Mucho se ha hablado –yo el primero– y se sigue hablando sobre la Embajada Keichō, primero con motivo de su 400 aniversario en 2013 y ahora a cuento del 150 aniversario de relaciones Japón-España, pese a que –nunca insistiré lo suficiente– fue un gran fracaso a todos los niveles. En cambio, y pese a ser menos conocida, hubo una expedición anterior que hizo el mismo recorrido, de Japón a Madrid y a Roma, y que, aunque no fue todo un éxito ni mucho menos, sí fue más exitosa que la Keichō. Los motivos para que una se haya promocionado más que la otra están –a mi entender– muy claros, pero no nos adelantemos y empecemos por el principio de este largo y apasionante viaje de miles de kilómetros y más de ocho años de duración.

Cuando Alessandro Valignano (1539-1606), visitador de las Índias Orientales para la Compañía de Jesús, se disponía a abandonar Japón a finales de 1581 tras su primera estancia allí, de más de dos años, ideó y organizó una expedición a Roma por parte de unos jóvenes caballeros japoneses. Valignano ya tenía pensado desde hacía unos años volver a Europa –no definitivamente– después de pasar por Japón, con la intención de poder explicar allí en persona las peculiaridades de las misiones jesuitas asiáticas, una vez visitadas todas ellas, convencido de que las cartas e informes no eran suficientes. Esta necesidad se hizo aún más imperiosa tras haber conocido la realidad de la misión japonesa, su importancia y sus carencias tanto en lo que respecta al personal como a la financiación. Defensor decidido como era de lo imprescindible que es la experiencia propia para llegar a tener un conocimiento completo de algo, y ante la obvia imposibilidad de que fuesen el papa, el general de la Compañía y el rey de Portugal quienes viajasen hasta Japón para conocer de primera mano su peculiar naturaleza y la situación de la misión, pensó en llevarles a ellos un fragmento –cuidadosamente seleccionado, eso sí– de la sociedad japonesa.

Alessandro Valignano

Así, organizó una pequeña embajada, o más bien una expedición diplomática, en representación de algunos daimyō cristianos, que visitase primero al rey de Portugal y después al papa de Roma, para rendirle obediencia igual que solían hacer los reyes de los países católicos y los príncipes de las ciudades-estado, “parecio bien que fuessen algunos niños japones nobles que en nombre destos senhores christianos pudiessen pidir ayuda a Su Santidad”, y es importante este matiz, el de “pedir ayuda”, porque veremos que fue uno de los principales objetivos del viaje. El propio Valignano escribió un tiempo después, en su obra Apología, las razones que le habían llevado a emprender este singular proyecto:

La primera porque entendiendo yo quan grande y importante era esta empresa y Christiandad de Jappon y quan differentes eran las costumbres y modo de proceder dellos y de los de Europa y que por la grande opinion que tienen de sus cosas no tienen tanto conceto de las nuestras, ni creen tan facilmente lo que los Padres les dizen de las grandezas de los Principes Ecclesiasticos y seculares de Europa y del modo de su guovierno por estar tan lejos me parecio que seria cosa acertada y muy conveniente ir algunos cavalleros principales jappones a ver las cosas de Europa para que bolviendo a su tierra pudiessen dezir lo que con sus propios ojos vieron y como a naturales y personas tan principales se les diesse credito y assy quitada toda sospecha y duda acerca de lo que los Padres les dezian se pudiessen aprovechar mejor de lo que les enseñavan.

La segunda causa fue porque como el intento de los Padres no es otro que acreditar y dilatar nuestra sancta fe en Jappon y alla no saben quan grandes naciones y pueblos y quan grandes Reyes y señores la han recibido y quan grande sea la gloria y magestad de los Christianos, parecio cosa muy aproposito ir a Europa algunos jappones principales, que viessen todo esto, y pudiessen dar dello a sus naturales certissimo testimonio y viniessen de raiz a entender que la mas noble parte del mundo y la mas docta tenia esta sancta fe.

La tercera fue porque siendo costumbre de todos los Principes Christianos embiaron a dar la obediencia al Summo Pontifice como a Vicario de Cristo Nuestro Señor y importando tanto que los jappones tuviessen conocimiento de la magestad y grandeza del Summo Pontifice y de la Iglessia Romana, y tambien que Su Santidad con toda aquella corte y Su Magestad con la suya lo tuviessen de los jappones, me parecio cosa acertada ya que teniamos a Francisco [Ōtomo Sōrin] Rey de Bungo Christiano que era tan gran en Jappon y a Don Protasio [Arima Harunobu] Rey de Arima y Don Bartholome [Ōmura Sumitada] señor de las tierras de Omura y de Nangasaqi (…) que embiassen ellos algunos de sus parientes a dar la obediencia acostumbrada al Papa y tambien visitassen a Su Magestad de su parte y desta manera ellos viniessen y conociessen la gloria de aquellas cortes y fuessen tambien conocidos por hombres de entendimiento y policia para que de aquesta manera los jappones se aprovechassen y Su Santidad y el Rey los amassen mas y tomassen mas a pecho el ayudar a Jappon en lo temporal y en lo espiritual para que la conversion fuesse adelante.

Aunque Valignano las cita como tres razones principales, vemos que la primera y la segunda son en resumidas cuentas la misma, dar a conocer en Japón las grandezas de la Europa católica del momento, mientras que la tercera es exactamente lo contrario, es decir, dar a conocer la misión japonesa en Europa. Se trataba de unos objetivos meramente propagandísticos con los que se pretendía obtener, por el lado japonés, un mayor crédito y prestigio de los misioneros ante los daimyō, al convertirlos en representantes de una civilización supuestamente superior, lo que creían que contribuiría a facilitar la evangelización del país; y por el lado japonés, que la misión japonesa atrajese a más voluntarios que quisiesen trabajar en ella y, sobre todo, que tanto el papa como el rey de Portugal quisiesen mejorar su siempre maltrecha situación financiera –una de las mayores preocupaciones constantes de Valignano.

Acabamos de ver, en un breve fragmento escrito por el jesuita Gaspar Coelho (1530-1590), que a quien se pretendía enviar a Europa era a “algunos niños japones nobles”, y efectivamente, los cuatro elegidos no pasaban de los catorce años de edad en el momento de la partida. Eran varios los motivos para preferir enviar a niños: por un lado, el viaje duraría unos años y gran parte del mismo sería marítimo, y teniendo en cuenta que los grandes viajes en barco eran en esta época todo un reto físico –sólo en el viaje hasta Lisboa murieron treinta y dos personas que viajaban en la misma nave que ellos–, era sin duda mejor enviar a alguien joven y que gozase de buena salud; además, si lo que se pretendía era que las maravillas de la Europa católica causasen una gran impresión en los delegados, siempre sería más fácil si éstos eran jóvenes inexpertos; y finalmente también serían mucho más fáciles de tener bajo control en todo momento, tanto por su corta edad como por su condición de estudiantes de una escuela jesuita. Aunque cuando se trata este tema, la llamada Embajada Tenshō –recibe este nombre por haberse dado dentro de la era Tenshō, que va de julio de 1573 a diciembre de 1592–, suele hablarse de los cuatro jóvenes por igual, en realidad sólo dos de ellos iban en representación de los daimyō mientras que los otros dos eran sólo asistentes de los primeros.

Los cuatro enviados (arriba Julião y Mancio, abajo Martinho y Miguel) y el padre Mesquita

Así, Itō Sukemasu (c.1569-1612), más conocido por su nombre cristiano, Mancio Itō, era el delegado principal de la embajada y el representante de Ōtomo Sōrin (1530-1587), con quien estaba familiarmente relacionado de forma indirecta; Chijiwa Norikazu Seizaemon (c.1569-1633), más conocido como Miguel Chijiwa, era el representante tanto de Arima Harunobu (1567-1612) como de Ōmura Sumitada (1533-1587), siendo primo segundo de uno y sobrino del otro, respectivamente; y acompañándolos iban Julião Nakaura (c.1568-1633) y Martinho Hara (c.1569-1629) –se desconocen sus nombres japoneses–, también miembros de las élites samuráis de Kyūshū. Aunque, como hemos dicho, éstos dos últimos no eran en realidad delegados o representantes de ningún daimyō, en la práctica y una vez en Europa, se les trató casi de la misma forma a los cuatro. Y no sólo eso, en general se les dio un trato superior al que en teoría merecían, porque en realidad eran representantes de lo que –buscando una equivalencia europea, algo siempre complicado y a evitar dentro de lo posible– vendría a ser un conde o un duque, pero no embajadores de un rey, que es como se los trató.

Una de las críticas que se hizo a este proyecto fue precisamente debido a este hecho, ya que no sólo se les dio trato de embajadores en diversas ceremonias y eventos –como veremos–, sino que a menudo los cronistas locales llegaron a referirse a ellos como “príncipes” o incluso como “reyes”, lo que pudo llevar a mucha gente a la idea, obviamente, de que era realmente así. Por ello, muchos de los que conocían la verdad acusaron a los jesuitas de estar haciendo pasar a los jóvenes por algo que no eran para darle más importancia a la expedición, unas críticas que llegaron sobre todo por parte de religiosos franciscanos. Sin embargo, si leemos las crónicas jesuitas o las cartas en las que se habla de este viaje, veremos que en ningún momento se les llama otra cosa que “meninos”, “niños”, “moços”, “jovenes nobres” o, como mucho –y normalmente a su regreso–, “senhores”, y no hay ninguna evidencia de que los jesuitas intentasen falsear la categoría de los chicos o de la expedición en general. En realidad, podríamos decir que la intención de Valignano era más bien la contraria, la de no llamar la atención en exceso, pues en sus planes no estaba el visitar muchas más ciudades de las que estuviesen estrictamente de paso, no quedarse más tiempo del necesario en ellas y, sobre todo, hacer todo ello con la mayor discreción posible. Esto, sin embargo, pronto se vería que iba a ser imposible –una vez en Europa y, sobre todo, en Italia tras la calurosa recepción del papa–, porque numerosos miembros tanto de la aristocracia como del alto clero se mostraron muy interesados en invitar a los chicos a visitarles, incluso haciéndoles quedarse varios días con ellos. Además, muchas ciudades y pueblos prácticamente compitieron entre ellos por ser los que más y mejor agasajasen a los ilustres visitantes organizando recepciones, desfiles y toda clase de espectáculos.

Por otro lado, Valignano quería que los cuatro jóvenes estuviesen en todo momento bajo su supervisión directa, que el recorrido pasase sólo por países católicos y que incluso en ellos se les evitase todo contacto con cualquier aspecto de la sociedad europea que no fuese –por utilizar las palabras usadas por los propios jesuitas– edificante. Es por ello que el visitador insistió en que debían alojarse en casas jesuitas siempre que fuese posible, para así evitar que presenciasen lo que no debían. Y, por ejemplo, la idea de que toda Europa no fuese católica era sin duda muy poco edificante, por lo que debía evitarse que los delegados tuviesen conocimiento de la existencia misma del protestantismo, algo que requeriría, obviamente, de un estricto control de la información a la que pudieran acceder los jóvenes durante un largo periodo de tiempo.

Este control de la información también sería importante una vez terminada la embajada y se explicase en Japón todo lo que habían visto y vivido en Europa. Aunque se instruyó a los cuatro chicos para que fuesen escribiendo un diario con todas sus vivencias e impresiones durante el viaje, y efectivamente así lo hicieron, estos diarios no llegaron a ser publicados ni se conservan actualmente. Podríamos decir que, en cierto modo, sí se publicaron, puesto que la que podría considerarse como la crónica oficial de la embajada, la llamada De Missione, está supuestamente basada en estos diarios (el nombre completo es De Missione Legatorum Iaponensium ad Romanam curiam rebusq in Europa, ac toto itinere animaduersis, aquí se han utilizado sus traducciones al portugués (da Costa, 1997) y al inglés (Massarella, 2012 –la traducción es de J.F.Moran pero, debido a su fallecimiento, fue Derek Massarella quien se encargó de editarla, anotarla y escribirle una introducción)). Sin embargo, el trabajo de edición es más que evidente, ya desde el momento en que se presenta como una colección de diálogos y no como un diario, y se cree que poco queda de las notas originales en la obra final. Tradicionalmente se ha atribuido la autoría de este texto al jesuita portugués Duarte de Sande (1547-1599), rector del colegio de Macao, ciudad en la que se publicó, pero actualmente la mayoría de historiadores convienen en que fueron varios los autores que contribuyeron en su redacción, todos bajo la atenta supervisión y dirección de Valignano, y que de Sande fue el encargado de traducirla del original en castellano al latín en que se publicó. Por otro lado, existe otra crónica también basada supuestamente en las notas de los cuatro jóvenes y que es mucho más extensa y detallada, escrita por el jesuita portugués Luís Fróis (1532-1597), el conocido como Tratado dos embaixadores japões (el nombre completo es Tratado dos embaixadores japões que forão de Japão a Roma no ano de 1582, aquí hemos utilizado tanto el original, disponible en la Biblioteca Nacional de Portugal (Cod. 11098) en una edición de 1701, como una adaptación en inglés (Cooper, 2005)). Constituye la principal fuente de información acerca de esta embajada, más aún que el De Missione, porque, como de costumbre, Fróis nos explica mucho más que Valignano, habitualmente para disgusto de este último. Finalmente, se habla también de esta embajada en fragmentos de otras obras de la época, como la Historia de las missiones del jesuita Luis de Guzmán (1544-1605), pero sin aportar nuevo material que no esté ya en las dos obras anteriormente citadas (el nombre completo es Historia de las missiones qve han hecho los religiosos de la Compañia de Iesvs, para predicar el sancto Euangelio en la India Oriental, y en los Reynos de la China y Iapon, y dedica a narrar esta embajada el llamado “Libro nono, del viage qve hizieron los señores iapones a Roma para dar la obediencia, à su Santidad del Papa Gregorio Dezimo tercio, y su buelta desde Europa, a la India”). No existen crónicas escritas desde el punto de vista japonés, puesto que durante los años en que los embajadores japoneses estuvieron fuera no se supo nada de ellos y, cuando regresaron, la embajada no tuvo –como veremos– apenas repercusión.

El viaje

Aunque la embajada estuvo en tierras europeas durante sólo un año y ocho meses, cumpliendo el que al fin y al cabo era su cometido, el viaje duró en total nada menos que ocho años y cinco meses desde su salida hasta su regreso, ambos en Nagasaki. No se trata de hacer aquí una narración de los pormenores del mismo, por lo que dedicaremos poco espacio a los detalles –todas las personalidades a las que vieron o todos los lugares que visitaron– en nuestro repaso a estos más de ocho años.

Recorrido entre Japón y Europa

Los cuatro jóvenes japoneses partieron de Japón el 20 de febrero de 1582 acompañados por –además de algunos sirvientes– Valignano y el padre Diogo de Mesquita (1553-1614), quien llevaba en la misión japonesa desde 1577 y haría, entre otras, las funciones de intérprete. La primera parada fue, como era habitual, Macao, donde llegaron el 9 de marzo y permanecieron durante casi diez meses, esperando un momento propicio. Durante estos meses en Macao llegaron noticias desde Filipinas gracias a las que supieron que desde abril de 1581 el rey Felipe II (1527-1598) se había convertido en rey también de Portugal, por lo que uno de los objetivos de su viaje, que era precisamente visitar al rey de Portugal, les llevaría bajo estas nuevas circunstancias hasta Madrid y no hasta Lisboa. El 31 de diciembre pudieron por fin continuar hacia el siguiente punto de la ruta, Melaka, donde estuvieron poco más de una semana, desde el 27 de enero hasta el 4 de febrero de 1583. Tras una travesía con algunas complicaciones al llegar a costas de India y teniendo que hacer una parte del recorrido por tierra, alcanzaron finalmente Cochín el 7 de abril y tuvieron que quedarse allí más de seis meses, un tiempo aprovechado por el siempre productivo Valignano para acabar su obra Sumario de las cosas de Japón.

Fue al llegar a Goa, el 28 de noviembre, cuando una noticia que les estaba esperando produciría un cambio mucho más determinante en la expedición que el relacionado con Felipe II que acabamos de comentar. El general Acquaviva (1543-1615), máxima autoridad de la Compañía de Jesús, había decidido nombrar a Valignano superior de la provincia de India, lo que le impediría continuar el viaje hasta Europa por tener que permanecer en Goa. Aunque por un lado seguramente se sintiera aliviado, pues en más de una ocasión manifestó lo poco que le gustaba viajar en barco, la noticia no pudo ser más frustrante para alguien tan convencido de la importancia de la experiencia propia para tener y –en este caso– transmitir un conocimiento ajustado a la realidad. Él, que era el único que había visitado todas las misiones del Estado da Índia y que además estaba planificando una estrategia para cambiar la forma en que éstas debían funcionar, especialmente en Japón, no podría finalmente comunicar toda esta información personalmente a las autoridades que podían autorizar y –sobre todo– financiar esta estrategia. Dispuso además de menos de un mes para primero buscar un substituto que acompañase a los jóvenes japoneses en su lugar, eligiendo para ello a Nuno Rodrigues (?-?), hasta entonces rector del colegio de Goa, y después para instruirlo acerca de cómo quería que se hiciese absolutamente todo durante el resto del viaje, dándole por escrito incluso un listado de nada menos que cincuenta y cinco detalladísimos puntos que debía seguir (el documento lleva por título Regimento e instruição do que ha di fazer o padre Nuno Roiz que agora vay por procurador a Roma, y puede consultarse en ARSI, Jap.-Sin. 22, ff.51-57). Resulta muy interesante este documento porque, además de demostrarnos lo meticulosamente que Valignano había planificado todos los detalles relacionados con la embajada, nos permite también ver una diferencia importante al compararlo con el fragmento de la Apología que acabamos de ver, en cuanto a los motivos para organizar la expedición. En el texto que hemos visto se incluye como uno de los objetivos el conseguir ayuda económica para la misión, “para que de aquesta manera los jappones se aprovechassen y Su Santidad y el Rey los amassen mas y tomassen mas a pecho el ayudar a Jappon en lo temporal y en lo espiritual”, pero lo hace en esta única referencia que aparece al final de toda la lista de razones para haber organizado la embajada, restándole así importancia. En cambio, en las instrucciones que dejó a Rodrigues y Mesquita, Valignano les decía:

O fim que se pretende nesta yda dos meninos a Portugal y a Roma consiste em duas cousas. A primeira he buscar o remedio que no temporal y no espiritual he necessario em Japão. A 2ª he fazer capaçes os Japoes da gloria y grandeza da ley Christiana y da magestade dos Principes y Senhores que abraçarao esta ley y da grandeza y riqueza dos nossos Reynos y Cidades y da honra y poder que tem entre elles a nossa religião pera que estes meninos Japoes como testimunhos de vista y pessoas de tal calidade tornando depoys a Japão possao dizer o que virao y dar con ysto en Japão o credito y autoridade que convem a nossas cousas as quaes como elles nunca virao não podem agora crer y assi venhao a entender o fim que os Padres pretenden em yr a Japão o qual muytos delles não entenden agora, parecendolhes que somos gente pobre y apoucada en nossas terras y que por ysto ymos so capa de pregar cosas de ceo a buscar remedio a Japão.

Vemos que en este documento el asunto de la financiación, “lo temporal”, ocupa el primer lugar de la lista de objetivos, y la diferencia respecto al orden en la Apología puede muy probablemente estar relacionada con que este Regimento era un documento interno y no destinado a ser publicado como sí lo era el primero.

En lo que respecta a los cuatro chicos, en Goa ejercieron de embajadores o delegados por primera vez, al entrevistarse con el virrey Francisco de Mascarenhas (c.1530-1608). Finalmente, abandonaron la ciudad el 20 de diciembre pero tuvieron que volver de nuevo a Cochín y quedarse allí un par de meses, hasta el 20 de febrero de 1584, cuando dejaron definitivamente India y, con ella, a Valignano. El 10 de mayo doblaron el cabo de Buena Esperanza y el 27 llegaron a la isla de Santa Elena, donde se quedaron hasta el 6 de junio, partiendo ya definitivamente con destino a Europa, donde pusieron sus pies, concretamente en Lisboa, el 10 de agosto.

El nuevo rey de Portugal, Felipe II –Felipe I para los portugueses–, había pasado unos dos años en Lisboa tras hacerse con el trono portugués, pero para cuando llegó la embajada japonesa ya había regresado a Madrid, nombrando antes virrey de Portugal a su sobrino, quien ha pasado a la historia como Alberto VII de Austria (1559-1621) pero que entonces tenía el cargo de cardenal –pese a no ser nunca ordenado sacerdote. La expedición pasó unas semanas en la capital lusa y otras ciudades portuguesas, viéndose con el cardenal en varias ocasiones, antes de ponerse rumbo a Castilla el 18 de septiembre.

Recorrido europeo

El 29 llegaron a Toledo, donde se quedaron hasta el 19 de octubre. Al día siguiente, el 20 de octubre de 1584, llegaron por fin a uno de sus dos destinos, Madrid –originalmente tenía que haber sido Lisboa, recordemos–, donde se encontraron con que en la corte había más movimiento y actividad que de costumbre porque Felipe II había llamado a todos los nobles y oficiales de Castilla para que jurasen lealtad a su hijo, el que sería Felipe III (1578-1621). Este fue uno de los varios momentos históricos que los cuatro jóvenes japoneses vivieron en primera persona durante su estancia en Europa, pues fueron invitados a asistir a la ceremonia, que tuvo lugar el 11 de noviembre, y además se les dio un lugar preferente en ella –aunque apartado de las miradas del resto de asistentes– y fueron tratados como embajadores de Japón. Tres días después, el 14 de noviembre, fueron llamados a una audiencia privada con el rey, que fue precedida por un desfile por las calles de Madrid, repletas de gente que quería ver a esos embajadores de tierras lejanas que iban vestidos con unos extraños ropajes y llevaban dos espadas al costado. Durante la audiencia se llevaron a cabo las protocolarias entrega y lectura de las cartas de los daimyō a los que representaban los enviados y, después, de una forma mucho más informal y –según los testigos– cercana, Felipe II estuvo hablando con los jóvenes y haciéndoles todo tipo de preguntas acerca de Japón. En las siguientes dos semanas se vieron con otras personas importantes de la vida política y religiosa de la capital, y visitaron el recién terminado monasterio de El Escorial. Con salvoconductos para el resto de su viaje por la península expedidos por el rey, quien también les proveyó de carruajes y una buena cantidad de dinero, la embajada dejó Madrid el 26 de noviembre con destino a Alicante, donde se embarcarían para ir a Italia. Entre ambas ciudades pasaron por otras como Alcalá, Murcia –donde se quedaron unas tres semanas– o Elche, llegando finalmente a Alicante el 5 de enero de 1585. En su puerto les estaba esperando ya un barco en el que los mejores camarotes estaban reservados para ellos y custodiados por soldados, todo por orden de Felipe II. Tras un mes esperando a tener una meteorología favorable, zarparon el 7 de febrero y, tras una parada forzosa de unos días en Mallorca, llegaron a la ciudad italiana de Livorno el 1 de marzo.

Igual que había pasado en la península ibérica, el recibimiento que se fueron encontrando en cada ciudad estuvo muy alejado de la discreción deseada por Valignano, y tuvieron que desviarse de su ruta para visitar algunos lugares que en principio no estaban previstos, como Pisa. Desde allí continuaron hasta Florencia y el 22 de marzo llegaron al objetivo principal de su viaje, Roma, donde fueron recibidos por el general Acquaviva. Su audiencia con el papa Gregorio XIII (1502-1585) no se hizo esperar, pues tuvo lugar sólo un día después, en una ceremonia pública con toda la pompa de las grandes ocasiones, empezando por una larga procesión a caballo por toda la ciudad, donde –como había pasado en Madrid– la gente se agolpó en las calles para poder ver a los exóticos jóvenes. Una vez ante el papa, que se saltó todo protocolo al abrazar y besar efusivamente a los chicos, se leyeron y entregaron las cartas de los daimyō y de nuevo se trató a los delegados como si fueran embajadores de otro país. Al terminar, el papa los invitó a sus dependencias y a otra reunión unos días más tarde; de hecho, en los siguientes días vieron al papa en numerosas ocasiones debido al gran interés y entusiasmo del pontífice, que cada día les enviaba a alguien para saber si se encontraban bien o si necesitaban alguna cosa. En una de estas audiencias, los jóvenes hicieron entrega de algunos regalos traídos desde Japón, siendo uno de ellos el famoso biombo del maestro Kanō Eitoku (1543-1590) en el que se representaba el castillo de Azuchi –la única imagen del castillo que se conoce– que Oda Nobunaga (1534-1582) había regalado a Valignano, y al que poco después se perdió la pista, siendo un misterio su paradero actual, si es que sigue existiendo. A la cálida bienvenida del papa –y seguramente debido a ella– se sumó la de muchos miembros de la aristocracia de la capital italiana y la de diversos embajadores de otros países, que durante esas semanas pidieron poder recibir a los legados japoneses en sus palacios, celebrando toda clase de banquetes y fiestas en su honor. Incluso el mismísimo senado decidió nombrarlos no sólo ciudadanos romanos sino incluso patricios, un honor poco habitual. Pero el ambiente festivo se terminó el día 5 de abril, tras unas dos semanas de la llegada de la embajada a Roma, al saberse que Gregorio XIII había caído enfermo repentinamente, falleciendo sólo cinco días más tarde. Así, los jóvenes japoneses pudieron ser testigos directos de otro hecho histórico, al asistir –y, de nuevo, desde lugares privilegiados– a las ceremonias de coronación y toma de posesión de un nuevo pontífice, Sisto V (1521-1590). Este nuevo papa les dio un trato tan cordial y cercano como el anterior, e incluso mejoró la asignación anual que Gregorio XIII había prometido a la misión, pasando de los 4000 ducados de éste a los 6000. Tras verse con él en algunas ocasiones más, el 3 de junio la embajada abandonó Roma.

Si durante el viaje de ida ya hemos dicho que tuvieron que visitar sitios que no estaban previstos y quedarse en ellos más tiempo del necesario, siendo siempre agasajados como embajadores, en el viaje de vuelta esta situación fue aún más acentuada a causa del trato privilegiado que les había dado el papa en Roma. Los algo más de dos meses que tardaron en abandonar Italia se convirtieron en una inacabable sucesión de recepciones, banquetes, reuniones, desfiles con salvas de cañón y discursos de bienvenida. Pasando por una larga lista de pueblos y ciudades, llegaron a Venecia a finales de junio, una ciudad que en su afán por agasajar a estos ilustres visitantes incluso retrasó cuatro días la festividad de su patrón para que los enviados japoneses pudieran asistir a ella. Por si esto no fuera suficiente, las autoridades de la ciudad llegaron a contratar al célebre pintor Tintoretto (1518-1594) para que hiciese un retrato de cada uno de los cuatro jóvenes, aunque sólo pudo terminar el de Mancio porque la embajada no podía quedarse durante el tiempo necesario para concluirlos todos, teniendo que dejar la ciudad el 6 de julio. Tras pasar por Padua y Verona, a finales de ese mismo mes llegaron a Milán, donde se quedaron hasta el 3 de agosto, y seis días más tarde dejaron definitivamente Italia, partiendo desde el puerto de Génova.

Mancio pintado por Tintoretto

La primera ciudad de su nuevo recorrido por la península ibérica fue Barcelona, donde llegaron el 16 de agosto y permanecieron durante tres semanas, antes de salir –pasando por el monasterio de Montserrat– hacia la ciudad oscense de Monzón, que en aquella época era la sede de las Cortes de Aragón, ya que Felipe II se encontraba allí en aquellos momentos. Llegaron el 9 de septiembre y la audiencia con el rey fue tan amistosa como las que habían tenido en Madrid en el viaje de ida, ofreciéndose de nuevo a financiar todos los gastos de esta nueva etapa de su viaje. Habiendo visto de nuevo a Felipe II, la embajada podía ya emprender definitivamente el regreso, por lo que se encaminaron ya hacia Lisboa, pasando por Zaragoza, Madrid, Oropesa, y Évora, y llegando a la capital portuguesa en diciembre. Tras visitar algunas ciudades cercanas –de nuevo por compromisos sociales con diversas personalidades–, zarparon del puerto de Lisboa, abandonando así Europa, el 8 de abril de 1586.

Volvieron a doblar el cabo de Buena Esperanza el 7 de julio, llegaron a Mozambique el 31 de agosto y se quedaron allí más de seis meses, hasta el 15 de marzo de 1587, llegando a Goa el 29 de mayo y reencontrándose allí con Valignano. La embajada permaneció entonces en la ciudad durante once meses, y hacia el final de éstos llegaron desde Japón cartas en las que se explicaba que Toyotomi Hideyoshi (1537-1598) estaba favoreciendo enormemente a la misión jesuita japonesa. En realidad, para entonces ya se había publicado el famoso edicto de expulsión de los jesuitas de 1587, pero esa noticia aún tardaría un tiempo en llegar a un sitio tan lejano como Goa, y las que les habían llegado en este momento se correspondían, en cambio, con una fase de optimismo, previa al supuestamente repentino cambio de opinión de Hideyoshi. En estas cartas llegadas de Japón, además, se sugería al virrey que sería muy oportuno enviarle al Taikō una embajada en señal de agradecimiento por este buen trato ofrecido a la misión, una idea que fue del agrado de Duarte de Meneses (1537-1588) –quien había sucedido a Francisco de Mascarenhas en el cargo. Por su parte, Valignano había dejado ya de ser el provincial de Índia, por lo que volvía a ser libre para viajar por todas las misiones asiáticas, así que decidió acompañar a los cuatro jóvenes en su regreso a Japón, y esto fue aprovechado por el virrey para nombrarlo su embajador y encargarle llevar su carta de agradecimiento y los protocolarios regalos a Hideyoshi. De esta forma, la embajada Tenshō se fusionó, en su recta final, con esta nueva embajada del virrey de Índia.

El 22 de abril de 1588 esta doble embajada dejó definitivamente India, llegando a Macao el 17 de agosto. Las paradas en este lugar al ir de India a Japón o viceversa solían ser largas a causa de las peculiares condiciones meteorológicas de la región, llegando normalmente a los diez u once meses, pero en esta ocasión Valignano y el resto tuvieron que permanecer en Macao aún más tiempo de lo acostumbrado, nada menos que casi dos años, y no por motivos relacionados con los vientos y las corrientes sino por razones políticas. Hemos comentado que la embajada del virrey tenía por objeto dar las gracias a Hideyoshi por el trato favorable hacia la misión jesuita, pero esto chocaba frontalmente con las noticias que se conocieron al llegar a Macao, según las cuales el Taikō acababa de prohibir a los jesuitas permanecer en Japón –aunque la medida no se estuviese implementando demasiado en realidad. Este inesperado cambio de escenario condenaba al fracaso por tanto a ambas embajadas: la del virrey ya no tenía demasiado sentido porque ya no había nada que agradecer a Hideyoshi, y además podría incluso no llegar a producirse porque el embajador, Valignano, no sólo era un jesuita sino que además era el líder de todos ellos, estando teóricamente prohibida por ley su entrada en el país; y la de los cuatro jóvenes, aunque ellos sí que podían regresar a Japón, tampoco tenía sentido, ya que su objetivo era el de, una vez allí, explicar a los cuatro vientos las grandezas de la Europa católica, un catolicismo que ahora estaba supuestamente siendo perseguido. Pese a todo ello, y jugando la carta de que, por casi por casualidad, Valignano no volvía en condición de misionero sino de embajador, se pidió autorización a Hideyoshi para que pudieran no sólo entrar en el país sino también ser recibidos en audiencia por él. Y en caso de ser recibido, el nuevo objetivo de la embajada de Valignano, obviamente, sería conseguir la derogación del edicto de 1587.

En la carta anua de 1588 Gaspar Coelho explica que el Taikō fue informado de la llegada de Valignano a Macao por parte del capitán de la Nao do Trato de ese año, y de que tenía la intención de ir a visitarle en calidad de embajador, “fazendolhe saber da vinda do padre Visitador a China que trazia a embaixada”. Hideyoshi se mostró complacido con la idea y autorizó su entrada en Japón, “tem dado licença que venha o padre Visitador com a embaixada”. Aunque pueda parecer inconsistente que, tras haber prohibido la presencia de los jesuitas en Japón, el Taikō aceptase tanto la entrada de Valignano en el país como incluso concederle una audiencia, en realidad es algo que resulta bastante lógico si lo vemos desde un punto de vista pragmático. Por un lado, en 1588 el gobierno Toyotomi ya estaba inmerso en una gran campaña diplomática para establecer vínculos con otros países de la región, aunque estos vínculos pretendidos fueran de vasallaje, y en ese sentido ya se había empezado a dialogar con el reino de las Ryūkyū y con Corea, por lo que una embajada nada menos que desde India resultaba sin duda muy interesante dentro de esta política de expansión diplomática. Por otro lado, tanto Hideyoshi como Valignano sabían que el gobernante japonés no podía prescindir completamente de los jesuitas mientras estuviese interesado por el comercio con los portugueses, en el que los misioneros jugaban un importante papel como intermediarios por su dominio del idioma japonés y sus contactos con las élites del país –principal motivo por el que no se había implementado el edicto de 1587. Luís Fróis lo reconocía unos años después, al hablar de las causas por las que el Taikō no había acabado con ellos:

La tercera [causa] que mucho le enfrena es el comercio que tiene con los portugueses particularmente aora que se ha desavenido con los chinos con quien queria comercio, el qual si le uviera puede ser que se acabara este nuestro (…) el comercio de los portugueses tan importante para Japón con los quales se avia de desavenir si procediera contra nosotros generalmente y por esta causa torno aora a declarar que aunque no quería que se predicasse/promulgasse [en el original aparecen los dos verbos, el segundo escrito justo encima del primero, pero sin estar el primero tachado] la ley asi como antes lo avia prohibido, mas por respeto de la nao estuviessen los padres en Nagasaqui y tuviesen iglesia porque con esta nao se enriquece Japón. Por esta misma causa nos dexo aun aora nuestra casa del Miaco en que estan los nuestros.

En realidad, aunque el papel que jugaban los misioneros en el comercio era importante, efectivamente, lo cierto es que cuesta bastante creer que fuese imprescindible, pues los comerciantes –a lo largo de la historia y en cualquier parte del mundo– nunca han tenido problemas para adaptarse a circunstancia alguna, y el afán de dos partes por hacer negocios no suele necesitar de muchos intermediarios. Pero lo importante no es si los jesuitas eran o no imprescindibles para comerciar, lo importante era si los japoneses, y sobre todo Hideyoshi, lo creían así. El propio Valignano era muy consciente de esto, y sabía que debían aprovechar esa ventaja, como él mismo explicaba unos años más tarde en su obra Addiciones (el título completo es Addiciones del sumario de Japon hecho por el P. Alexandro Valignano visitador de las Indias de Oriente en el año 83, las cuales se añadieron para declaracion del dicho sumario por el mismo padre en el año 1592, en ARSI, Jap.-Sin. 49), reconociendo que en realidad no había ninguna dificultad en tratar con los comerciantes:

Es verdad que con esta nave [la Nao do Trato] y con hazerles a las vezes bien poco favor, ellos [los señores japoneses] se engañan y conçebieron quasi todos que no estando aqui padres no se podran los japones negociar con los portugueses, la qual opinion no fue de pequeña ayuda en este tiempo, porque se dispuso algunas vezes este punto delante de Quabacundono [Hideyoshi] y los Bunguios [transcripción de bugyō, comisionados, magistrados o gobernadores, en este caso se refiere a los funcionarios que Hideyoshi destinó a Nagasaki tras expropiársela a los jesuitas para que gobernasen en su nombre en esta ciudad] (…) que el embio a este puerto el año passado, aunque eran nuestros contrarios y nos dieron basto que hazer, porque querian de los portugueses lo que no podia ser, todavia se persuadieron que no se puede con los portugueses negociar en Japon si los padres no estuvieran de por medio, mas en fin, aunque a las vezes ocurran en esto algunos enfadamientos, todavia con estas cosas comunmente se negocian facilmente estos portugueses y no nos cuesta de cosa nada, no da esto tanto trabajo.

Más allá de los motivos que tuviera para ello, lo importante es que Hideyoshi dio autorización a Valignano para volver a Japón, por lo que el 23 de junio de 1590 –casi dos años después de su llegada a Macao– la embajada pudo por fin zarpar hacia el archipiélago japonés, atracando en el puerto de Nagasaki el 21 de julio, ocho años y cinco meses después del inicio de su viaje hasta Europa.

De vuelta en Japón

Una vez en Japón, la embajada del virrey a Hideyoshi se consideró un asunto más importante que la propia embajada Tenshō, por lo que se dejó para más tarde la protocolaria recepción con los daimyō cristianos que la habían enviado y el asunto más urgente, en cambio, fue el de concretar una fecha en que visitar al Taikō. Para ello, el visitador pidió ayuda a dos señores cercanos a Hideyoshi: el miembro del Consejo de los Cinco Magistrados Asano Nagamasa (1546-1610), y Kuroda Yoshitaka (1546-1604), más conocido como Kuroda Kanbei o, tras su bautismo, con el nombre de Simeão. Con su intermediación, se consiguió permiso para que la embajada se trasladase a la capital, hacia donde partieron en diciembre. Tuvieron que detenerse por unos dos meses antes de llegar, y durante este tiempo fueron visitados por distintos daimyō, cristianos o no, antes de poder continuar su camino hasta Kioto el 22 de febrero.

La audiencia ante el Taikō tuvo lugar finalmente el 3 de marzo de 1591 en el palacio Jurakutei tras un pomposo desfile en el que Valignano y los cuatro jóvenes enviados a Europa pasearon por las calles de la capital, igual que habían hecho antes de las audiencias con Felipe II o Gregorio XIII, siendo recibidos al llegar por Toyotomi Hidetsugu (1568-1595), sobrino y heredero de Hideyoshi. En este momento el cargo de Hideyoshi seguía siendo el de kanpaku, ya que aún no había renunciado a él pasando a ser taikō, por lo que residía en este palacio que pertenecería después a su sobrino y que sería destruido tras la muerte de éste. Durante esta audiencia, en la que por primera vez hizo de intérprete con Hideyoshi el jesuita João Rodrigues (c.1560-1633), quien desde entonces sería prácticamente el intérprete oficial primero de Hideyoshi y posteriormente de Tokugawa Ieyasu (1543-1616), tanto que incluso se le llegó a apodar “Tçuzu”, transcripción de la palabra “traductor” –en realidad es transcripción de la palabra “tsūji”, que significa “traducción” y no “traductor”, el apodo se le puso también para diferenciarlo de otro misionero, también jesuita y también de la misión japonesa, con el mismo nombre y de la misma época, João Rodrigues Girão (1558-1629). Durante la recepción, se entregaron a Hideyoshi regalos del virrey de India y otros traídos desde Europa por la embajada Tenshō, y se le presentó la carta que había escrito el virrey, lo que debió resultar sin duda un momento curioso, ya que ésta era de agradecimiento por el buen trato hacia la misión, al haberse escrito antes de tener noticias del edicto de 1587. Tras esta parte más formal y protocolaria, el Taikō estuvo charlando de forma amistosa tanto con Valignano como con los cuatro jóvenes, preguntándoles por todo lo que habían vivido en su viaje, antes de que éstos ofreciesen un breve concierto con instrumentos europeos que entusiasmó a Hideyoshi, concluyendo la visita con un paseo para ver todo el palacio.

Aunque tras esta audiencia no se derogó oficialmente el edicto de 1587, el Taikō dijo a Valignano que los jesuitas podrían seguir en Japón siempre y cuando actuasen con discreción y sobre todo para poder encargarse de los portugueses que había en Nagasaki, por lo que el principal objetivo de la embajada del virrey fue conseguido, si no plenamente, de forma bastante exitosa en la práctica y por lo menos a corto plazo. Quien no gozó de la misma libertad de movimiento fue Rodrigues, puesto que Hideyoshi quiso que se quedase en Kioto y esa misma tarde lo invitó de nuevo al palacio para tener con él una larga y amistosa charla, de las muchas que tendrían desde entonces y hasta casi el mismo momento de la muerte del Taikō.

Al haber recibido una embajada del virrey de India, Hideyoshi debía responder a la misma con una carta, y en ésta –escrita unos meses después, en septiembre– explicaba que Japón había pasado por unos largos años de caos y desorden en que se desafió abiertamente a la autoridad imperial, pero que él, nacido bajo el favor especial del sol, había puesto final a esta situación conquistando todo el país en muy poco tiempo, eliminando a los bandidos de las tierras y el mar, y gobernando con obediencia a las leyes propias de Japón, que su autoridad se estaba ya extendiendo a otros países que estaban jurándole obediencia, que China también pasaría a estar en su poder dentro de muy poco y que, entonces, podría llegar hasta la misma India –no decía si como amigo o como enemigo, pero a nadie se le puede escapar la velada amenaza de estas palabras. A continuación incidía en la idea de que Japón era el país de los dioses, y que estos dioses estaban representados en India por las leyes budistas, en China por las leyes de los grandes sabios –el confucianismo– y en Japón por el shintoísmo, con lo que conocer uno de estos tres caminos era conocerlos todos, y que en ellos se sustentaban las relaciones sociales, entre señor y vasallo, entre padre e hijo, entre marido y mujer, etc.

Tras la audiencia con Hideyoshi se pudo proceder a concluir formalmente la embajada Tenshō, ya de vuelta en Kyūshū, reuniéndose los jóvenes delegados con aquellos daimyō cristianos a los que habían representado en Europa. Lo cierto es que esto sólo fue estrictamente así en el caso de Arima Harunobu, porque tanto Ōmura Sumitada como Ōtomo Sōrin habían fallecido durante los años en que la embajada había estado fuera, pasando entonces a sucederles Ōmura Yoshiaki (1568-1615), bautizado como Sancho, y Ōtomo Yoshimune (1558-1610), bautizado como Constantino –quien tras la prohibición de Hideyoshi había renunciado a ser cristiano pero ahora volvía a acercarse a los misioneros. En esta recepción, se leyeron las cartas y entregaron los regalos enviados por el papa, Felipe II y otras personalidades que los jóvenes habían conocido estando en Europa, dándose así por finalizada la célebre embajada Tenshō.

Impacto

El cambio de escenario político japonés de 1587, por mucho que Hideyoshi hubiese permitido tibiamente a Valignano que los jesuitas continuasen en el país, hizo que los planes propagandísticos que se habían diseñado para la embajada una vez estuviese de regreso acabasen quedando en nada. Los cuatro jóvenes entraron muy poco después a formar parte de la Compañía, el 25 de julio de ese mismo 1591, y no se dedicaron en cambio a viajar por el país explicando las excelencias y la supremacía de la Europa católica. Tampoco se publicó ninguna versión en japonés de sus andanzas allí, y los únicos japoneses que accedieron a estas crónicas fueron los estudiantes de las escuelas y seminarios jesuitas, ya que el De Missione de Valignano se utilizó como un simple libro de texto para practicar la lectura del latín en las aulas. Quizá se decidió que quedase reducido a este tímido papel porque en él se dedican muchas líneas a alabar la inmensa grandeza del papado y se habla de su gran poder sobre los reinos católicos, en una evidente muestra de injerencia política de la Iglesia que, de darse a conocer abiertamente en el Japón que se habían encontrado al volver, podría ocasionar muchos y graves problemas a la misión jesuita. No faltaron las voces –franciscanas principalmente– que directamente culparon a la embajada del edicto de 1587, lo cual no tiene ningún sentido más allá del mero afán de crítica. Lo que queda también bastante claro es que la decisión de no llevar a cabo la promoción de la embajada tal y como estaba planeada se tomó a causa de este cambio en las políticas de Hideyoshi, puesto que cuando los jóvenes japoneses estaban ya en Goa en el viaje de regreso y aún no se sabía nada allí del edicto, Valignano escribía en una carta que los delegados tenían un gran “desseo de manifestar nuestras cosas y ayudar a la converçion de Japon (…) y por sin duda tengo que en llegando a Japon no se hara alla menor movimiento de lo que hizieron en Europa”.

Pese a este “movimiento” que comenta el visitador, lo cierto es que en cuanto a la repercusión de la embajada en Europa –más allá del impacto momentáneo por el exotismo de todo el asunto–, sólo se consiguió el objetivo de que aumentasen las peticiones de ir como voluntarios a la misión japonesa entre los jóvenes jesuitas europeos. Sin embargo, este no era el objetivo principal de la embajada en lo relacionado con Europa, pues como hemos comentado anteriormente lo que se pretendía era sobre todo mejorar las condiciones económicas de la misión, y en este sentido el resultado fue muy decepcionante. Hemos visto que el papa Gregorio XIII había aumentado la aportación anual del papado a los 4000 ducados y que, poco después, su sucesor, Sisto V aumentó esta cantidad a los 6000, pero como ya sucedía con la aportación hasta ese momento, en la práctica apenas llegó a manos de los misioneros japoneses. Entre 1585 –año en que se concedió– y 1603, los 6000 ducados se recibieron una única vez, pasado este año, el papa Clemente VIII (1536-1605) lo anuló, para volver a instaurarse en 1607 pero con una dotación, de nuevo, de 4000 escudos. Otras personalidades europeas también prometieron ayudas económicas para financiar colegios y seminarios pero, más allá de lo que obtuvieron directamente, en efectivo, regalos o pagando los gastos del viaje en sí, como hizo Felipe II, no se consiguió ninguna aportación y la misión japonesa continuó teniendo los mismos aprietos económicos que había tenido hasta entonces.

La misión jesuita japonesa entró durante los siguientes pocos años en un momento de calma y estancamiento, habiéndose interrumpido bruscamente su rápido crecimiento con el edicto de 1587 y teniendo que seguir funcionando desde ese momento de forma, si no clandestina, sí muy discreta. De momento se había evitado ser expulsados del país o perseguidos por su actividad, aparte de por el interés de Hideyoshi en el comercio –ya lo hemos comentado– por mantener dicha discreción, como explicaba Fróis:

El modo que hasta aora tuvimos de proceder por no irritar al Rey [Hideyoshi] andando con el trage mudado no predicando publicamente donde avia gentiles (porque donde todos son Christianos los sermones son publicos en la iglesia) y andar con nombre de escondidos, tener nuestras casas en lugares no publicos con muestra de tener respecto.

Por su parte, en estos años Hideyoshi se centró en, de cara al interior, seguir aplicando medidas para lograr la estabilidad política y social de Japón, y en, de cara al exterior, continuar con sus campañas diplomáticas para conseguir que el resto de los actores de la región le rindiesen vasallaje y poder finalmente subvertir el sistema regional sinocéntrico, culminando con la conquista militar de China.


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López-Vera, Jonathan. “La Embajada Tenshō (1582-1591), adolescentes japoneses en la Europa del siglo XVI” en HistoriaJaponesa.com, 2018.