendo la conversión de sus súbditos a la fe cristiana. En el año 1612 Masamune conoció al padre franciscano Luis Sotelo (1574-1624), que estaba intentando organizar una expedición a Europa con el fin de pedir al rey Felipe III (1578-1621) y al papa Pablo V (1550-1621) un mayor envío de sacerdotes franciscanos a Japón. La realidad era que el padre Sotelo no contaba con demasiadas simpatías ni siquiera dentro de su misma orden, y sus superiores creían que lo que realmente perseguía con esta expedición era pedir al papa la creación de una diócesis en la zona norte de Japón, independiente de la de Nagasaki, controlada por los jesuitas, y su nombramiento como obispo de esta nueva diócesis. Masamune vio en esta expedición una buena manera de contactar directamente con el rey de España para establecer una relación comercial con Nueva España y Europa que pasase necesariamente por su feudo, por lo que decidió financiar el viaje a condición de introducir esta petición comercial como uno de los objetivos principales del mismo. La expedición contaba con el permiso de Tokugawa Ieyasu, consuegro de Masamune, pese a que el mismo shōgun había prohibido el Cristianismo en la capital en 1612 y todo parecía indicar que esta política no tardaría en hacerse extensiva a todo el país. Aún y siendo consciente de esta realidad, Masamune decidió seguir adelante con el proyecto.

El nombre que se da a esta expedición es el de Embajada Keichō [7], estaba capitaneada por uno de los hombres de confianza de Masamune, Hasekura Tsunenaga (1571-1622), coordinada además por el padre Sotelo, quien también se encargaba de las tareas de intérprete y consejero, incluía a un delegado del virrey de México llamado Sebastián Vizcaíno (1547-1627), que sólo viajaría hasta Nueva España, y a casi centenar y medio de japoneses. A bordo de la nave San Juan Bautista zarparon de la provincia de Miyagi, al norte de Edo, el 28 de octubre de 1613.

Nota 7Nombre de la era japonesa dentro de la que se produjo la expedición, que va de octubre de 1596 a julio de 1615.

El viaje de la Embajada Keichō

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De Japón a México

Llevada por las corrientes del Pacífico la nave llegó a California, destino habitual del tornaviaje, desde donde se dirigió al sur para llegar a Acapulco el 25 de enero de 1614, en las crónicas del lugar se explica así la llegada de la expedición:

Un barco que lucía un hermoso emblema real llegó al puerto de Acapulco. Así, el embajador de Japón venía a entrevistarse con el Santísimo Papa del Cristianismo y con la Majestad Católica de España. El presidente de la administración y de la justicia de ese puerto decidió que le daría la bienvenida con toda la cortesía posible que corresponde a su título de embajador [8].

Nota 8Ōizumi Kōichi. Hasekura Tsunenaga – Keichō Ken-ō Shisetsudan wo Meguru Gakusaiteki Kenkyū. Tokio: Bunshindō, 1999. Citado en Takizawa, 2009.

Allí les recibió el virrey de México, el marqués de Guadalcázar (1578-1630), quien les aprovisionó de caballos y todos los suministros necesarios para hacer el camino hasta la Ciudad de México, a aproximadamente 400 km., donde llegaron el 24 de marzo de 1614. Fueron recibidos de nuevo por el virrey en el Palacio Real, donde, tras una solemne ceremonia y toda clase de celebraciones, les fue otorgado el permiso para continuar su viaje hasta España. Por su parte, Hasekura Tsunenaga hizo entrega al virrey de una carta escrita por su señor Date Masamune, así como diversos regalos.

Hasekura Tsunenaga

Este ambiente de alegría y cordialidad se truncó cuando al poco de la llegada de la expedición a México, llegaron a través de numerosas cartas al virrey, noticias alarmantes desde Japón, donde el shōgun Tokugawa Ieyasu acababa de prohibir oficialmente el Cristianismo en todo el país, expulsando a los sacerdotes extranjeros, obligando a los japoneses cristianos a abandonar la doctrina católica, quemando iglesias y ejecutando a todo el que se resistiese a acatar las órdenes. Como respuesta a esta situación, decenas de los japoneses que formaban parte de la comitiva decidieron convertirse al Cristianismo bautizándose en México, en un intento de mostrar así sus buenas intenciones pese a estas nefastas noticias llegadas de Japón. Estas muestras no fueron suficientes y el cambio drástico en la situación política japonesa acababa de condenar a la expedición, pues lógicamente habían perdido toda autoridad para establecer relaciones comerciales con los mandatarios españoles o de otros países. Pese a los intentos del padre Sotelo por mantener el apoyo de las autoridades de México, escribiendo al virrey para defender a Date Masamune y asegurar que éste no permitiría que los cristianos fuesen perseguidos en sus tierras, la comitiva acabó quedando olvidada y marginada.

Finalmente, decidieron dejar tierras mexicanas y partir hacia España, aunque el número de japoneses que continuaron en la expedición pasó a ser mucho menor, se cree que entre veinte y treinta, el resto volvió a Japón. Zarparon el 29 de mayo de 1614, apenas dos meses después de su llegada, haciendo escala en Veracruz y La Habana, desde donde partieron cruzando el Atlántico.

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De México a Madrid

Recorrido europeo de la Embajada Keichō

El 5 de octubre de 1614, casi un año después de su salida de Japón, la expedición llegó a la Península Ibérica, tocando tierra en Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz, desde donde remontaron el Guadalquivir hasta llegar a Coria del Río, antepuerto de Sevilla y localidad donde residirían durante unas semanas. Fueron más tarde recibidos con grandes festejos en la capital sevillana por el alcalde, el conde de Salvatierra (1570-1618), así como por las autoridades eclesiásticas, y alojados en el Palacio del Alcázar, lugar reservado habitualmente para visitantes de muy alto rango, como la familia real. El recibimiento que se les dio en esta ciudad fue con mucho el mejor de toda la expedición, algo provocado en gran parte por ser la ciudad del padre Sotelo, con algunos familiares directos formando parte de su gobierno y promocionando la visita, dando casi más importancia a la figura de Sotelo, a quien se anuncia en panfletos casi como la figura más importante del Cristianismo en Japón, que a la de los enviados japoneses.

En una de estas cenas de gala celebradas en honor de la expedición japonesa, Hasekura Tsunenaga hizo entrega al alcalde de una carta de Date Masamune, otra en su mismo nombre y dos parejas de katanas. Por su parte, el padre Sotelo miente al presentar a Masamune como el más que probable sucesor de Tokugawa Ieyasu, y presentarse a sí mismo como un enviado de Tokugawa, mientras que Hasekura viene en representación de Masamune. Omite algunos detalles, como que poco tiempo antes él mismo había sido condenado a muerte por el shōgun y que sólo salvó la vida por la intercesión de Masamune, y tampoco comenta nada acerca del objetivo comercial de la expedición. El 25 de noviembre de 1614, el alcalde de Sevilla hizo entrega a la expedición de varios coches de caballos para que pudieran hacer camino hasta Madrid, donde tenían pensado entrevistarse con el rey Felipe III, tras visitar a diversas autoridades religiosas en su paso por Córdoba y Toledo.

Pero las noticias sobre la prohibición del Cristianismo en Japón ya habían llegado también a Madrid, la corte había estado recibiendo cartas tanto desde Japón y Filipinas como desde México desde el principio de la expedición, acerca de la situación política japonesa pero también de la figura del padre Sotelo. El Consejo de Indias [9] elaboró un informe para Felipe III el 30 de octubre de 1614, informando acerca de estos temas:

El virrey de la Nueva España (…) escribió a V.M. el 8 de febrero que tiene por acertado el ir despacio en la introducción de la embajada, sin que se falte a lo que pudiere a los japones, hasta que el tiempo muestre más las conveniencias; porque son gente alentada y (…) no pidiendo tantos la ocasión, vinieron más de ciento cincuenta; y de aquella nación se sabe es belicosa y que se hallan bien armados y con deseo de hacerse prácticos en la navegación y fábrica de navíos. (…) Y en cuanto a la religión, dice el virrey haberse sabido que el emperador [10] hizo degollar algunos cristianos y otras cosas muy contra ella, y que el príncipe su hijo echó de la corte a los religiosos. (…) Y que fray Luis Sotelo le había parecido persona de poco asiento, y que ha movido en esto más cosas de las que fueran necesarias.(…) El objetivo de la delegación es pedir misioneros para la evangelización en su territorio (de Date Masamune), y abrir el paso entre él y México. Tenemos que dilatar este paso hasta que se aclare la situación y dar buen trato a los japoneses [11].

Nota 9: El Consejo de Indias fue el principal órgano de la administración de América y las Filipinas, asesoraba al rey de España en funciones ejecutivas, legislativas y judiciales de estos nuevos territorios.

Nota 10: En los documentos de la época, los europeos se suelen referir al shōgun como “emperador” y a los daimyō como “rey”. Aunque Japón sí tenía de hecho un emperador, su figura en estos momentos (como en la mayor parte de la historia japonesa) era poco menos que simbólica y carecía de un poder real.

Nota 11: Citado en Boletín de la R.A.H., 2008.

El mismo Sebastián Vizcaíno, que había viajado con la embajada hasta México y había conocido los detalles del viaje desde su gestación, escribió al Consejo de Indias advirtiendo de las verdaderas intenciones del franciscano e informando de que, en realidad, actuaba de forma completamente independiente del shōgun; también relata que Masamune sólo está interesado en el Cristianismo y en la expedición por motivos puramente comerciales y que Tokugawa está persiguiendo ferozmente a los cristianos por todo Japón. Con toda esta información, era de esperar que la corte de la capital desconfiase de Sotelo en particular y de la expedición en general.

Así, cuando llegaron a Madrid el 20 de diciembre de 1614, y entraron en el monasterio de San Francisco, no hubo ninguna celebración de bienvenida ni recibieron permiso de audiencia con Felipe III. Este monasterio franciscano, donde habrían de alojarse durante su estancia en la capital, era además un lugar modesto y muy poco apropiado, sin duda, para una embajada extranjera, parece ser que la corte no quiso dar tal tratamiento a la expedición japonesa puesto que ésta no traía una carta de su emperador sino sólo de uno de sus nobles. No fue hasta pasado mes y medio, el 30 de enero de 1615, y tras la insistencia del padre Sotelo, que pudieron reunirse en audiencia finalmente con el monarca. Es en este encuentro cuando Hasekura Tsunenaga hace entrega a Felipe III de la carta en la que Date Masamune explica el objetivo de la expedición:

La tierra de donde vengo es la más apartada desta, de quantas ay en el mundo. (…) Las causas de embiarme [Date Masamune] son dos: la una, que aviendo oydo las cosas de la Santa Ley de Dios, le pareció santa y buena y camino no sólo cierto de salvación y perpetuo de asegurar los Estados; y así determinó de embiarme a la presencia de Vuestra Magestad, como a Columna Firme de la Iglesia a suplicar le hiciese merced de embiar religiosos, para que el provecho de conocer a Dios y a su Santa Ley, no sólo fuese suyo, sino de todos sus vasallos, y también a besar el pie al Santo Padre. (…) La segunda causa de mi venida es, que sabiendo el Rey de Boxu, mi señor, las grandezas de Vuestra Magestad y la benignidad con que recibe debajo de sus alas a los que se quieren amparar dellas, quiso que viniese en su nombre, a poner su persona, su reyno y quanto en él huviere, debajo de las de Vuestra Magestad, ofreciéndole su amistad y su servicio, para que, desde aora en cualquier otro tiempo cualquiera de estas cosas o todas juntas fueren apropósito para el servicio de Vuestra Magestad las emplearía en él con gran contento y voluntad [12].

Nota 12Citado en Pastells, 1925.

Facsímil de la carta entregada por Hasekura a Felipe III

Además, el daimyō Date Masamune solicitaba el envío de a sus tierras de religiosos y mercancías, cuyo transporte se ofrecía a financiar, además de proporcionar privilegios a los comerciantes españoles, tales como tierras donde vivir, exención de impuestos o extraterritorialidad en posibles cuestiones judiciales. Esta carta tan amistosa y a favor de un beneficio para ambas partes, escrita antes de la salida de la expedición, contrastaba totalmente con la actual postura oficial de Japón acerca del Cristianismo y de las influencias extranjeras en general, como podemos ver en el informe público del monje budista Ishin Sūden (1569-1633), consejero tanto de Ieyasu como posteriormente de su hijo y su nieto, cuya doctrina fue uno de los pilares ideológicos sobre los que se asentaría el shōgunato Tokugawa:

Los cristianos han evangelizado a los japoneses y han profanado a los Dioses shintoístas y budistas. Tras ello, han intentado cambiar el sistema político de Japón. Los padres cristianos se han opuesto al régimen político japonés, han despreciado el shintoísmo, criticando las doctrinas ortodoxas, menospreciando la moral y perdido el sentido del bien. Cuando los cristianos japoneses ven a los mártires, súbitamente se acercan y les rezan. Ellos dicen que sus actos eran justos. Es, pues, verdad que ellos son unos herejes, enemigos de los Dioses y de Buda [13].

Nota 13: Ishin Sūden, “Bateren Tsuihōbun”. Citado en Takizawa, 2009.

Por tanto, se hacía imposible pensar que Date Masamune pudiese conseguir las condiciones que prometía en su carta a Felipe III, quedando todo en papel mojado. El Consejo de Indias aconsejó al monarca que lo mejor sería oponerse a cualquier tratado comercial con Japón, no permitir el viaje hasta Roma y conceder únicamente el envío de algunos misioneros. También accedieron a otra de las peticiones de Hasekura, la de ser bautizado en la corte en presencia del rey, ceremonia que se celebró el 17 de febrero de 1615 en el monasterio de las Descalzas Reales, donde tomó el nombre de Felipe Francisco Hasekura, honrando así tanto a Felipe III como a la orden de los franciscanos. De todas formas, este gesto de buena voluntad que, se cree, planificó el padre Sotelo, no tuvo ninguna incidencia en la actitud del rey, la corte o el Consejo de Indias. Durante las siguientes semanas y pese a no recibir ninguna respuesta oficial, Sotelo continuó insistiendo de forma incansable para que la corte atendiese sus peticiones, tanto a las ya conocidas como a algunas nuevas que iba haciendo, como la de solicitar que se concediese a Hasekura el hábito de la Orden de Santiago. Finalmente, el rey, cansado de los dolores de cabeza que le estaba dando el insistente sacerdote franciscano, autorizó a la comitiva a visitar Roma y admitió que pensaría acerca de la oferta comercial, siempre y cuando Japón interrumpiese totalmente su comercio con Holanda. Así, sin más garantía que una tímida promesa verbal, el 22 de agosto de 1615, la expedición partió hacia Roma.

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De Madrid a Roma

Tras pasar por Zaragoza, Fraga, Lleida, Cervera, Igualada, el monasterio de Montserrat, Martorell y Esparraguera, el 3 de octubre la embajada llegó a la ciudad de Barcelona. De allí partieron por mar haciendo escala en St. Tropez, Savona y Génova, para llegar a Roma a finales de octubre. Antes de que ellos llegasen a la capital italiana, había llegado ya una carta de Felipe III al embajador español en la ciudad en la que le decía que había que impedir cualquier posible acuerdo entre la expedición y la Santa Sede, con la información que el Consejo de Indias había recopilado acerca de Sotelo, la situación en Japón, etc.

La comitiva fue recibida con grandes desfiles y festejos en la ciudad, y se vieron en audiencia con el papa en varias ocasiones, algunas de forma oficial y otras extraoficialmente. En una de estas audiencias, Hasekura pronunció un discurso y entregó al pontífice una carta escrita por Date Masamune en la que éste pedía su protección, el envío de misioneros franciscanos a Japón, la mediación con Felipe III y ayuda para establecer relaciones de tipo comercial con México, las mismas peticiones que habían hecho al monarca español, al fin y al cabo. El papa alabó a Date Masamune pero no dijo nada acerca de las peticiones de éste. Roma, a diferencia de Madrid, decidió tratar a los visitantes con gran deferencia y amabilidad, dándoles el trato que recibirían los embajadores de España o Francia, pero, en el fondo, actuaron de la misma forma en lo que respecta a los asuntos importantes, ignorándolos, a causa, obviamente, de las advertencias que el embajador español hizo llegar al pontífice.

Hasekura Tsunenaga retratado durante su estancia en Roma

El 20 de noviembre de 1615, como agradecimiento por la embajada, la ciudad de Roma concedió la ciudadanía tanto a Hasekura como al resto de enviados japoneses, en un gesto más de buena voluntad pero intrascendente para los objetivos de la expedición. En una de las audiencias con Pablo V, el padre Sotelo solicitó al pontífice la creación de una nueva diócesis en Japón, ofreciéndose para ostentar el cargo de obispo de la misma. Cuando este hecho llegó a oídos de la corte de Felipe III, vieron confirmadas sus sospechas en cuanto al objetivo real de Sotelo, por lo que el rey emitió una orden según la cual, a su vuelta a España, la expedición debía dirigirse a Sevilla sin pasar por Madrid y, una vez allí, zarpar de vuelta a Japón.

El 4 de enero de 1616, más de dos meses después de su llegada, Sotelo y Hasekura fueron recibidos de nuevo por el Papa, quien, ante su insistencia, les aseguró que enviaría más misioneros a Japón y les dio una carta para Felipe III en la que le pedía que se encargase de ello. Con esta promesa, la delegación emprendió el camino de vuelta.

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De Roma a Japón

El 25 de enero de 1616, a su paso por Génova, después de haber estado en Florencia y Livorno, la expedición recibió la orden de ir directamente a Sevilla sin pasar por Madrid, pero éstos, que aún no tenían ninguna respuesta en firme del monarca, después de pasar por Savona y Barcelona, decidieron desobedecer las órdenes y dirigirse a Madrid, donde llegaron en el mes de abril. Pese a su insistencia, la Corte de la capital, debido a las cada vez peores noticias que iban llegando de Japón y al verse además desobedecidos, se negó a recibir oficialmente a la comitiva y les volvió a ordenar dirigirse a Sevilla sin más dilación. Además, cuando llegaron a la capital andaluza les estaba esperando una nueva orden del Consejo de Indias, conminándoles a partir cuanto antes de vuelta a Japón. Para evitar esta rápida partida, el padre Sotelo y Hasekura fingieron encontrarse enfermos y así ganar tiempo para poder comunicarse con Felipe III y pedirle una carta oficial donde confirmase el envío de más misioneros a Japón.

Sotelo hablando con Hasekura y otros delegados en Roma

En abril de 1617, preocupado por lo maltrecha que había quedado su reputación en su propia ciudad, Sotelo escribió al ayuntamiento de Sevilla, afirmando que, pese a las noticias cada vez peores que llegaban desde Japón, en el feudo de Date Masamune no se estaba persiguiendo a los cristianos puesto que éstos gozaban de la protección del poderoso daimyō. El ayuntamiento de la ciudad, en la que Sotelo y su familia tenían mucha influencia, escribió a la corte de Felipe III defendiendo al franciscano y pidiendo que sus peticiones fuesen respondidas. La respuesta que llegó de Madrid fue, una vez más, la de que la embajada debía partir cuanto antes de vuelta a Japón. Sotelo, sin darse todavía por vencido, aún envió una carta más a la corte, obteniendo una nueva notificación el 13 de junio de 1617 en la que se le ordenaba partir inmediatamente y, esta vez, asegurando que la tan deseada carta de Felipe III le sería entregada a su paso por Filipinas.

Así, el 4 de julio la comitiva salió de Sevilla. Fue en este momento cuando algunos de los delegados japoneses, se cree que unos seis o siete, atemorizados por la situación en la que se encontraba Japón, no queriendo ser obligados a abandonar la doctrina cristiana o morir, y habiéndose acostumbrado a la vida en Coria del Río, donde habían residido en el último año, decidieron quedarse. Son estos enviados, samurais católicos, los que, al emparejarse y tener descendencia con mujeres de Coria del Río, dieron lugar a la aparición del apellido Japón, una curiosidad propia de esta localidad sevillana que analizaré posteriormente.

Tras pasar por México a mediados de septiembre de ese mismo año 1617, la delegación llegó a Filipinas el 20 de Junio de 1618 y se quedaron allí, en Manila, durante año y medio, sin quedar constancia por escrito de los motivos por los que alargaron tanto su estancia en el lugar, sobre todo después de que llegase la tan deseada carta de Felipe III, cuyo contenido fue toda una decepción, pues era únicamente una comunicación protocolaria, sin hacer alusión al envío de misioneros ni a ningún acuerdo de tipo comercial. Finalmente, el 20 de agosto de 1620 partieron de vuelta a Japón. El padre Sotelo recibió la orden de permanecer en Filipinas y, poco después fue enviado a Nueva España por el Consejo de Indias, prohibiéndole volver a Japón. Dos años más tarde, infiltrándose clandestinamente en un barco chino, consiguió llegar a territorio japonés, sólo para ser descubierto y encarcelado durante dos años. Se sabe que escribió entonces a Date Masamune pidiéndole ayuda, pero no recibió respuesta por parte del daimyō, siendo ejecutado en 1624, quemado vivo por orden del hijo de Ieyasu, Tokugawa Hidetada; fue beatificado dos siglos y medio más tarde.

Por su lado, Hasekura y el resto de la expedición llegó a la ciudad portuaria de Nagasaki en septiembre de 1620 y cruzaron gran parte del país para llegar al punto de partida, Sendai, territorio de Date Masamune, el 22 de septiembre, prácticamente siete años después de haber empezado su viaje.

Un mes más tarde, Date Masamune envió una carta a la corte del shōgun Tokugawa Ieyasu, informando de la vuelta a casa de la delegación, y recordando que ésta había sido enviada por el mismo shōgun, encargándose él, Date Masamune, de actuar únicamente como intermediario. Sin lugar a dudas, Date intentaba protegerse en una época en la que el Cristianismo estaba en el punto de mira de todo el país, jugando a dos bandas. De cara al rey Felipe III y al papa de Roma, se presentaba como un poderoso señor y proponía acuerdos comerciales, mientras que de cara al shōgunato, se mostraba a favor de la persecución del Cristianismo y se lavaba las manos en el tema de la expedición a Europa. Un padre jesuita escribía al respecto de Masamune:

No faltó quien quiso decir que este señor era ya cathecúmeno y aún algo más; pero es evidente que nunca tal fue asta agora, ni parece le pasó jamás por pensamiento. Es verdad que como es Yenzu, atheo, sin creer ni adorar nada, y de estragada vida, haze burla de sus ídolos y sectas, como comúnmente los señores grandes del Japón, y le parece mal ser el Xogun tan cruel contra los christianos, no dexando a cada cual ser de la ley que quiere: y assí disimula con ellos, y aún los favoreció algún tanto con la esperanza del comercio con la Nueva España y Filipinas, lo qual él deseaba mucho… y esto fué el intento y no otro de venir a la Nueva España con mercaderías un navío suyo, y enviar un criado suyo a España, como es notorio [14].

Nota 14Citado en Bayle, 1935. El autor sólo atribuye la cita a un tal padre Pedro Morejón, sacerdote jesuita, sin especificar más.

Entre la comunidad de franciscanos que había en Japón, el fracaso de la expedición organizada por el padre Sotelo no fue una gran sorpresa, conocedores como eran de la difícil situación de la misión cristiana en todo el país y de la falta de fe cristiana de Masamune, actitud de la que se lamentaban, tanto en lo referente a este daimyō en particular como, en general, de la mayoría de japoneses; un sacerdote franciscano relataba:

El Rey [15] y sus hijos tienen en tan poco a nuestra religión cristiana que a ninguno le pasa por el pensamiento tratar de ser cristianos, ni de cien leguas quieren oir cosa que huela a eso. (…) A mí me parece que así por razón de religión convendría que el Rey nuestro Señor (Felipe III) mandase que ni un solo español entrase en Japón, y lo mismo que ningún japón se admitiese en sus tierras: que como se hiciese, dentro de pocos días ellos nos irían a rogar con las manos cruzadas, porque no pueden vivir sin nosotros, (…) se desengañarán de que no estábamos en Japón como espías, sino por solo su bien; y también porque quando ellos nos vengan a rogar, como de necesidad lo han de hacer, se les podrán sacar las condiciones que se quisieren en favor de la conversión. (…) (la conversión) está prohibida en todo el Reino, sin que haya en todo él quien públicamente ose decir: yo soy cristiano; y los religiosos todos desterrados; y lo mismo en la tierra del Tono que envió el embajador a España; todos están sujetos al Rey [16].

Nota 15En este documento se llama “rey” al shōgun y “tono” (un sufijo japonés altamente formal, actualmente en desuso) al daimyō Masamune.

Nota 16: Carta del padre Párraga, Archivo de Indias, 58-3-17. Citado en Bayle, 1935.

No quedan documentos que nos expliquen qué fue de Hasekura Tsunenaga, sabemos únicamente que murió en 1622 y que su tumba se encuentra en el templo budista Enfukuji, en Miyagi, pero no queda constancia de si abdicó o no, o de si murió como mártir o por alguna otra causa.

El legado de la embajada

Sin lugar a dudas, el legado principal y más tangible que dejó la expedición de Hasekura Tsunenaga fue el apellido Japón. El primer caso conocido del uso de este apellido data de principios del s.XVII en el registro bautismal de la Iglesia de Sta. María de la Estrella, en Coria del Río, donde se encontraron los datos de un niño apellidado así. Unos siglos más tarde, contamos con más de 650 corianos con el apellido en cuestión, e incluso se dice que en algunos rostros todavía se pueden adivinar rasgos de tipo oriental, aunque parece poco probable. Como personas de relevancia con este apellido encontramos a Juan Manuel Suárez Japón, rector de la Universidad Internacional de Andalucía, y a José Japón Sevilla, árbitro de fútbol de primera división durante los años noventa.

En el caso de Japón, en cambio, el descubrimiento de este apellido es muy reciente. En 1989, gracias a la conmemoración de la fundación de la ciudad de Sendai, fundada por Date Masamune, se empieza a investigar acerca de la misma, hallando así diversos escritos de este daimyō donde se explicaba el viaje de Hasekura. De esta forma empieza el primer contacto con Coria del Río y otras ciudades por donde pasó la expedición para conseguir su versión de los hechos e información adicional sobre el viaje. Desde ese momento, se ha trabajado para mantener el respeto y mejorar las relaciones interculturales entre ambos países a través de embajadores tanto en España como en Japón. La figura de Virginio Carvajal Japón, un vecino de Coria, fue de gran ayuda a esta empresa, ya que gracias a su investigación individual se realizaron notables descubrimientos. Con su muerte, y a fin de rendirle homenaje, se inauguró en el Centro Cultural de la Villa una sala de exposiciones con su nombre, dedicada exclusivamente a la cultura japonesa. Además, han sido muchos los encuentros entre ambos lugares. Un ejemplo de ello fue la Expo de Sevilla en 1992, donde se celebró un encuentro entre el embajador japonés y diversas personas descendientes de los antiguos expedicionarios. Un año después fue fundada la Asociación Hispano-Japonesa Hasekura, que aún ahora organiza actividades y propone encuentros. También cabe mencionar que en el Parque Carlos de Mesa, en Coria, se erige una estatua conmemorativa de Hasekura Tsunenaga, donada por el gobierno de Sendai en 1992. De la misma forma se entregó a México otra estatua, ambas copias de la original, situada en Sendai, pues son varias las ciudades que gozan de tal legado: Acapulco, la Habana y Roma. Otra curiosidad a añadir es el nombre del club de rugby de Coria, llamado “los Samurais de Coria del Río”, en memoria a este particular suceso.

Con motivo del 400 aniversario del inicio de la Embajada Keichō, de junio de 2013 a julio de 2014 se celebra el Año Dual España-Japón, que conmemora el inicio de las relaciones de intercambio entre ambos países, aunque ya hemos visto que la expedición en sí no consiguió establecer ninguna relación. El objetivo de este proyecto es el de “impulsar el entendimiento mutuo entre Japón y España y abrir nuevos horizontes en las relaciones bilaterales de cara al futuro” (web oficial), mediante una gran variedad de actividades y eventos dentro de ámbitos como la cultura, la política, la economía, la ciencia, el turismo o la educación. Participan una gran cantidad de organismos públicos tanto españoles como japoneses, así como empresas privadas de ambos países. Muestra de la importancia de esta celebración es la talla de los dos Presidentes de Honor, Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y Su Alteza Imperial el Príncipe Heredero de Japón, este último visitará en el mes de junio de 2013 ciudades como Salamanca, Sevilla, Coria del Río y Santiago de Compostela para participar en los distintos eventos inaugurales.

Conclusiones

Este ha sido el relato de un fracaso, pues así puede calificarse toda misión o proyecto que no consigue ninguno de sus objetivos. Date Masamune no consiguió comerciar con España, ni siquiera con Nueva España o incluso con Manila, ni obviamente fue el sucesor de Tokugawa Ieyasu, como el padre Sotelo anunciaba. El sacerdote franciscano no consiguió que el Vaticano enviase más religiosos a Japón ni, mucho menos, llegó a siquiera vislumbrar su sueño de convertirse en obispo de una nueva diócesis japonesa; quizá su único triunfo sea el de haber terminado siendo beatificado tiempo después de su horrible martirio, si es que ello sirve de algún consuelo. Hasekura Tsunenaga, en cuanto que se le había encomendado la capitanía de la expedición, fracasó con ella, volviendo a casa siete años más tarde sin haber conseguido nada de lo que se proponía. Quizá los únicos que no fracasaron fueron los pocos samurais que decidieron quedarse en Coria del Río.

A su vez, este fracaso se enmarca dentro de un fracaso mayor, el de la misión evangelizadora del Catolicismo en Japón, que es a su vez el fracaso de un contacto entre dos civilizaciones. Los misioneros cristianos no consiguieron evangelizar a un número significativo de la población. Aunque se sabe que durante los casi tres siglos de prohibición de los Tokugawa fueron bastantes los que continuaron con su fe cristiana en la clandestinidad, los llamados “cristianos ocultos”, que reaparecieron con la apertura del país a mediados del s.XIX, la realidad es que, más de siglo y medio de libertad de culto después (con algunas intermitencias, hay que reconocer), en la actualidad el número estimado de cristianos en Japón es de un millón, lo que representa sólo el 0’7% de la población.

Los motivos para este fracaso son muchos, variados y mezclados entre ellos, pues no hay proceso histórico sencillo, y menos cuando intervienen tantos y tan distintos actores, pero quizá haya que buscar las principales causas en la situación del Japón del momento en que los europeos llegaron a sus costas. Me atrevería a decir que, a lo largo de la historia premoderna japonesa, el s.XVI es seguramente el más complejo, incluso eliminando de la ecuación a los europeos. Se trató de un periodo marcado por la inestabilidad, donde no existía un poder central y los poderes regionales estaban preocupados por conquistar sin ser conquistados, aliándose con quien hasta el momento era enemigo para defenderse de un enemigo mayor, traicionando a quien hasta ayer era aliado ante la sospecha de ser traicionado. Guerra continua y mantenida, fronteras cambiantes, podría decirse que lo único estable era la inestabilidad.

Los primeros misioneros europeos, jesuitas que enfocaban sus esfuerzos en la clase dominante, tuvieron que tratar con numerosos daimyō, por falta de un poder mayor, resultando, sin duda, mucho más complicado adaptarse a diferentes formas de actuar, promovidas por diferentes intereses y contextos. Una vez que el país fue unificado y pudieron tener un único interlocutor, primero Toyotomi Hideyoshi y después Tokugawa Ieyasu, se trató de dirigentes cuyo principal objetivo era afianzar su poder, más de cien años de caos no terminan de un día para otro. La influencia extranjera, en ese momento, suponía un foco de potencial inestabilidad, una amenaza para sus recién fundados gobiernos. Y sus potenciales beneficios, el comercio, básicamente, pudieron conseguirse de otra forma, en este caso por medio de Holanda, un actor mucho más fácil de controlar al no condicionar su comercio a otros intereses, políticos o religiosos. El pragmatismo japonés tuvo entonces una fácil elección.

¿Qué hubiera pasado de haber llegado los occidentales a Japón en otro momento? Cien años más tarde, por ejemplo. Primero, se trata de un ejercicio estéril y que queda fuera de cualquier trabajo histórico. Segundo, cien años más tarde tampoco se habrían encontrado con la estabilidad del periodo Edo, puesto que, de no haber llegado los europeos a Japón cuando realmente llegaron, quizá aún estuviesen inmersos en el periodo de guerras civiles, pues, sin duda, las armas de fuego aceleraron el fin del proceso. Tercero, incluso habiendo llegado a un Japón políticamente estable, la misión cristiana podría haber fracasado igualmente, pese a haber afirmado que la inestabilidad fue una de las causas de su fracaso.

Porque el otro actor, la Europa católica, también contiene muchas de las causas que condenaron el proyecto. Pese a la sorprendente capacidad de adaptación de la que hicieron gala la mayoría de jesuitas que trabajaron en Japón, dando sorprendentes muestras incluso de cierto relativismo, con Alessandro Valignano a la cabeza, al final rendían cuentas a y recibían órdenes de las coronas de Portugal, España y de la Santa Sede, alejados física y culturalmente de la realidad japonesa. Instalados en una realidad propia y en el convencimiento absoluto de la superioridad que otorga el ser bendecidos por el único dios verdadero, nunca estuvieron dispuestos a una relación de iguales. Prueba de ello es que en China, país que no pasaba por la misma situación que Japón, también fracasó la misión católica, por mucho que figuras tan interesantes como la de Matteo Ricci (1552-1610) diesen muestras de saber adaptarse a una realidad ajena, a un Otro donde las múltiples diferencias hacen que el entendimiento mutuo parezca imposible. De nuevo, una de las principales causas del fracaso fue la intransigencia de Roma, incapaces de hacer ninguna concesión a una cultura que, sin conocer, juzgaban inferior. Por otro lado, parece lógico que una religión monoteísta lleve asociada esta forma cerrada e intransigente de ver el mundo, como muy acertadamente criticaron los letrados chinos al empezar a tratar con los religiosos occidentales.

Cuando Francisco Javier llegó a Japón, una de las primeras cosas que quiso saber fue cómo se decía “dios” en japonés, pero con la pobre traducción de esos primeros momentos, la pregunta que se acabó haciendo fue “¿cómo se llama el dios de los japoneses?”, a lo que se respondió con el nombre del más importante de los budas, Dainichi [17]. Así, durante un tiempo, los padres cristianos utilizaron esa palabra como traducción de “dios”, hasta que se dieron cuenta del equívoco. Se trata de una escena que ejemplifica la etnocéntrica costumbre europea de hacer encajar lo ajeno en las estructuras propias, por considerarlas superiores, o incluso universales.

Nota 17Nombre en japonés de Vairochana, el buda cósmico.

Así, la expedición de Hasekura Tsunenaga no podía hacer otra cosa más que fracasar, puesto que más que navegar en un océano de aguas revueltas, navegaba en un mar de inestabilidad, intereses egoístas, intransigencia y desconocimiento. Por otro lado, quizá sea ese fracaso el que la hace tan interesante, dándole el atractivo de las causas perdidas, de las quimeras que son fallidas incluso antes de ponerse en marcha. Quizá sea lo que las hace grandes.


Agradecimientos

Quiero dar las gracias al Dr. Sean Golden, quien fue mi tutor durante la realización de este Trabajo de Fin de Grado, todo un honor.


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López-Vera, Jonathan. “La Embajada Keichō (1613-1620), samurais católicos en la Sevilla del siglo XVII” en HistoriaJaponesa.com, 2013.