En la Historia Japonesa no abundan los nombres propios, se mueve más por clanes, familias, provincias y otros tipos de grupos de personas, y pocos son los individuos que destacan por ellos mismos, en solitario. En este artículo hablamos de una de las excepciones, quizá de la principal, pues Toyotomi Hideyoshi podría casi con total seguridad considerarse la figura más importante y decisiva de la Historia de Japón. He decidido dividir este tema en dos artículos, dedicando este a los temas que aparecen en el título y otro a la relación de Hideyoshi con el cristianismo, que llegó a Japón en su época.

Ascenso al poder

Toyotomi Hideyoshi (1537-1598) era el hijo de un simple campesino llamado Yaemon que, cuando la ocasión lo requería, servía como soldado raso en el ejército de los Oda, el clan que controlaba su provincia, con lo que ya vemos que este ascenso al poder empieza desde un lugar muy humilde dentro de la sociedad japonesa de la época. Yaemon murió en 1543, cuando Hiyoshimaru –nombre de Hideyoshi en aquel entonces– tenía sólo siete años de edad. En el Japón de la época era bastante usual el cambio de nombre, coincidiendo con momentos clave de la vida de una persona. En el caso de Hideyoshi, se darían varios cambios desde su nacimiento a su muerte y además, siendo hijo de un campesino, hasta que alcanzó un rango más alto, carecía de apellido.

No sabemos demasiado de su infancia, lo que ha llevado a la creación de muchas historias, leyendas y literatura, pero parece haber consenso en que a una edad muy temprana viajó por diferentes provincias trabajando al servicio de distintos señores –siempre en trabajos menores como mozo de cuadra o criado–, como los Imagawa en 1551. Finalmente, en 1558 volvió a su provincia natal, Owari, para trabajar para los Oda, tal y como había hecho su padre, aunque en su caso sería para el joven heredero, Oda Nobunaga (1534-1582). Dentro del clan Oda empezaría desempeñando también tareas de poca importancia, siendo la más conocida y célebre la de portador personal de las sandalias de Nobunaga.

Sus legendarias dotes de convicción y su supuesto talento natural para destacar por encima de los demás hicieron que protagonizase una carrera meteórica desde ese humilde puesto, aunque de nuevo no tenemos muchos datos al respecto hasta que, en 1570, obtuviese el cargo de comandante de tres mil soldados del ejército de Nobunaga en una campaña contra el vecino clan Asakura. En 1574, tras la victoria sobre el clan Asai, Hideyoshi fue recompensado por Nobunaga con el territorio de los vencidos, la provincia de Ōmi, y un estipendio de 180 mil koku, con lo que el hijo del campesino Yaemon pasaba a ser oficialmente un daimyō. Es poco después, en 1577, cuando empieza su biografía oficial, escrita por su secretario.

Hideyoshi en sus años de juventud, escalando el monte Inaba para atacar un castillo enemigo, por el maestro Yoshitoshi

Durante los años siguientes, además de gobernar en su provincia, Hideyoshi participó en numerosas campañas como uno de los principales generales de Nobunaga, contando sus batallas por victorias. Así participó en la famosa Batalla de Nagashino en 1575 contra los Takeda y le fue encomendada una de los dos frentes de ataque –el otro era capitaneado por Akechi Mitsuhide (1528-1582)– en la campaña contra el poderoso clan Mōri y sus aliados, cuyos territorios comprendían toda la zona occidental de la principal isla de Japón, Honshū. En esta campaña Hideyoshi demostró ser un grandísimo estratega y, sobre todo, negociador, puesto que muchas de sus victorias llegaban antes siquiera de poner un pie en el campo de batalla, atrayendo a sus enemigos a su propio bando. De una u otra forma, Hideyoshi fue avanzando hacia el oeste, ganando territorios, por lo que en 1580 Nobunaga volvió a recompensarle, esta vez con dos de las provincias adquiridas en su avance, Tajima y Harima, donde trasladó entonces su base de operaciones, dispuesto a continuar luchando contra los Mōri.

En 1582 le tocó el turno a la provincia de Bitchū, donde tuvo lugar una de las batallas más famosas de la carrera de Hideyoshi, el Asedio al castillo Takamatsu; aprovechando la orografía del terreno en el que se erigía el castillo y la cercanía de un río, Hideyoshi mandó construir un largo dique en él –casi tres kilómetros de largo, más de siete metros de alto, 22 de ancho en la base y once en la parte superior–, de forma que sus aguas anegaron todo el territorio circundante a la fortaleza. Hideyoshi entonces, esperando que los Mōri acudiesen en ayuda de los defensores del castillo, pidió a Nobunaga que le enviase refuerzos, y éste decidió mandarle un ejército dirigido por Akechi Mitsuhide. Pero este general tenía otros planes en mente, y poco después decidió dar media vuelta con sus tropas y dirigirse a Kioto, al templo Honnō-ji, donde se encontraba entonces hospedado Nobunaga, dispuesto a dar un golpe de estado atacando a su propio señor; este suceso, conocido como el Incidente de Honnō-ji, acabó con el suicidio del líder del clan Oda.

La maniobra de Mitsuhide no terminó con la muerte de su hasta entonces señor, a continuación atacó otro templo cercano donde se encontraba el hijo y heredero de Nobunaga, quien acabó de la misma forma que su padre. Los motivos para la traición han sido largamente discutidos por los historiadores que han estudiado el tema y se barajan varias hipótesis, siendo la más aceptada una venganza personal por culpar Mitsuhide a Nobunaga de la muerte de su madre tres años antes, pero algunos estudiosos defienden que, sencillamente, el general quería hacerse con el control del país.

Eiji Yoshikawa noveló la vida de Hideyoshi en su magnífica obra Taiko, de recomendadísima lectura

La estratagema contaba con que los principales generales de Nobunaga estaban dispersos por distintos lugares del país, combatiendo cada uno de ellos en distintos frentes, en especial Hideyoshi, quien estaba enfrascado en el asedio al inundado castillo Takamatsu y, en caso de abandonar el lugar para dirigirse a la capital al enterarse de la muerte de su señor, podía ser atacado por los Mōri desde la retaguardia. Conocedor de la situación, Mitsuhide envió un mensajero a los Mōri, informando de la muerte de Nobunaga. Afortunadamente para Hideyoshi, se pudo interceptar este mensajero y, sólo dos días después, negociar con los Mōri un final pactado del asedio, sin que éstos conocieran las noticias de la capital. Teniendo pues este asunto zanjado, él y sus tropas se dirigieron hacia Kioto tan rápido como fue posible, recorriendo una media de cuarenta kilómetros por día. Mientras, en la capital, Mitsuhide se había presentado como el salvador de país, quien había acabado con el dictador que tenía secuestrado al poder central. Al enterarse de que las tropas de Hideyoshi se acercaban, decidió salir a su encuentro y buscar un lugar óptimo donde hacerle frente. El choque de ambos ejércitos se produjo en un pueblo llamado Yamazaki, que da nombre a la batalla, y en sólo un día las tropas de Hideyoshi masacraron a todos los enemigos que no consiguieron huir del lugar. El propio Akechi Mitsuhide emprendió también la huida, sólo para ser asesinado por unos bandidos en un pueblo cercano llamado Ogurusu. Habían pasado sólo trece días del suicidio de Nobunaga, y Toyotomi Hideyoshi era el hombre que había vengado su muerte.

Pese a que Nobunaga tenía otros hijos que podrían haberle sucedido al frente del clan Oda, Hideyoshi supo aprovechar la posición de prestigio que le otorgaba el haber sido él quien vengase a su señor –y tan rápidamente– y, tras un año de negociaciones y batallas, en 1583 se alzó como líder del clan. Durante el resto de la década conseguiría imponerse sobre todas las provincias de Japón –unificando así el país por primera vez en más de un siglo–, usando más la negociación que la batalla, consiguiendo poner de su bando a los que hasta entonces eran poderosos enemigos, como los Mōri, Date, Uesugi, Ōtomo y Satake y tardando sólo unos ocho años en controlar todo el país. En 1585 recibió del Emperador el título de kanpaku, aunque sólo seis años más tarde lo cedió a su entonces heredero, su sobrino Hidetsugu (1568-1595), a quién había nombrado su sucesor tras morir su único hijo varón a los dos años de edad, pasando él a ser taikō –cargo con el que Hideyoshi ha pasado a la historia y que se suele utilizar sólo para referirse a él, por lo que desde ahora lo usaremos en mayúscula y sin cursivas–, dando así por concluido el meteórico ascenso del que empezó como hijo de un campesino y portador de sandalias.

La invasión de Corea

Una vez Japón estuvo unificado, el Taikō decidió que era un buen momento para lanzarse a una de las mayores ambiciones que un gobernante japonés podría tener jamás, la conquista de China. No se sabe exactamente qué motivos podía tener Hideyoshi para ello –a no ser que creamos lo que él mismo repetía a menudo, que el cielo así se lo había prometido–; quizá era una forma de premiar a sus generales con nuevos territorios, puesto que al haber unificado Japón principalmente a base de negociaciones, había habido pocos enemigos cuyas tierras repartir tras la victoria; otro motivo podría ser el obligar a los Ming a reabrir el comercio entre ambos países; o quizá sencillamente quería dejar una huella aún más grande en la Historia. Se tratase de un motivo u otro, lo que sí sabemos es que no fue una decisión tomada de forma precipitada sino que era algo que Hideyoshi tenía en mente desde hacía tiempo, pues tenemos constancia ya en 1586 de una conversación con el jesuita Gaspar Coelho (1530-1590), viceprovincial de la Compañía de Jesús en Japón, en la que le habló de ello; de hecho, esta idea ya aparece en algunos documentos jesuitas atribuyéndola a Nobunaga en 1582.

Réplica de la armadura de Hideyoshi, con el característico adorno del casco, representando los rayos del sol

Hideyoshi pretendía que Corea le rindiese vasallaje y colaborase en el ataque a China, y así se lo comunicó al gobierno coreano mediante una embajada, aunque los emisarios, que conocían la relación entre Corea y China mejor que Hideyoshi, suavizaron el mensaje antes de entregarlo, resultando en sólo una petición de paso a través de la península coreana. Pero Corea, país históricamente vasallo y protegido de sus vecinos chinos, no accedió a las peticiones del líder japonés, por lo que –tras varias embajadas poco exitosas– Hideyoshi tomó la decisión de invadir primero Corea y después China.

Katō Kiyomasa, uno de los principales generales japoneses en la Guerra de Corea

Así, un ejército de cerca de 160 mil hombres –dividido en nueve divisiones– se puso en marcha, desembarcando en la costa sur coreana el 23 de mayo de 1592. Los daimyō de Kyūshū fueron los que más tropas aportaron a la campaña coreana, y muy especialmente los daimyō cristianos. Obviamente, no nos ocupa aquí más que hacer un breve resumen del conflicto, por lo que no entraremos en detalles de batallas concretas, basta por ahora con decir que el avance japonés resultó imparable. El ejército coreano no estaba preparado para combatir con los experimentados soldados japoneses –excepto en lo que respecta a las batallas navales–, que se hicieron con la capital, Seúl, en sólo tres semanas. La preparación de ambos ejércitos era demasiado desigual, Corea llevaba dos siglos sin vérselas en ninguna guerra mientras que Japón prácticamente no había conocido la paz en cinco. Cabe destacar también como un factor decisivo que los japoneses contaban con los modernos arcabuces portugueses –o las copias japonesas de los mismos– mientras que las pocas armas de fuego con las que contaban los coreanos eran unas anticuadas pistolas de mano chinas.

En julio, conquistada ya toda la península coreana, las tropas japonesas llegaron cerca de la frontera china, donde fueron vencidos en una decisiva batalla y se vieron obligados a retroceder de nuevo hasta Seúl. En ese momento se declaró una tregua entre Japón y China, y empezó una intensa fase de negociaciones entre ambos países durante cuatro años. Es muy significativo el hecho de que estas negociaciones se diesen únicamente entre Japón y China, sin tener en cuenta en ningún momento lo que Corea pudiese opinar al respecto. Durante las negociaciones, Hideyoshi aceptó la retirada de sus tropas a la zona sur de la península coreana –retirada que dejó un rastro de absoluta destrucción a su paso. Durante los cuatro años de negociaciones no se dieron más que malentendidos, sobre todo porque los encargados de mediar entre ambos gobiernos, temiendo que las condiciones que sus respectivos líderes demandaban fuesen demasiado ambiciosas, a menudo suavizaron las palabras originales que debían transmitir e incluso llegaron a falsear documentos. Así, durante un tiempo, Hideyoshi creyó estar negociando la rendición de China, mientras que los chinos estaban convencidos de estar ultimando los detalles del vasallaje japonés. Cuando el Taikō acabó descubriendo la verdad, a finales de 1596, dio por terminadas las negociaciones y emprendió la segunda campaña sobre Corea, enviando un ejército de más de 140 mil hombres en agosto de 1597.

Esta segunda campaña tenía como principal objetivo el castigar a Corea por haberse resistido a Hideyoshi, a diferencia de la primera, donde el avance sobre la península se entendía únicamente como algo necesario para llegar a China. Así, las tropas japonesas combatieron aún más ferozmente y cometieron todo tipo de atrocidades con los soldados y la población coreana según iban avanzando hacia el norte del país. Baste con decir aquí que los japoneses produjeron tantas víctimas que, en lugar de recolectar sus cabezas para poder así hacer un recuento, tuvieron que substituir éstas por narices, que cortaban a sus enemigos caídos y posteriormente enviaban conservadas en sal hasta la capital japonesa; actualmente puede visitarse en Kioto un montículo llamado Mimizuka –aunque no se promociona demasiado como atracción turística– bajo el cual están enterrados todos estos miles de narices coreanas, su nombre significa literalmente “montículo de orejas”, obviamente es erróneo y debiera haberse llamado Hanazuka, “montículo de narices”.

Konishi Yukinaga –Agostinho tras bautizarse–, uno de los principales generales japoneses en la Guerra de Corea

La guerra continuó hasta que en septiembre de 1598 sobrevino la muerte de Hideyoshi y los generales japoneses se retiraron de Corea tan pronto como pudieron, a finales de ese mismo año las últimas tropas zarpaban camino a Japón. El conflicto había durado cerca de siete años, y nada había cambiado, las fronteras seguían siendo las mismas y nadie había perdido ni ganado territorio; podríamos decir que no hubo ningún vencedor y que todos los países implicados perdieron –como suele pasar en las guerras, por otro lado–, puesto que Japón no consiguió ninguno de sus objetivos pese a ganar casi todas las batallas, Corea fue el gran perjudicado en cuanto a daños materiales y víctimas –más de 185 mil muertos y unos cincuenta mil prisioneros llevados a Japón–, y China tuvo que hacer frente a unos gastos muy considerables para una dinastía que ya estaba en decadencia, la Ming, lo que contribuiría a su caída en 1644.


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López-Vera, Jonathan. “Toyotomi Hideyoshi, ascenso al poder e invasión de Corea” en HistoriaJaponesa.com, 2014.