Fragmento del Nihon Shoki

Continuando el repaso cronológico a la Historia Japonesa, nos encontramos con el Periodo Nara, que no llegó al siglo de duración, durante el cual se asentaron los decisivos cambios acontecidos en el anterior, el periodo Asuka. De hecho, podrían perfectamente haberse englobado en un único periodo, pues el cambio de uno a otro viene dado únicamente por el emplazamiento fijo de la capital en lo que hoy es la ciudad de Nara.

Antes de este periodo, y de acuerdo con la doctrina shintoísta, se creía que una capital quedaba contaminada espiritualmente tras la muerte del emperador, por lo que se elegía un nuevo emplazamiento con cada soberano. Con el arraigamiento del Budismo en la corte, una religión que no veía necesario este traslado, aparece la idea de establecer una capital permanente, algo que además se hacía imprescindible para proyectar un potente estado centralizado, por lo que esta necesidad queda incluso recogida en la Reforma Taika, en el año 646. Los cambios contemplados en este texto se van llevando a cabo en las siguientes décadas, y no fue hasta el año 708 que la Emperatriz Genmei (hija del Emperador Tenji) dio la orden de establecer una capital estable. El cambio se produjo dos años después, en 710, a la ciudad de Heijō-kyō, actual Nara, marcando el inicio de este periodo.

Reconstrucción de la puerta Suzakumon, en las ruinas de Heijō-kyō

Como no podía ser de otra forma, en un momento de grandísima influencia china a todos los niveles, la nueva ciudad se erigió al estilo de la capital china de la dinastía Tang, Chang’an, aunque con algunas peculiaridades propiamente japonesas, como la ausencia de muralla exterior, lo que nos da una idea de la sensación de seguridad del gobierno. La ciudad tiene forma de rectángulo de cuatro kilómetros de ancho por cinco de largo, donde se incluyen numerosos palacios, edificios administrativos, templos, etc. Llegó a albergar a unos 200.000 habitantes, siendo así el primer núcleo urbano de Japón y poniendo de manifiesto el gran poder y la riqueza del nuevo estado japonés.

A nivel político y administrativo, se continuó con la implantación de las reformas comenzadas en el periodo anterior, teniendo un papel importante el llamado Código Taihō, que había sido promulgado ya en el año 701 pero que se puso definitivamente en práctica a partir del 718, cuando se revisó y actualizó bajo el nombre de Código Yōrō. Se trata de una reorganización administrativa muy influenciada una vez más por la China de los Tang y el Confucianismo, un tipo de legislación conocida como ritsuryō, aunque con numerosas adaptaciones al carácter propio japonés: no se adoptó la meritocracia como criterio para otorgar los cargos públicos, manteniendo el modelo hereditario típico japonés; y tampoco se copió el concepto de “Mandato del Cielo”, algo que en China se había utilizado para justificar los cambios de dinastías reinantes, siendo éste uno de los motivos por los que en Japón (como mínimo desde entonces) ha habido una única dinastía imperial. La nueva legislación otorga al emperador el doble carácter de dirigente del estado y sumo sacerdote, estableciendo además una marcada clasificación de las distintas clases sociales y rangos dentro de la corte, estableciendo nuevos ministerios que se encargarían de los asuntos del estado.

Una parte muy importante de estas reformas consistía en una nueva división territorial y administrativa del país, que pasó a dividirse en provincias, llamadas kuni (curiosamente, una palabra que en japonés significa “país”), que a su vez se dividían en distritos, llamados gun, y éstos solían dividirse en aldeas, aunque esta última división a nivel local podía variar. El hecho de tener una capital permanente por primera vez facilitó el desarrollo de una red de comunicaciones entre el gobierno central y los distintos organismos provinciales; se crearon los “siete caminos principales” (shichidō), que contaban con albergues cada pocos kilómetros, así como toda un red de caminos secundarios dentro de cada distrito. Además, se impulsó un nuevo sistema censatario e impositivo, así como un sistema de reclutamiento popular según el cual todos los hombres de entre 20 y 59 años debían cumplir servicio militar, algo que demostró ser un fracaso y convertir el ejército en un cuerpo muy poco disciplinado y entregado. Pese a ello, las fronteras interiores se expandieron tanto al norte de Honshu, conquistando territorios a los emishi/ezo, como al sur de Kyushu, a los hayato.

La importancia de estas nuevas legislaciones es enorme, sobre todo si tenemos en cuenta que en su mayor parte estuvieron vigentes hasta que empezó el periodo Meiji en 1868.

El otro gran proceso que se había iniciado en el periodo Asuka y que continuó en este periodo fue el de la difusión y el arraigamiento del Budismo, primero entre las clases altas y después entre el pueblo llano, aceptándose como religión dominante y convirtiéndose además en una poderosísima institución. Su influencia es tan enorme que muchos historiadores hablan de un Japón pre-budista y un Japón budista, habiendo tenido mucha más importancia que en China, que es justamente de donde llegó a Japón. Fue además a través del Budismo como llegó la influencia china a todos los niveles, llegando al punto de que los mejores ejemplos de arquitectura y arte Tang que se conservan actualmente se encuentran en Nara. Las expediciones a China se hicieron habituales, enviándose durante este periodo hasta nueve de ellas. Pese a la exitosa implantación del Budismo, el Shinto no se vio desplazado, consiguiéndose un encaje de ambas, como ya comenté al hablar del periodo Asuka, haciendo que cada una de las doctrinas cubriese unas necesidades distintas y compatibles entre sí.

Con la influencia china llegó la adopción de su escritura, que ya se conocía desde hacía algunos siglos, pero podemos decir que fue en este periodo cuando su uso se extendió en Japón. Los caracteres chinos se utilizaban a veces para escribir directamente en chino, que se convirtió en el idioma culto, de la misma manera en que se usaba el latín en la Europa medieval; otras veces, se usaban estos caracteres únicamente por su sonido, para escribir en japonés, en lo que se conoce como man’yōgana (de la escritura cursiva de estos caracteres surgiría poco después el silabario hiragana).

Es precisamente en el Periodo Nara cuando se terminan de compilar el Kojiki y el Nihon Shoki, las crónicas histórico-mitológicas que he nombrado en diversas entradas y que habían empezado a elaborarse unas décadas antes.

La primera de ellas, el Kojiki (“Recuento de hechos antiguos”), elaborada por Ō-no-Yasumaro y terminada en el año 712, explica la historia de Japón desde su creación hasta el año 500, además de una genealogía de la familia imperial hasta el 625. Está escrito de una forma muy compleja, combinando partes en chino con otras en japonés usando man’yōgana; esta dificultad hizo que durante más de 1.000 años no se le prestase la debida atención, hasta que en el s.XVIII el intelectual Motoori Norinaga le dedicase más de tres décadas de estudio y consiguiese descifrarlo y “traducirlo” a japonés actual.

Ō-no-Yasumaro

Sólo ocho años más tarde, en 720, se dio por terminado el Nihon Shoki (“Recuento de hechos japoneses”), bajo la supervisión del Príncipe Toneri (un hijo del Emperador Tenmu) y con la ayuda del mismo Ō-no-Yasumaro que había compilado el Kojiki. En este caso está completamente escrito en chino, por lo que ha podido ser leído y estudiado desde su publicación. Es también mucho más largo que el Kojiki, conteniendo, además de la mitología, un recuento histórico bastante fiable de los s.VI y VII. Tanto Kojiki como Nihon Shoki empiezan cubriendo aproximadamente los mismos temas, recogiendo las historias que componen la mitología japonesa desde diversas fuentes (canciones, leyendas, etimilogías, genealogías, ritos, etc.). Ambos relatan la relación de descendencia directa de la familia imperial desde la misma diosa Amaterasu; se cree que esta relación se inventó a finales del s.VI para justificar la soberanía de la dinastía reinante, creando además una genealogía mucho más antigua.

Unas décadas más tarde, en torno al año 760 se terminó otra compilación, esta vez de poesía, llamada Man’yōshū (“Colección de 10.000 hojas”, entendiendo “hoja” en su sentido de “hoja de árbol o planta”); se puede decir que con la publicación de esta colección de poemas, unos 4.500, se da inicio a la tradición poética japonesa. Contiene obras escritas por miembros de todas las clases sociales, desde emperadores hasta mendigos, aunque se cree que los de éstos últimos podrían ser obra de aristócratas poniéndose en su lugar. Se aprecia una notable predilección por los versos cortos, siendo la mayoría de poemas del tipo waka, una composición de 31 sílabas repartidas en cinco versos (5-7-5-7-7), forma que se utilizaría de forma casi exclusiva durante muchos de los siglos posteriores; de hecho, cuando se utiliza otra forma suele ser alguna variación del waka, como el famoso haiku a partir del s.XVII (5-7-5). Los poemas del Man’yōshū tratan temas de lo más variado, muchos de ellos muy pasionales, contrastando así con los poemas del siguiente periodo, más limitados por normas y convenciones. Aparecen ya temas típicos en la poesía japonesa, como la naturaleza y la belleza de lo efímero o el paso de las estaciones.

El emperador Shōmu

El Shōsōin

El momento álgido de este periodo es el conocido como época Tenpyō (729-749), dentro del reinado del Emperador Shōmu, que puede ser considerado como el más devoto de los emperadores japoneses. Por ello, el Budismo floreció notablemente durante estos años, cuando, por ejemplo, se hizo obligatorio que cada provincia tuviese como mínimo un templo budista, conocido como kokubunji. Esto supuso un gran gasto para el estado, algo que contribuyó a un considerable debilitamiento de la corte, en lugar de al fortalecimiento del poder central que se preveía, lo que provocaría durante los siguientes 150 años un declive en la administración nacional. En la capital se había construido el Tōdai-ji, templo familiar de la casa imperial y además el templo budista más importante de todo el país. Se trata de un complejo de enorme tamaño, cuyos edificios albergan gran cantidad de objetos artísticos, entre ellos numerosas estatuas elaboradas con dos técnicas nuevas en la época: la arcilla y la laca seca. En este último material destaca la estatua del monje ciego Ganjin, considerado dentro de la Historia Japonesa como el retrato más antiguo de una persona real que se conserve. Dentro del complejo se encuentra un edificio llamado Shōsōin, una especie de almacén construido con troncos y elevado del suelo, donde se guardan unos 10.000 objetos de todo tipo, 600 de ellos pertenecientes al mismo Emperador Shōmu, entre libros, rosarios, espadas, espejos, documentos, etc. Dentro de esta gran colección hay además numerosos objetos importados desde lugares tan lejanos como China, sudeste de Asia, Asia central, India, Arabia, Persia, Asiria, Egipto e incluso Grecia y Roma; convirtiéndose así en una especie de almacen del mundo conocido del s.VIII. El Shōsōin se ha abierto en muy pocas ocasiones desde entonces, permaneciendo a veces cerrado durante más de un siglo, y ha preservado su contenido en condiciones casi perfectas.

En el año 735 llegó a Japón desde Corea un violento brote de viruela que causó la muerte de miles de personas, cuando la epidemia cesó, en 747, el Emperador Shōmu quiso dar las gracias a Buda construyendo una gigantesca estatua de Dainichi Nyorai (la versión japonesa del Buda Vairochana, figura central de muchas corrientes del Budismo) que se albergaría dentro del Tōdai-ji. El monje budista Gyogi colaboró con el emperador en la construcción, un religioso que predicaba que las divinidades shintoístas eran en realidad manifestaciones de Buda, relacionando así, por ejemplo, a Amaterasu con el mismo Dainichi Nyorai. La estatua mide 16 metros de altura y para su construcción se utilizaron 1.300 toneladas de cobre, estaño y plomo, y 6 toneladas de oro, lo que supuso un gasto descomunal para el gobierno. Fue inaugurada en el año 752, con la ceremonia de la “apertura de ojos”, en la que un monje de India pintó las pupilas a los ojos de la estatua, con lo que simbólicamente se le da vida a la figura, al acto asistieron unos 10.000 sacerdotes budistas y distinguidos visitantes llegados de toda Asia, estando considerado uno de los grandes eventos de la Historia Japonesa antigua. En la ceremonia, además, el Emperador Shōmu se declaró públicamente un sirviente de Buda, siento este acto la cumbre de la devoción cortesana japonesa por el Budismo, ningún otro emperador japonés ha tenido nunca un gesto como este por ninguna religión distinta al Shintoísmo.

El Gran Buda de Nara

A partir de este momento, la institución budista fue convirtiéndose en un actor cada vez más poderoso, tanto económica como políticamente, y el clero fue entrometiéndose cada vez más en todo tipo de asuntos cortesanos. De hecho, muchos miembros de la aristocracia pasaron a formar parte del mismo clero budista, incluyendo a emperadores y emperatrices retirados. Su influencia sobre la corte llegó a su momento culminante con la relación entre la Emperatriz Kōken y el sacerdote Dōkyō, a quien nombró Gran Ministro en el año 764. Seis años más tarde Dōkyō intentó incluso hacerse él mismo con el trono imperial, pero su golpe fue fallido a causa de la gran resistencia de los más altos aristócratas de la corte y a la muerte de la emperatriz. A causa de este incidente, dentro de la corte se pusieron alerta respecto a la excesiva influencia que el Budismo estaba teniendo a nivel político; observaron que este fenómeno se había dado con mayor intensidad durante el reinado de cuatro emperatrices, por lo que el Consejo de Estado se declaró contrario a permitir la subida al trono de otra mujer, algo que a partir de entonces ha sido una constante dentro de la Historia Japonesa, con sólo dos excepciones en el s.XVII.

De esta forma, en 781 llegó al trono el Emperador Kanmu, nuevamente uno de los pocos casos de emperador fuerte con poder real. Tres años más tarde se decidió cambiar de lugar la capital para huir de la influencia de los monasterios budistas de Nara, buscando así una solución típicamente japonesa al problema que contrasta con la forma en la que se había combatido este mismo problema en China, donde se había optado por perseguir al Budismo ferozmente. Para la nueva capital se eligió Nagaoka-kyō, una ciudad cercana al norte de Nara, aunque este emplazamiento duraría únicamente diez años por la creencia en que la muerte de un hermano del emperador había contaminado la ciudad. Así, en 794 se eligió la ciudad de Kyoto, llamada entonces Heian-kyō, donde permanecería la capital imperial, esta vez sí, durante un largo periodo de tiempo, hasta 1868.


Bibliografía

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López-Vera, Jonathan. “El periodo Nara (710-794)” en HistoriaJaponesa.com, 2012.