Un pequeño vistazo generalizado a este largo periodo de la Historia Japonesa, alejado de la imagen de guerreros y batallas de periodos posteriores, aquí los combates eran de otro tipo, más sutiles, jugando con la etiqueta y la diplomacia, pero igual de despiadados.

Heian temprano

Poco después de acceder al trono en 781, el Emperador Kanmu decide trasladar la capital y, en 794, la establece en Heian-kyō (actual Kioto), donde permanecería nada menos que hasta 1868, aunque ya desde 1603 se establecería la capital de facto en Edo (actual Tokio). Es únicamente este cambio de Nara a Heian-kyō̄ lo que provoca el cambio de nomenclatura del periodo, puesto que durante el llamado “Heian temprano” lo que se produce es una continuación a todos los niveles del periodo Nara (710-794) y su gran influencia china. De hecho, ningún otro emperador anterior o posterior ha representado más fielmente el papel de emperador todopoderoso, concebido por la teoría china, como el mismo Kanmu, quien se esforzó por aplicar una centralización administrativa del país a la manera de los Tang chinos. La figura del emperador continuaría ostentando el poder real durante los mandatos de los primeros sucesores de Kanmu, aproximadamente siglo y medio, pero rápidamente iría cediendo parcelas de poder cada vez mayores en favor de familias nobles de la corte, muy especialmente los Fujiwara, hasta acabar convertido en una mera figura decorativa, carácter este que ha definido a los emperadores japoneses a lo largo de la gran mayoría de la historia del país.

El emperador Kanmu

Pero en este llamado Heian temprano, el gobierno, a semejanza del de las dinastías chinas Sui (589-618) y Tang (618-907), tenía al emperador en la cima, ayudado de Altos Ministros y un Consejo de Estado que supervisaba un elaborado sistema burocrático organizado en ocho ministerios y numerosas oficinas. El país tenía en aquella época una población estimada de 6-7 millones de habitantes y estaba dividido en un total de 68 provincias, dirigidas cada una por un gobernador y divididas a su vez en distritos supervisados por oficinas administrativas. Todo este complejo sistema administrativo se nutría de opositores que, a diferencia del modelo meritocrático chino, formaban parte de familias nobles ya pertenecientes a la corte, correspondiendo el nivel del puesto conseguido al rango de la familia en lugar de a las calificaciones obtenidas por el aspirante en los exámenes de acceso.

De esta forma, las élites del país se perpetuaban en los cargos de poder y las grandes familias fueron adquiriendo con el tiempo un papel cada vez más importante, una característica de la sociedad japonesa que se ha mantenido desde entonces y que ha dado, dentro incluso de la historia contemporánea, fenómenos como los clanes samurai, las asociaciones empresariales zaibatsu primero y keiretsu después, etc.

Segunda mitad

Hacia finales del s.X, se dieron dos procesos que marcaron un punto de inflexión dentro del periodo Heian: el paulatino abandono del modelo chino y el ascenso al poder de la familia Fujiwara como Regentes Imperiales. Estos fenómenos serían más decisivos de cara a un posible cambio de periodo que el simple traslado de capitalidad al inicio de este periodo.

Una fecha clave dentro del primero de estos procesos sería el año 894, cuando Japón decidió abandonar las hasta entonces regulares misiones oficiales a China. Principalmente porque, al encontrarse ya la dinastía Tang en fase de decadencia, todo el país se encontraba en un momento de gran inestabilidad, que había contagiado incluso a Corea, y las autoridades japonesas temieron que la situación se extendiese a Japón. Además, poco podía aprenderse de China en un momento así y, aunque los contactos de tipo comercial e incluso artístico siguieron dándose en cierta medida, oficialmente se rompieron los vínculos entre ambos países. De esta forma, se empezó a vivir una etapa de retrospección en la que todos los sectores de la sociedad japonesa empezaron a desarrollarse lejos de las influencias exteriores y la política, las artes, la religión y la cultura en general empezaron a tomar un rumbo propio, empezaron a “japonizarse”.

Por otro lado, la familia Fujiwara empezó a ganar poder dentro de la corte, contexto de continuas intrigas palaciegas y luchas de poder, y poco a poco empezaron a ostentar cada vez con mayor frecuencia el papel de sesshō̄ (regente) cuando, como solía ser bastante habitual, el emperador era menor de edad, y muchos de ellos eran incluso presionados para abdicar antes de alcanzar la edad adulta, normalmente a favor de otro emperador menor de edad. No contentos con una regencia que les otorgaba de facto el control del país, era muy común que los emperadores se casasen con hijas de la familia Fujiwara, con lo que sus descendientes, y entre ellos el siguiente emperador, estaban ligados naturalmente a este clan y eran así aún más fáciles de mantener bajo control. De esta forma, una vez más en la historia japonesa, la figura del emperador pasaba a ser algo meramente decorativo, más ligado a su papel religioso como descendiente de los dioses que a un cargo de poder real. Y quizá esa constante a lo largo de la historia es justamente lo que ha hecho que la dinastía imperial se haya mantenido de forma continua hasta la actualidad: seguramente, de haber ejercido algún tipo de poder, habrían sido derrocados o eliminados en algún momento.

El momento cumbre del poder de los Fujiwara llegó con la larga regencia de Fujiwara-no-Michinaga, de 995 a 1027, durante la cual reinaron tres emperadores distintos, siendo él mismo padre de cuatro emperatrices consortes, tío de dos emperadores y abuelo de otros tres. Como regente durante el reinado del Emperador Ichijō influyó en la decisión de que el emperador pudiese tener más de una esposa al mismo tiempo, de esta forma pudo conseguir que su propia hija, Shoshi, se convirtiese en primero en chūgū (segunda emperatriz) y, después, que acabase desplazando a su prima, la Emperatriz Teishi, del puesto de kōgō (primera emperatriz). Por cierto, es este momento histórico el que retrata Sei Shōnagon, dama de compañía de la Emperatriz Teishi, en su famoso El libro de la almohada.

Fujiwara-no-Michinaga

Con Fujiwara-no-Michinaga se da el mayor grado de poder en manos de un regente, apartando por completo al emperador del timón del país. Incluso cuando el emperador llegaba a la mayoría de edad, momento en el que en teoría un sesshō debería dejar el puesto en el poder al mismo emperador, el Fujiwara que ostentase en ese momento el cargo solía otorgarse el cargo de kanpaku, o Consejero Jefe, con el que en la práctica continuaba al mando como si nada hubiese cambiado. El periodo Heian duraría menos de dos siglos a partir de este momento álgido del control Fujiwara.

La vida en la corte Heian

Durante el periodo Heian la vida en la capital, Heian-kyō, y especialmente dentro de la corte imperial, era muy distinta de la que se vivía en el resto del país, lo que contribuyó a que los gobernantes y cortesanos estuviesen cada vez más alejados de la realidad, siendo este uno de los motivos que contribuirían al declive del sistema.

La ciudad, que se había construido siguiendo el modelo de la capital china de la época, Chang-an, tenía situado el palacio imperial al norte, un recinto cerrado dentro del que se levantaban los edificios de la burocracia gubernamental y, tras otro muro, el pequeño complejo de edificios conectados por galerías donde vivían el emperador y sus consortes, así como otras dependencias de uso administrativo. El número de consortes de cada emperador podía variar, pero se hizo bastante común que tuviesen media docena de ellas, que vivían acompañadas por un gran número de damas de compañía, sirvientas y demás séquito. Estas consortes provenían invariablemente de un grupo muy limitado de clanes, principalmente del Fujiwara, lo que otorgaba a estas familias gran poder en los asuntos internos de palacio.

En este mundo donde la cultura parecía ser un sinónimo de la vida en la corte, el emperador representaba la esencia misma de la cultura, el árbitro del status social, su autoridad era tan absoluta en estos aspectos como vacía en los asuntos de poder a partir del auge de los Fujiwara posteriormente. El mantenimiento y la mejora del status social eran justamente la mayor preocupación de gran parte de los nobles de la corte, lo que podía reportarles grandes ventajas económicas, políticas y sociales. Dentro de la corte existía un estricto orden jerárquico donde las diferentes familias estaban organizadas en escalafones más o menos altos que condicionaban completamente el tipo de vida que llevaban. La mayoría de las veces, el éxito o fracaso no venían condicionados por la competencia de cada uno, sencillamente por el rango al que se pertenecía y las habilidades sociales y culturales. Así, las formas de ascender dentro de la corte podrían confundirse con una dedicación hedonista a actividades más ligadas al tiempo libre que a tareas administrativas o políticas. Los nobles podían ocupar gran parte de su tiempo dedicándose a hacer excursiones, practicar la arquería y cetrería, asistir a competiciones de lucha, jugar a kemari (juego de pelota) o actividades más culturales como la pintura, la poesía o debatir durante horas las bondades de una flor. Las mujeres, por su lado, eran ajenas a muchas de estas aficiones masculinas, y tenían otras como practicar la caligrafía, estudiar poesía y música, escribir y leer historias, así como mantener correspondencia de tipo poético con otros cortesanos. Uno de los principales pasatiempos de la época era el monoawase (literalmente, recopilación de cosas), la redacción de todo tipo de listas, como las que abundan en El libro de la almohada de Sei Shōnagon. Además, miembros de ambos sexos solían jugar go, juegos de adivinar y mímica, sugoroku (una especie de backgammon) y otros juegos de mesa.

Damas de la corte jugando una partida de go

Según fue retrocediendo la influencia china a niveles administrativos y políticos, la identidad propia japonesa fue surgiendo también en la cultura y las artes. La escritura china se modificó dando lugar a la creación de la escritura kana japonesa, en parte gracias a las damas de la aristocracia, a las que no se animaba a usar los caracteres chinos. Aparecieron también estilos propios de pintura, así como de poesía, con composiciones características basadas en agrupamientos de sílabas en patrones de cinco y siete, y caracterizados por un estilo sugerente, minimalista e implícito, alejado del recargamiento de la poesía china. Emergieron valores estéticos nuevos como el mono no aware (literalmente, la tristeza de las cosas), aún muy vigente en la cultura japonesa actual, expresado a través de simbolismos relacionados con la naturaleza y representando la idea de lo efímero de la existencia, en consonancia con el Budismo que se estaba extendiendo por el país. Valga como imagen de esta corriente cultural propia el hecho de que fuese en esta época cuando se compusiesen los versos del Kimigayo, actual himno nacional japonés.

Declive de la corte

Como suele suceder, fueron varios los motivos para la decadencia del sistema de la época y el surgimiento de uno nuevo. La causa principal fue un desequilibrio en la balanza del poder, cada vez más a favor de los gobiernos periféricos frente a un debilitado gobierno central. A los terratenientes que ya dominaban las provincias se les fueron sumando cortesanos a los que, bien como premio o para apartarlos de la capital, se les otorgaban tierras, normalmente exentas de impuestos. Con el tiempo, muchos de ellos acabaron considerando estas regiones exteriores como su hogar, olvidando su procedencia cortesana.

La proliferación del sistema de shōen, tierras que el gobierno declaraba libres de impuestos durante tres generaciones para potenciar su explotación debido al aumento de población, hizo que todos estos dueños de tierras periféricas fuesen adquiriendo paulatinamente mayores cuotas de poder. Este sistema de uso de las tierras, que había comenzado ya en el s.VIII, se hizo cada vez más común, llegando a aplicarse en el s.XII a la mitad de las tierras agrícolas de Japón. La obligación que unía a los campesinos que trabajaban las tierras con los terratenientes, que a cambio les daban protección, contribuyó a la progresiva feudalización del país. Además de estos terratenientes, las distintas sectas budistas fueron también haciéndose cada vez más poderosas, amasando grandes cantidades de riqueza y formando ejércitos propios. También algunos de los clanes que gobernaban las provincias empezaron a preocuparse por tener soldados que protegiesen sus tierras, y empezó a darse una progresiva militarización de la periferia. Esta sería la semilla de una nueva clase social que dominaría Japón durante los siglos posteriores, los samurai. De entre ellos, los pertenecientes a familias de pasado cortesano, tendrían una especial sed de poder, como es el caso de dos de los clanes más importantes, los Taira y los Minamoto. El auge de estas familias fue paralelo al declive del poder de los Fujiwara, a partir de finales del s.XI, que además necesitaban frecuentemente de la intervención de los ejércitos de los señores provinciales en las constantes disputas por la sucesión de la familia imperial. En 1156 se dio el primer caso de intervención militar directa por parte de los clanes regionales y sólo cuatro años después uno de ellos, el clan Taira, se haría con el poder, iniciándose así las etapas de gobierno militar y el llamado “feudalismo japonés”.

Entre 1180 y 1185, las dos familias samurai más poderosas, los entonces gobernantes Taira y los Minamoto, se enfrentarían en las Guerras Genpei. La victoria del clan Minamoto marcaría el final del periodo Heian y el inicio del periodo Kamakura, pero de eso hablaremos en otro momento.


Bibliografía

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  • Hane, Mikiso. Breve historia de Japón. Madrid: Alianza Editorial, 2000.
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  • Shōnagon, Sei. The Pillow Book, aprox. 1600. Traducción, prólogo y notas de Meredith McKinney. De las cuatro versiones existentes, para esta traducción se ha utilizado la conocida como Sankanbon, de 1228, considerada la más fiel al texto original, en su revisión anotada de 1997, editada por Matsuo Satoshi y Nagai Kazuko, publicada por la editorial Shōgakukan. Londres: Penguin Books, 2006 (Kindle Edition).

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López-Vera, Jonathan. “El periodo Heian (794-1185)” en HistoriaJaponesa.com, 2011.