Hace unos días se llevó a cabo el simposio “Port cities in World History” que celebró la World History Association en la Universitat Pompeu Fabra, organizado por el Institut Universitari d’Història Jaume Vicens i Vives. Participé en el mismo con una pequeña ponencia titulada “Dejima island, the gateway between Japan and Europe in the 17th to 19th centuries” y decidí aprovechar la pequeña investigación que había hecho para escribir este artículo acerca de este interesante tema.

Introducción

En 1543 llegaron a Japón los primeros europeos, se trataba de comerciantes portugueses que concluían así, más de un siglo después de sus inicios, el plan de Portugal de llegar a Asia Oriental bordeando África. Pocos años después, a estos comerciantes los siguieron los padres de la recientemente fundada orden de la Compañía de Jesús, quienes tenían encomendada la tarea de llevar la fe católica a Japón. De esta forma se establecían en este país los dos objetivos del proyecto portugués: el comercio y la evangelización. Por desgracia para ellos, el Japón de la época estaba inmerso en un largo periodo de constantes guerras civiles desde hacía casi un siglo, por lo que no parecía ser el escenario ideal para llevar a cabo ninguna de esas dos actividades, sobre todo porque la percepción japonesa era la de que, para conseguir aquello que a Japón podía interesar –el comercio y sus beneficios– tenían que tolerar aquello que no deseaban –la introducción de una nueva religión.

Tras décadas de monopolio portugués y castellano, en 1600 fueron los holandeses –enemigos de los ibéricos– los que consiguieron finalmente llegar a Japón, representados por el marino inglés William Adams (1564-1620), y ofrecer a su entonces gobernante, Tokugawa Ieyasu (1543-1616), tratos comerciales sin necesidad de ningún tipo de evangelización a cambio. Así, en las décadas sucesivas fue prohibiéndose progresivamente tanto la presencia en el país de otros europeos como el mismo cristianismo incluso para los propios japoneses, cerrando finalmente el país a todo contacto con el exterior.

La factoría de Dejima

A partir de 1638 sólo los holandeses, además de los chinos y los habitantes de las Islas Ryūkyū –que entonces no eran japonesas–, estaban autorizados a comerciar con Japón, y únicamente dentro de los estrechos límites de la pequeña isla artificial de Dejima, en la bahía de la sureña ciudad de Nagasaki. El comercio llevado a cabo era básicamente de seda china y todo tipo de objetos de Europa y el sudeste de Asia a cambio de cobre, porcelana, oro y plata. Todas las transacciones comerciales, además de otros acontecimientos relacionados con la factoría, están completamente documentadas gracias a la existencia de registros diarios que se conservan e incluso han sido parcialmente publicados. Esta situación de monopolio holandés se mantuvo desde entonces hasta 1854, cuando finalmente Japón se abrió al resto del mundo.

Edificios en la actual reconstrucción de Dejima

La isla de Dejima había sido construida en 1634 para ser utilizada por los comerciantes portugueses, pero a partir de 1641, con los lusos ya fuera del país, se trasladó allí a los holandeses, que hasta entonces estaban ubicados en la cercana ciudad de Hirado. Se trataba de una pequeña isla de sólo 120 metros de largo por 75 de ancho, con forma de abanico, rodeada por una alta valla coronada por afiladas puntas de hierro y con sólo dos entradas: un embarcadero para pequeños botes y un puente que la conecta con tierra firme, ambas custodiadas por soldados japoneses, puesto que nadie podía entrar o salir sin una autorización especial que se otorgaba sólo en ocasiones muy puntuales. El personal holandés de la factoría o base comercial, unas veinte personas, vivía bajo una estrecha vigilancia, sus casas o pertenencias podían ser registradas en cualquier momento por los oficiales japoneses, y se les imponían numerosas prohibiciones, siendo una de las más importantes la de no poder tener ningún libro religioso. El gobierno japonés seguía estando muy alerta a este respecto tras su experiencia con los religiosos de Portugal y Castilla.

Los holandeses pagaban una renta por habitar la isla, por el agua que se utilizaba e incluso debían financiar los gastos relacionados con la abultada administración y burocracia japonesa vinculada a la factoría. Los libros religiosos no eran lo único prohibido en la isla, tampoco podían entrar mujeres occidentales, por lo que se permitía la entrada de mujeres japonesas, en su mayoría prostitutas y concubinas, que solían pasar largas temporadas en la isla, normalmente conviviendo como parejas de un trabajador holandés de la factoría. Algunos de ellos llegaron incluso a tener descendencia con estas mujeres, hijos que debían permanecer en Japón una vez que sus padres volvieran a Europa.

Con la llegada de cada nuevo barco holandés, se esperaba del capitán que informase a las autoridades de Nagasaki de lo que estaba sucediendo en el resto del mundo, de hecho, algunos historiadores creen que ese era justamente el principal interés de Japón por mantener abierta la isla de Dejima al comercio con los holandeses. De la misma manera, en la visita que cada año tenían que hacer todos los ocupantes de la isla a la capital gubernamental del país, Edo, para rendir pleitesía al shōgun, también eran preguntados acerca de cualquier noticia del exterior.

Intercambio de conocimiento, Rangaku

A lo largo de los más de doscientos años de funcionamiento de la factoría de Dejima, algunos de sus residentes han pasado a la historia por sus funciones como divulgadores de conocimiento, tanto japonés en Europa como europeo en Japón, especialmente los encargados de trabajar en la isla como médicos de la compañía holandesa.

  • William Ten Rhyne (1647-1700) – El primer médico con formación universitaria que trabajó en la factoría, introdujo en Europa descripciones de algunas prácticas de la medicina japonesa, como la acupuntura. Estuvo en Dejima de 1674 a 1676.
  • Engelbert Kaempfer (1651-1716) – Científico alemán, trabajó en la isla como médico de la factoría, se mostró muy interesado en estudiar la sociedad japonesa y aprendió el idioma en pocos meses, enseñando además a hablar holandés a su ayudante japonés. Introdujo en Europa información acerca de la soja y los diferentes productos que se elaboran con ella, además describió el árbol gingko biloba, que los botánicos europeos creían extinto, e incluso trajo clandestinamente a Europa algunas semillas. Estuvo en Dejima de 1690 a 1692.
  • Isaac Titsingh (1740-1812) – Médico y diplomático, en Dejima ocupó el cargo de director de la factoría. Escribió profusamente acerca de Japón, recogiendo información sobre cualquier aspecto de la sociedad japonesa, sobre todo en los viajes a Edo, y coleccionando numerosos objetos y artefactos japoneses de todo tipo. Se cree que fue el primero en dar a conocer en Europa la historia de los 47 rōnin, incluida en su libro Illustrations of Japan (1822). Estuvo en Dejima durante tres periodos entre 1779 y 1784.
  • Philipp Franz von Siebold (1796-1866) – Biólogo y botánico alemán, trabajó en la factoría como médico y fue su habitante más ilustre. El principal responsable de la introducción en Japón de un considerable conocimiento médico y científico europeo a través de traductores y estudiantes japoneses, así como de la introducción en Europa de conocimiento acerca del budismo japonés, que él mismo estudiaba. Sacó ilegalmente del país algunas semillas de té que fueron utilizadas para iniciar su plantación en Indonesia –colonia holandesa entonces–, además de diversas otras plantas que cultivó en el invernadero de su propia casa en Holanda. En 1828 se le acusó de tener mapas de la zona norte de Japón y de ser un espía de Rusia, y fue condenado a abandonar el país, dejando a su mujer japonesa y su hija. Estuvo en Dejima de 1823 a 1829.

En una primera época las leyes que controlaban el intercambio de conocimientos occidentales eran muy estrictas, pues el gobierno Tokugawa aún estaba muy preocupado por la posible introducción del cristianismo en Japón, por lo que en las primeras décadas la información viajó casi exclusivamente en un único sentido, de Japón a Europa. Algunos de los holandeses de Dejima, sobre todo gracias a lo que aprendían en sus viajes a Edo, dieron a conocer en Europa numerosos aspectos de la cultura, sociedad y religión japonesas. Pero fue aún más importante la introducción en Japón de conocimientos europeos, sobre todo en lo relativo a la medicina y la ciencia. Pasadas las primeras décadas de funcionamiento de la factoría holandesa de Dejima, las leyes en cuanto al contacto con los extranjeros y sus libros se fueron relajando, y ya en 1720 se liberalizó el conocimiento occidental y se permitió cierto nivel de comercio privado, con lo que los holandeses empezaron a vender y comprar tanto libros como toda clase de objetos: relojes, mapas, instrumental médico, etc. A todo este conocimiento occidental se le pasó a denominar Rangaku, algo así como “Estudios Holandeses”, que incluían básicamente medicina, tecnología militar, ciencias naturales e idioma holandés, y se difundía en algunas escuelas públicas y seminarios de templos budistas. Esta disciplina coincidió con los llamados Kokugaku, o “Estudios Nacionales”, que reivindicaban un conocimiento propio japonés, previo a la llegada desde China del budismo y el confucianismo.

Placa a la entrada de la Siebold House, en Leiden, Holanda, museo en la casa en la que vivió Siebold a su vuelta a Europa. Fotografía tomada por el autor en septiembre de 2012

Kaitai Shinsho, primer libro de anatomía traducido al japonés –desde una traducción holandesa del original alemán–, en 1774

Por otro lado, también se produjo cierta influencia por parte de estos occidentales dentro del arte japonés, pues gozó de cierta popularidad entre 1800 y 1860 un estilo pictórico llamado Nagasaki-e, con grabados que representaban escenas de la vida diaria de los holandeses de Dejima, caracterizados como hombres altos, con pelo rojo, grandes narices y ojos azules.

Respecto al impacto que los Rangaku pudieron haber tenido en la sociedad japonesa, algunos autores defienden la idea de que la llegada de conocimientos científicos ayudó a dotar a Japón de una base teórica que sería muy importante para la rápida modernización del país a finales del siglo XIX, recordemos que el país pasó de una etapa feudal –con los debidos y numerosos matices– a derrotar a Rusia en un lapso de sólo cincuenta años. También se les atribuye un impacto de tipo político, puesto que en la primera mitad del mismo siglo XIX algunos estudiosos de los Rangaku empezaron a cuestionar la utilidad de la política de aislamiento auto-impuesto de Japón y a defender su integración en el escenario internacional. Es por ejemplo el caso de Fukuzawa Yukichi (1835-1901), el pensador más influyente del periodo Meiji, quien había sido estudiante de Rangaku en su juventud y que, con un Japón ya abierto al resto del mundo, defendió la idea de ponerse a la altura de las potencias occidentales.

De todas formas, la idea de un papel decisivo del conocimiento europeo dentro de este momento de la historia japonesa podría quizá adolecer de cierto eurocentrismo, produciendo así un debate parecido al de la supuesta importancia de la llegada de portugueses y castellanos a Japón a finales del siglo XVI y el impacto de su introducción de las armas de fuego en la resolución de los conflictos civiles del país. Los occidentales tenemos cierta tendencia a atribuir relevancia a la influencia que nuestras sociedades han tenido sobre la mayoría de acontecimientos históricos producidos en otras partes del mundo. En todo caso, se trata de un debate muy interesante al que habría que seguir la pista.

Dejima hoy

Localización de Dejima en la actualidad, contorneando la antigua línea de mar. Elaborado con Google Maps

Con la apertura forzosa de Japón al resto del mundo en 1854, oficializada con la firma del Tratado de Kanagawa, terminaba el monopolio comercial holandés y se hacía innecesaria la factoría de Dejima, que cerró sólo seis años después. En las décadas posteriores la isla artificial cayó en desuso y la ciudad de Nagasaki fue creciendo alrededor suyo, ganando terreno a la bahía, por lo que Dejima dejó incluso de ser una isla y se perdió entre una nube de edificaciones. A partir de 1951, con la compra del terreno por parte del gobierno, se empezó a plantear la posibilidad de rehabilitar Dejima, aunque no fue hasta las décadas de 1980 y, sobre todo, de 1990 cuando se empezó a llevar a cabo. En 1996 se inició el proceso de rehabilitación y excavación arqueológica y en 2000 se abrió al público la primera fase, con sólo cinco edificios, coincidiendo con el 400 aniversario del inicio de relaciones entre Holanda y Japón. Desde entonces, se ha ido trabajando en nuevas fases, inaugurando más edificios y exponiendo gran cantidad de objetos y artefactos excavados en la isla. Se trata de una especie de parque temático o museo al aire libre que recibe cada año unos 400.000 visitantes, en su mayor parte japoneses. En el futuro, el plan más ambicioso consiste en devolver a Dejima su condición de isla, eliminando los edificios que la rodean, creando canales nuevos y desviando tanto el recorrido del río Doza como el de la autopista 499, un proyecto que, mirando el mapa de la actual Nagasaki, parece realmente complicado de llevar a cabo.

Algunos de los más de 600.000 artefactos encontrados en la excavación arqueológica de Dejima: una pistola de 31 centímetros de largo, encontrada en la zona de la residencia del director, junto con algunas balas, se cree que fabricada después de 1845; platos de porcelana holandesa y japonesa –Imari– con el logo de la VOC, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales

Conclusión

Sin entrar a considerar el grado de importancia de este contacto intercultural, pues para aportar nuevos elementos al debate antes comentado se hace necesaria una mayor investigación, de lo que no cabe duda es de que Dejima nos ofrece un caso único de lugar que articula, a través de un espacio muy concreto y limitado, un poderoso vínculo entre dos culturas muy distintas y alejadas. Este breve artículo no pretende más que presentar un interesante caso de estudio e invitar a un estudio más en profundidad que, con toda seguridad, podría aportar un nuevo enfoque tanto a la Historia de Japón como a la de Holanda y el resto de Europa, mucho más interconectadas de lo que en un principio podría parecer.


Bibliografía

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  • Kimura Naoko. «出島復元事業について» («Dejima fukugen jigyō ni tsuite»), informe del Departamento de Geografía de la Ochanomizu University, Tokio, 2009. < http://hdl.handle.net/10083/33479 > (3 enero 2014).

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  • Web oficial de la ciudad de Nagasaki acerca del proyecto de rehabilitación y museo de Dejima < http://www.city.nagasaki.lg.jp/dejima/index.html > (5 enero 2014).


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López-Vera, Jonathan. “La isla de Dejima, puerta entre Japón y Europa” en HistoriaJaponesa.com, 2014.