En el artículo dedicado a Toyotomi Hideyoshi y su relación con el cristianismo nos saltamos este episodio por ser suficientemente importante como para merecer un artículo propio. Del incidente del galeón San Felipe, que cubría la ruta Manila-Acapulco, se ha escrito muchísimo y muy variado, y más aún del asunto de los mártires de Nagasaki, pero aquí vamos a hacer sólo un breve resumen de los hechos.

Réplica de un galeón castellano de la misma época

En este relato vamos a utilizar como fuente principal el testimonio del escribano del navío, Andrés de Saucola, disponible en el Archivo General de Indias. Por él sabemos que el galeón, capitaneado por Matías de Landecho, había partido de Manila el 12 de julio de 1596 con 233 pasajeros a bordo –entre los cuales había cuatro frailes agustinos, un dominico y dos franciscanos–, además de una valiosísima carga cuantificada en torno a un millón quinientos mil ducados de plata. Tras esperar unos cuantos días en la isla de Ticao a que les llegase un despacho del gobernador de Filipinas, Francisco Tello de Guzmán (?-1603), salieron del archipiélago el 26 de julio.
Casi dos meses más tarde, el 18 de septiembre, el tiempo empezó a empeorar y les sorprendió en alta mar un huracán que causó grandes daños en la embarcación, “llevándose la bitácora, correderas y fogón a la mar, haciendo pedazos el timón, árbol mayor y mesana”, debido a ello, el capitán decidió que lo único que podía hacerse era dirigirse lo antes posible a la tierra más cercana que, en ese punto del viaje, eran las islas japonesas. Tiempo después, el primer obispo de Japón, el jesuita Pedro Martins (1542-1598), afirmaría que el piloto del galeón había recomendado navegar hasta Nagasaki pero que Landecho se habría negado, apoyado en su decisión por los dos frailes franciscanos, alegando que gracias a la paz con Toyotomi Hideyoshi cualquier lugar de Japón sería igualmente seguro, por lo que lo más aconsejable era dirigirse al más cercano, aunque lo que Martins quiere decir es que se quiso evitar Nagasaki por ser la base de los jesuitas.

En su periplo hasta Japón aún serían golpeados por dos nuevos temporales, el 25 de septiembre y el 3 de octubre, pero a mediados de octubre llegarían por fin cerca de la costa japonesa, siendo recibidos primero por cuatro pequeñas embarcaciones de pescadores que les informaron de que se hallaban frente a las aguas de la provincia de Tosa, en la isla de Shikoku. Entraron en esta bahía el día 17 de octubre, siendo remolcados por más de doscientas pequeñas embarcaciones al día siguiente, tras asegurarles un secretario del daimyō de Tosa que estarían seguros allí. Al remolcar el galeón, que viajaba con exceso de carga, el casco impactó contra el suelo de la costa, abriéndose fácilmente en dos, “cosa que nos admiró con que acabamos de conocer la flaqueza que la nao traía y el peligro que en la mar en ella traíamos”. Una vez en tierra, los pasajeros del San Felipe fueron repartidos en distintas casas de la ciudad de Kōchi –en el documento aparece como “Chogongami”, aunque esto no es más que una transcripción libre del apellido del daimyō de Tosa, Chosokabe–, donde improvisaron un regalo que llevar a Hideyoshi para pedirle lo necesario para reparar el galeón y poder seguir su camino hasta Nueva España.

Ruta que debía seguir el San Felipe y desvío forzoso hacia Japón

Para entregar este presente se eligió a los dos franciscanos, fray Juan Pobre y fray Felipe de las Casas, a la cabeza, partiendo hacia la capital acompañados de otros dos pasajeros del galeón, dos seglares, y del padre y el secretario del daimyō de Tosa. Cuando llegaron, se les unió fray Pedro Bautista, pero Hideyoshi no los quiso recibir y en lugar de ello envió a Tosa a un gobernador llamado Masuda Nagamori –en el documento aparece como “Nomonujo”. El obispo Martins, de nuevo, afirma que en este momento los jesuitas se ofrecieron para actuar como intermediarios en la corte de Hideyoshi, pero que Bautista aconsejó a los recién llegados, que eran de su misma orden, que no confiasen en los padres de la Compañía, y que él podía encargarse perfectamente de manejar la situación, otras fuentes añaden que ya les había aconsejado hacer lo mismo el capitán Landecho antes de salir de Tosa. Sea de una forma o de otra, a partir de ese momento la situación dio un giro completo y los pasajeros del galeón, que hasta entonces habían sido tratados como invitados, fueron encerrados como criminales, incluidos uno de los franciscanos que habían ido a Kioto y uno de los dos seglares, que ya habían regresado de la capital. Cuando llegó el Gobernador Masuda se empezó a interrogar a algunos de los ahora cautivos e hizo inventario de la carga, marcándola con los sellos de Hideyoshi. El 14 de noviembre les leyeron una carta del Taikō:

que éramos ladrones corsarios que veníamos a comarcar la tierra para tomarla, como lo habíamos hecho en el Perú y en Nueva España y Filipinas, enviando primero a los padres de San Francisco para que predicaran la ley de Nambal [se refiere a “nanban”, bárbaros del sur], que así llaman a la nuestra; y que íbamos cargados de oro y grana, y que ésto le habían informado a este Combaco Taicosama [Hideyoshi] algunas personas y tres portugueses que estaban en aquella sazón en el Miaco (…) que le diésemos todo el oro que traíamos sin que ninguno quedase con cosa alguna

Dos semanas más tarde unos cuatrocientos soldados se llevaron toda la carga del San Felipe a Kioto, dejando a sus pasajeros en Tosa sin mayor explicación y sin saber qué iba a ser de ellos a partir de entonces. El capitán Landecho pidió permiso al daimyō para ir a la capital a hablar con Hideyoshi y le fue concedido, por lo que partió hacia allí con un grupo en el que estaban también el franciscano Juan Pobre, uno de los cuatro agustinos, el piloto de la nave y el escribano de Saucola, lo que nos permite seguir teniendo un testimonio de primera mano. Nos va entonces relatando los lugares por los que van pasando –en viaje por mar– y cuántos días tardan en llegar a cada punto, y que en un momento del viaje el capitán envía al franciscano en una embarcación pequeña y más rápida para que se adelante al resto del grupo. Al llegar a Osaka, el 22 de diciembre, son retenidos allí y un secretario del daimyō de Tosa les informa de que no intenten ponerse en contacto con los franciscanos que hay en al capital porque éstos habían sido detenidos para ser crucificados por orden de Hideyoshi. Allí mismo, en Osaka, estaba también preso fray Martín de la Ascensión, sobre quien recaía la misma sentencia. Esta sentencia, tal y como se enteran unos días más tarde, no incluye únicamente la crucifixión, sino que:

los padres estaban sentenciados a cortar las orejas y arrastrar por las calles con sogas a las gargantas, juntamente con veinte japones cristianos porque predicaban la fe de Cristo, y que después de ésto los llevasen a Nagasaqui, cien leguas de allí, donde se desembarcaron cuando fueron de Manila al Japón; y para que se publicase su delito hasta aquel lugar, los llevasen presos públicamente con la sentencia escrita por delante en una tabla

El 2 de enero da comienzo dicha sentencia, cortándoles a todos los detenidos una oreja e iniciando el recorrido a pie que les lleva de Kioto a Osaka, para dirigirse una semana después hacia Nagasaki. El grupo de Landecho pide permiso para viajar a esa misma ciudad y les es concedido unos días más tarde, partiendo por mar el 16 del mismo mes y adelantando a los condenados durante el camino. Al llegar cerca de Nagasaki se reunieron con algunos jesuitas, que les informaron de que las cruces para los sentenciados ya estaban preparadas en la ciudad. La lista incluye a diecisiete laicos japoneses, tres jesuitas también japoneses y seis franciscanos, entre los que están Felipe de las Casas, Martín de la Ascensión y Pedro Bautista, a quien su papel de embajador no le sirvió para salvarse del castigo.

Monumento a los 26 mártires en la ciudad de Nagasaki

El 4 de febrero fueron crucificados primero y atravesados con dos lanzas después, de cada costado al hombro contrario. Se nos explican entonces las muestras de alegría de los mártires por entregar su vida de esta manera, así como los –supuestos– lloros y muestras de dolor del público presente en el lugar, que además se afanaban en recoger trozos de sus vestiduras rasgadas e incluso sangre como reliquias. También nos explica los –supuestos– milagros que sucedieron desde ese momento y en las posteriores semanas, puesto que los cuerpos fueron dejados en sus cruces durante meses. Y delante de las mismas estaba el rótulo que los condenados habían traído desde Kioto, en el que se leían los motivos del castigo, básicamente, que los frailes habían llegado desde las Filipinas con título de embajadores, pero que habían decidido quedarse en la capital para predicar, aún y sabiendo que el Taikō lo había prohibido expresamente unos años antes, por lo que ellos y los japoneses que se les habían unido merecían ser crucificados. El 16 de mayo el grupo de Landecho y los que habían quedado en Tosa dejaron Japón para trasladarse a Manila. El relato concluye con una lista de los 26 mártires en la que leemos sus nombres, edades y ocupaciones.

En esta historia, como en todas, hay distintas versiones, y la narrada aquí es la propia del ámbito castellano, pero no es la que ha pasado con mayor aceptación a la historia. Hay pequeños matices o añadidos que no aparecen en la crónica de de Saucola pero sí en la historiografía jesuita, la portuguesa –obviamente coincidentes–, la anglosajona o la japonesa. La diferencia más importante, y que merece ser comentada aquí, es la referente al desencadenante de la dura sentencia del Taikō. Según esta versión, cuando el gobernador enviado por Hideyoshi a Tosa interrogó a algunos miembros de la tripulación del San Felipe, uno de los testimonios fue el del piloto del navío, un tal Francisco de Landia, y éste supuestamente quiso impresionar a Masuda enseñándole en un mapa la gran cantidad de territorios sobre los que gobernaba Felipe II; de lo hablado en esta entrevista, cabe aclarar, no hay testigos directos ni documentos escritos. Al preguntarle Masuda cómo lo había hecho Castilla para poder conquistar tantos y tan grandes territorios, el piloto le dijo que primero se enviaba a esa nueva tierra a los sacerdotes y frailes, que se encargaban de convertir a una parte de la población y las élites, y así era más fácil la conquista cuando poco después llegasen los ejércitos castellanos, que de esta manera se había hecho en Perú o Nueva España.

Este episodio aparece en la práctica totalidad de la literatura que trata el tema, incluso en la que podríamos considerar “del ámbito castellano”, aunque entonces vemos variedad de interpretaciones, desde atribuir el desgraciado testimonio a un contramaestre portugués, a creer que no pudo haber dicho tal cosa y que Hideyoshi lo tenía todo planeado de antemano, pasando por dar como buena la historia pero afirmar que sólo se utilizó como pretexto. Desde la bibliografía cercana a las órdenes mendicantes, por otro lado, suele culpabilizarse a jesuitas y portugueses, sobre todo por un detalle que hemos visto anteriormente, en la carta de Hideyoshi que leyó el gobernador Masuda a los cautivos en Tosa aparecía la frase “ésto le habían informado a este Combaco Taicosama [Hideyoshi] algunas personas y tres portugueses que estaban en aquella sazón en el Miaco”, siendo especialmente importante la parte de los tres portugueses, a los que algunos ponen incluso nombre y dicen que eran acompañantes del obispo jesuita Pedro Martins. Como hemos dicho, sobre estos sucesos y la rivalidad entre castellanos-mendicantes y luso-jesuitas, se ha escrito largo y tendido, pero no es tema que ataña en profundidad a este artículo, por lo que su análisis deberá esperar a posteriores ocasiones.


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López-Vera, Jonathan. “El incidente del San Felipe y los mártires de Nagasaki” en HistoriaJaponesa.com, 2015.