En un artículo anterior hemos repasado la biografía de Oda Nobunaga, pero he creído adecuado dedicar otro artículo a un tema más concreto, el de su relación con algunos monasterios y grupos budistas de su época, pues creo que es una de las características más peculiares de su carrera. De la misma forma, también fue peculiar su relación con la misión jesuita japonesa, estando ambos temas estrechamente relacionados, pero de eso quizá hablemos más adelante.

Oda Nobunaga (1534-1582) ha pasado a la historia –sobre todo para la academia occidental– como alguien despiadado y vengativo, capaz de las mayores y más gratuitas masacres, y esto es debido, en gran parte, a su lucha abierta contra determinados monasterios y grupos religiosos budistas, a los que combatió de la misma forma en que se combatía a cualquier daimyō rival. De nuevo, esto encaja con su actitud pragmática, puesto que estos monasterios budistas se comportaban de hecho en muchos aspectos como los daimyō, pues solían administrar grandes tierras que controlaban con sus ejércitos y jugaban un importante papel en los asuntos políticos, especialmente –pero no sólo– en los de la capital. Gran parte de los conflictos en los que se veían envueltos estos grupos religiosos se daban, además, entre distintos templos o monasterios, y no por motivos relacionados precisamente con la religión, puesto que muchas veces pertenecían a la misma escuela o corriente budista, sino por razones meramente económicas y políticas. Así pues, podríamos decir que, para Nobunaga, si se comportaban como un daimyō, se les podía tratar como a un daimyō, dejando aparte las consideraciones religiosas, supersticiones o tradición, algo que no era nada usual entre la mayoría de guerreros.

En Occidente se ha presentado casi siempre a Nobunaga directamente como un enemigo del budismo per se, pero esta idea está sin duda fuertemente influenciada por el retrato que de él hicieron los misioneros jesuitas de su época. En sus relatos encontramos constantemente la idea de que despreciaba todo culto a los budas o los kami, o toda superstición, lo cual es cierto pues manifestó públicamente en numerosas ocasiones no creer en ello, pero leemos al jesuita portugués Luís Fróis (1532-1597) decir incluso que “parece que o tomou Deos por flagelo dos bonzos, destruição de seos templos e idolatrias” –no en pocas ocasiones celebraron los sacerdotes esta destrucción de templos y santuarios por parte de Nobunaga, por cierto. Y precisamente por creerle enemigo del budismo, los misioneros vieron automáticamente en él un amigo y protector del cristianismo, aunque tanto lo primero como lo segundo se puede explicar de forma más convincente, insisto, como una postura pragmática y adaptada a la realidad de cada situación. El mismo Nobunaga lo explicó a sus generales en 1571, cuando, al darles la orden de destruir los templos del complejo monástico del templo Enryaku-ji, en el monte Hiei, éstos se mostraron alarmados y asustados por tan colosal herejía, e intentaron convencerle de que desistiera de su idea; les dijo:

Yo no soy el destructor de este monasterio. El destructor del monasterio es el monasterio mismo. (…) Algunos de vosotros fuisteis enviados para razonar con los monjes y disuadirles, pero ni os escucharon. Envié más emisarios para informarles de que si persistían en su decisión todos los edificios sin excepción (…) serían quemados y destruidos, y que todos los que viven en ellos, clero o no, serían decapitados. Ni así cedieron. Y yo no digo mentiras. Son ellos quienes obstruyen el mantenimiento de la ley y el orden del país. Si no son destruidos ahora, volverán a convertirse en un peligro para la nación. Por eso, ni una sola vida puede ser perdonada.
Este episodio, el llamado Asedio al Monte Hiei, es sin duda uno de los más famosos de la biografía de Nobunaga y el que se cita siempre como máximo exponente de su supuesta crueldad. El Enryaku-ji se había mostrado públicamente en contra de Nobunaga dos años antes, en 1569, cuando el recién estrenado gobierno de facto del líder de los Oda expropió unas tierras pertenecientes al poderoso y rico monasterio. Nobunaga les propuso entonces dos opciones: o se unían a su bando y les eran devueltas sus tierras y garantizados toda clase de privilegios en la zona controlada por el gobierno central, o se mantenían neutrales y no interferían en asuntos políticos en las guerras que se estaban librando. Mediante un documento oficial, además, les comunicó que de no elegir ninguna de estas dos opciones, aliándose con otro bando, quemaría el Enryaku-ji y todos los edificios de su propiedad. No hubo respuesta por parte del monasterio entonces, pero un año más tarde se aliaron con los clanes que en aquel momento combatían a Nobunaga: los Asakura y los Azai.

El ataque al Enryaku-ji, con los soldados de Nobunaga atacando a los monjes mientras arden los edificios del templo, en el libro Ehon Taikō-ki

Así, vemos que en la disputa entre Nobunaga y el Enryaku-ji no aparecen motivos de tipo religioso y se trata sencillamente de un conflicto más entre dos actores políticos. El conocido desenlace fue un asedio que finalizó cuando los treinta mil soldados de Nobunaga rodearon completamente la falda del monte Hiei y, emprendiendo la ascensión al unísono, fueron quemando todo edificio y matando a cualquier persona –fuese monje, monje guerrero, mujer, anciano, o niño de cualquier edad– que encontraron a su paso, siendo algunos apresados en un primer momento pero sólo para ser ejecutados después, pues nadie sobrevivió al ataque.

Fróis explica lo sucedido en una carta –con los habituales calificativos despectivos al hablar de los bonzos y sus símbolos religiosos–, en la que nos dice también que desde el Enryaku-ji se ofrecieron a Nobunaga “trezentas barras douro, que val cada huna quorenta e cinco taès de prata”, pero que éste no las aceptó; y que había tantos seglares en el monasterio porque los bonzos, seguros de que Nobunaga no se atrevería a atacar, habían convencido a los habitantes del vecino pueblo de Sakamoto de que se refugiasen allí. Añade además un dato curioso al datar los hechos en el día 29 de septiembre, recalcando que ese es precisamente el día de San Miguel Arcángel, quien para los católicos es el ángel que lidera el ejército celestial en su lucha contra el demonio. Sin duda, una feliz coincidencia para Fróis, de no ser por un dato que difícilmente se le pudo haber pasado por alto: en realidad los hechos sucedieron el día 30 de septiembre. Pero en aquel momento, para los misioneros jesuitas, Nobunaga era una especie de protector de la causa cristiana y Fróis pudo haber querido identificarle convenientemente con el personaje bíblico y su significado por medio de un pequeño cambio de fecha. Cambio de fecha, por cierto, que ha sido recogido erróneamente en muchos trabajos sobre el tema desde entonces, en un nuevo ejemplo de cómo la versión jesuita de los hechos ha pasado a la posteridad. En cualquier caso, el ataque se saldó con más de veinte mil víctimas y la completa destrucción de unos trescientos edificios que componían el enorme complejo monástico del monte Hiei –valiosas estatuas, pinturas y archivos incluidos–, y supuso la desaparición inmediata del Enryaku-ji como influyente actor político y una gran conmoción para todo el país, sobre todo para la corte de la capital. En cuanto a sus aliados en contra de Nobunaga, los Asakura y los Azai, ambos fueron derrotados dos años más tarde, en 1573, y la crónica de Ōta Gyūichi (1527-1613) nos dice que los cráneos de sus líderes –lacados y con chapados en oro– fueron expuestos en un gran banquete organizado por Nobunaga para celebrar el primer día del año siguiente.

El poder de algunos de estos monasterios estaba desde mediados del siglo XV, además, íntimamente relacionado con ciertos movimientos populares formados por campesinos, pequeños terratenientes y oficiales de gobiernos locales, pero tambén por monjes budistas y sacerdotes shintoístas, que se oponían al control de los daimyō. Estos grupos, una especie de ligas llamadas genéricamente ikki –literalmente, “insurrección”–, fueron proliferando por gran parte del país y pasaron a estar cada vez más organizados, según fueron estando más relacionados con ciertos monasterios y templos. Sin duda, el más poderoso de estos ikki fue el Ikkō-ikki, organizado en torno a una rama de la escuela budista Jōdo Shinshū –traducido normalmente como “Verdadera Tierra Pura”, conocida también como “budismo Shin”–, cuya sencilla doctrina –prometía la salvación sólo con invocar el nombre del buda Amida– atrajo a grandes sectores de la sociedad, que se sentían oprimidos y castigados por la clase gobernante samurái. Pese a no contar con un alto grado de organización, debido precisamente a ser un grupo tan extendido, la rama principal dentro del Ikkō-ikki tenía su base en el Ishiyama Hongan-ji, en la actual Osaka, un templo fuertemente fortificado, dirigido en ese momento por el abad Kennyo (1543-1592) –también conocido como Kōsa o, en los escritos de los jesuitas, como “el bonzo de Osaka”. Se mostraron muy activos ya a finales del siglo XV, y una de sus ramas regionales consiguió derrocar al gobierno de la provincia de Kaga y gobernar allí durante casi un siglo, lo que nos da una idea de lo poderosos que podían llegar a ser estos grupos.

El abad Kennyo del Hongan-ji

En 1564 se enfrentaron a Tokugawa Ieyasu (1543-1616) en la Batalla de Azukizaka y a partir de 1570 al mismísimo Nobunaga, reforzando con sus tropas –que incluían unos tres mil arcabuceros– a las del clan Miyoshi, obligando así a los Oda a retirarse. Ese mismo año Nobunaga empezó un asedio al Hongan-ji, que duraría nada menos que diez años, siendo el más largo de la historia japonesa, aunque durante esos años los enfrentamientos con el templo en sí se dieron de manera bastante intermitente. Cuando en 1571 cayó el Enryaku-ji, el Ikkō-ikki se convirtió en el único grupo religioso que se oponía a Nobunaga, y éste se dedicó a combatirlo sin descanso. Hasta el año 1580 se dieron innumerables batallas entre ambos bandos, con alianzas por parte del Ikkō-ikki con quien estuviese en cada momento luchando contra los Oda –ya fuesen los Takeda, los Asakura, los Azai, los Mōri o el mismo shōgun Ashikaga Yoshiaki (1537-1597)–, o intentos frustrados de tomar el templo-fortaleza por parte de Nobunaga o alguno de sus vasallos. A partir de 1574, viéndose incapaz de vencer al Hongan-ji directamente, Nobunaga optó por aislarlo acabando tanto con sus aliados como con las ramas regionales del propio Ikkō-ikki, por lo que fue combatiéndolas en diferentes provincias: Echizen, Owari, Ise, Kawachi y Setsu. En algunos de estos ataques Nobunaga se mostró tan contundente como había sido ya en el monte Hiei, como es el caso de Ise, donde rodeó los fuertes en los que se atrincheraban sus enemigos y no levantó el bloqueo hasta que murieron todos de hambre, o como en los fuertes de Nagashima, Yanagashima y Nakae, en la provincia de Owari, donde primero estableció un bloqueo completo y después dejó morir de hambre a sus habitantes –en el caso del primero de ellos– o les prendió fuego con ellos dentro –en los otros dos. Cuando Nobunaga conquistaba una provincia, luchando contra otro daimyō, normalmente sólo eliminaba la cúpula de la estructura de poder de dicha provincia, sin embargo, en el caso del Enryaku-ji o el Ikkō-ikki, parecía determinado a acabar con todos y cada uno de sus integrantes.

Hacia 1577 el Hongan-ji había quedado ya completamente aislado, tras la desaparición de sus ramas en otras provincias, el destierro de Yoshiaki y la caída de los Takeda, los Asakura o los Azai; sus únicos aliados eran ya los Mōri, pero esta vez no estaban atendiendo a sus llamadas de auxilio más que para mantener el bloqueo de Nobunaga incompleto al abastecer al templo de provisiones por vía naval. Empezaron entonces una serie de negociaciones entre ambos bandos, contando incluso con la intermediación del emperador, y en 1580 el abad Kennyo acabó aceptando los términos impuestos por Nobunaga y rindiendo el templo. Fue entonces cuando, eliminada la amenaza que suponían los grupos religiosos militantes y pacificada toda la zona central del país, Nobunaga pudo enfocar sus esfuerzos en expandir su conquista hacia el oeste.

El ataque al Hongan-ji, por Utagawa Toyonobu

Las drásticas políticas adoptadas por Nobunaga en relación con estos grupos budistas militarizados han suscitado –como cabría esperar– un debate académico bastante considerable. Pese a la poderosa influencia que desde entonces ha ejercido la narrativa jesuita, que definía a Nobunaga como un enemigo acérrimo y despiadado del budismo –y un paladín del cristianismo–, en la actualidad la mayoría de académicos han descartado esta idea. Como ha quedado claro, Nobunaga combatía a todo aquel que se opusiese a su proyecto de unificación del país, y aquí se incluyen ramas de su propio clan, otros daimyō, miembros de la corte, el mismísimo shōgun, y grupos o instituciones religiosas. Es importante destacar que Nobunaga no trató por igual a todos los grupos religiosos, templos, santuarios o monasterios, pues en sus tierras, administradas directa o indirectamente por él pero siempre con un control absoluto en todas las esferas de la sociedad, no se prohibió ninguna doctrina religiosa ni se destruyeron templos por motivos relacionados con la religión. Por el contrario, el líder de los Oda se preocupó de reconstruir muchos edificios religiosos de la capital que habían quedado destruidos tras la Guerra Ōnin, o de construirlos en las nuevas ciudades que se fundaron en sus territorios, como en la misma capital de su gobierno, Azuchi. Pese a no ser una persona religiosa y manifestarlo abiertamente, Nobunaga no se oponía a que sus súbditos o vasallos lo fuesen, porque él no era enemigo del budismo o el shintoísmo como religiones, lo era de sus opositores políticos, y en este campo no hacía distinciones si se trataba de otro daimyō o de un monasterio. Sencillamente perseguía a estas instituciones cuando se convertían en una amenaza política, no sólo hacia su autoridad sino además hacia el propio sistema samurái en general. Cuando acabó con el Hongan-ji en 1580 todas las instituciones religiosas de su territorio pasaron a estar bajo su control directo –igual que el resto de actores sociales–, y ese mismo año empezó a censar las tierras y patrimonio de estos templos, santuarios y monasterios, dejando así claro que estaban supeditados a su gobierno central. Las creencias religiosas, de hecho, siempre que estuviesen al servicio de su gobierno, no sólo no eran perjudiciales, sino que podían resultar muy útiles como herramienta de control social.
Un asunto distinto es el que hace referencia a los métodos que empleó Nobunaga para combatir a estas instituciones y grupos religiosos, habitualmente considerados como crueles y despiadados –como efectivamente eran, sobre todo vistos desde la perspectiva de nuestro momento histórico. El matiz que cabe hacer aquí es el de que gran parte de la crítica nace del hecho de que estos métodos fueron empleados precisamente contra instituciones y grupos religiosos, lo que no era algo nada habitual, pese a sí serlo entre distintos daimyō. Así pues, la única diferencia de Nobunaga respecto al resto de señores guerreros de su época fue que su pragmatismo era aún mayor que el de ellos, tanto que le llevó a pasar por encima de las convenciones sociales, supersticiones y creencias religiosas al cometer actos que se consideraban un sacrilegio y una crueldad extrema no por la naturaleza de los actos en sí sino por la de aquellos a los que iban dirigidos.

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López-Vera, Jonathan. “Oda Nobunaga y su relación con el budismo” en HistoriaJaponesa.com, 2017.