Diario de Ise

Entre el 23 de febrero y el 14 de marzo de 2015 he estado en la ciudad de Ise, prefectura de Mie, para hacer un curso de tres semanas sobre cultura e historia japonesa en la Kogakkan University, invitado por ésta y por el ayuntamiento de Ise. Prometía ser una experiencia de lo más interesante, nunca había estado en esta ciudad y estaba deseando hacerlo. Una de las tareas que debía cumplir como parte de este curso era la de ir explicando en internet –ya fuese en redes sociales, un blog o una web– las actividades que fuera haciendo y lo que fuera aprendiendo, así que en mi caso qué mejor lugar que HistoriaJaponesa.com para ello. O sea que cada día fui colgando un pequeño resumen de lo que iba hecho, con algunas fotos, en este mismo lugar. Espero que os parezca tan interesante como a mí.

04 marzo – Folklore, ramen y trocitos de historia por los que pelear

La lluvia prevista para la tarde de ayer acabó llegando finalmente, pero por suerte lo hizo ya por la noche y se había marchado completamente al llegar la mañana, que ha despertado con un sol radiante. También me he enterado de que anoche hubo un terremoto, parece que bastante perceptible… pero la verdad es que yo no me enteré.

Hoy, de nuevo, teníamos dos clases por la mañana y visita por la tarde, con la novedad de que no comíamos en la universidad sino en un restaurante, para lo que ya hace días nos habían preguntado a cada uno si preferíamos un menú de pasta o de ramen –por si tenéis curiosidad por saber qué elegí yo, lo segundo… obviamente, ya habrá tiempo de comer pasta de vuelta en casa.

Las dos clases de hoy estaban dedicadas al mismo tema, al folklore y las costumbres de Ise, la primera de ellas a cargo del profesor Okada, el mismo que tuvimos en las dos clases de ayer. Con él hemos estado hablando, entre otras muchas cosas, de unos temas relacionados con los sacerdotes shintō, y me ha hecho gracia que, cuando el profesor ha dicho que unos de nivel bajo que se dedicaban a viajar se llamaban “oshi” pero que en Ise se les llama “onshi“, me ha dado por buscarlo en mi diccionario y ahí también aparecía esa distinción, como veis en la captura de pantalla –una muestra de lo importante que es el Gran Santuario de Ise para los japoneses… y lo bueno que es mi diccionario, supongo. También hemos hablado de los noshibukuro, los sobres que utilizan los japoneses para felicitaciones tras una boda, el nacimiento de un hijo, la graduación en la universidad, etc., y su vinculación con el Shintō. Realmente, una de las cosas que estoy aprendiendo estos días es la fuerte influencia del Shintō en muchísimos niveles de la vida japonesa, es sorprendente… aunque, por otro lado, tiene su lógica, puesto que el Shintō es, sobre todo, un conjunto de costumbres y no una religión al uso. Al final de la clase el profesor nos ha hablado del calendario de Ise, que durante el periodo Edo se utilizaba en todo el país y marcaba todas las festividades, el mejor momento para iniciar las cosechas, etc., y nos ha enseñado uno muy curioso porque es de un año que no existió, porque se hizo –lógicamente– antes de que empezase el año, y poco después el emperador murió, con lo cual el nombre de aquel año cambió –actualmente estamos en el año 27 de la era Heisei, por ejemplo– y ese calendario no se llegó a utilizar.

La siguiente clase, sobre el mismo tema, también era con el profesor Okada, pero no el mismo Okada, resulta que los dos profesores de hoy se apellidan igual, escrito incluso con los mismos dos kanjis. Curioso. Pues con Okada II hemos seguido hablando del folklore de esta ciudad en concreto y de todo el país en general, viendo cómo algunas de las costumbres locales aparecen ya en el Kojiki y el Nihon Shoki, que os recuerdo que se acabaron de compilar a principios del siglo VIII y recogían hechos que entonces ya eran algo antiguos. También hemos visto algunos vídeos con canciones tradicionales que se entonan en distintas festividades relacionadas con el Gran Santuario, normalmente con los rituales de reconstrucción cada veinte años –las imágenes que hemos visto eran de la última vez, en 2013.

Por si a alguien se le olvidaba, este gato dibujado en la pizarra nos recordaba que hoy comíamos fuera, pasta o ramen

Captura de pantalla de mi diccionario, donde especifica que en el caso del Gran Santuario de Ise, no se pronuncia “oshi” sino “onshi

Al salir de clase nos ha venido a buscar un pequeño ejército de taxis para llevarnos al restaurante en el que comíamos hoy, o debería decir “los restaurantes”, porque estaba dividido en dos, uno llamado Kura de Pasta y otro llamado Kura de Ramen. Así que hemos hecho dos grupos que no se han reunido hasta el momento del postre. Pero antes hemos podido degustar uno de los mejores platazos –enormes– de miso-ramen que he probado nunca, verdaderamente alucinante, de verdad. Sé que esto no va de comida, pero no me puedo resistir a poner la foto.

Justo al lado de los restaurantes, y regentado por la misma familia, se encuentra una pequeña factoría de miso y salsa de soja llamada Kōjiya, fundada en 1817. El dueño, con el que nos hemos reunido para los postres, es la séptima generación al frente del negocio, y nos ha invitado a visitar una parte de la antigua casa familiar. Allí tienen unas cuantas piezas interesantes, como pinturas y caligrafías, pero a los dos del grupo que trabajamos la historia premoderna japonesa lo que más nos ha gustado ha sido un par de biombos del periodo Edo, en los que aparece representada la Batalla de Dan-no-Ura… hemos estado un buen rato haciéndoles fotos, buscando a Yoshitsune y a Benkei, hablando con el dueño, etc. Saliendo de la casa nos han enseñado la pequeña factoría, y hemos podido ver –y oler– los grandes tanques de soja, el proceso de embotellado de la salsa y la tiendecita en la que venden sus productos.

La flota de taxis

Una cosa increíble

Minamoto Yoshitsune y Benkei

Entonces hemos hecho una pequeña ruta a pie por algunos lugares cercanos, guiados por el profesor Chieda, como el pequeño santuario Tsukiyomigu, puntos en los que los peregrinos se sentaban a descansar, o zonas en las que se situaban algunos mercados.

Finalmente, el lugar que creo que a todos más nos ha gustado, la casa familiar de los Maruoka. El primer Maruoka del que se tiene constancia fue precisamente un oshi, estos sacerdotes itinerantes de los que hablábamos más arriba, en el siglo XVI, y el señor Maruoka que hoy nos ha enseñado la antigua casa familiar es nada menos que el representante de la décimo-octava generación. Alucinante. Aunque la casa es posterior, de 1866, se trata de un buen pedazo de historia viva. O casi viva, deberíamos decir, porque la pobre está bastante deteriorada. Según nos ha contado el profesor Chieda, las autoridades no están demasiado interesadas en preservar esta casa, y el propio señor Maruoka lleva años trabajando él mismo para arreglar y mantener lo que puede, invirtiendo el dinero que tiene y el que no.

Ha sido especialmente impactante cuando nos ha enseñado unos documentos que ha ido encontrado accidentalmente al arreglar la casa. Muchos paneles de papel, como los de las puertas móviles o las partes traseras de cuadros, se solían reforzar con hojas de papel usadas, documentos que entonces carecían de importancia; como el papel era caro, no se podían permitir utilizar papel nuevo y sin usar. Arreglando estos paneles, quitando capas de papel gastado o en mal estado, el señor Maruoka fue encontrando muchos de estos documentos, ¡algunos incluso del siglo XVI! Nos ha enseñado algunos de estos documentos y nos ha dicho que hay muchos más tras muchas de las paredes y que los quiere ir recuperando con el tiempo. Nos ha confesado que para él es muy importante mantener viva la memoria de su familia y este trocito de la historia de Japón, por lo que nos ha pedido que diéramos a conocer su proyecto. Y me parece totalmente justo, así que os animo a todos a visitar su página en Facebook y darle a “me gusta”, quizá si las autoridades ven que un montón de gente de todos sitios conoce esta casa y se interesa por ella, decidan echar una mano también. Sería genial.

Y tras despedirnos del señor Maruoka, desearle la mejor de las suertes con su cruzada personal y darle las gracias por ello, nos hemos dirigido a la estación de tren para volver a nuestro ya estimado Kaikan.


05 marzo – Bushidō, Kawasaki y tofu

Pues ya es jueves, parece mentira, la primera semana pasó bastante lenta, pero esta segunda va a toda velocidad o me lo parece a mí. En fin, hoy volvemos a repetir el esquema de dos clases antes de comer y excursión por la tarde, y es el último día que lo hacemos así, según nuestro schedule, mañana toca todo clases, aunque sólo tres, el fin de semana estaremos fuera y la semana que viene la tenemos algo más vacía en general.

La primera de las dos clases de hoy era con el profesor Kanno, y trataba de la relación entre el Shintō y el bushidō. La verdad es que mi posición antes de empezar la clase era un poco escéptica, porque yo soy bastante crítico con toda la mística que rodea al bushidō –aunque también la encuentro muy atractiva, ojo– y afirmo que es una construcción artificial y menos antigua de lo que muchos creen, creada para favorecer la obediencia hasta la muerte al superior. Y por lo que sé del tema su relación con el Shintō es aún más artificial y moderna, puesto que, si analizamos el Shintō antiguo, vemos que ambas doctrinas son incluso contradictorias en muchos puntos… pero tenéis mucha más información al respecto en el artículo sobre Motoori Norinaga y los Kokugaku.

De todas formas, el profesor Kanno estaba de acuerdo en que el bushidō, tal y como lo conocemos, el de Nitobe Inazō, poco o nada tiene que ver con la ética de los samuráis antiguos, los que se dedicaban a hacer la guerra, y no a escribir poesías. Ha resultado que su visión era también bastante crítica al respecto, lo que me ha alegrado mucho. Hemos aprendido muchos datos interesantes que desconocía, como que la bandera vertical o estandarte que los samuráis solían llevar a la espalda en la batalla, además de servir como identificación, deriva de esta pequeña rama de árbol con papeles colgados que se utiliza en muchos rituales shintō. Por cierto, aviso desde ya mismo de que hace tiempo que dejé de debatir este tema del bushidō en internet con gente muy motivada que se cree a pies juntillas las cuatro cosas que cree saber del tema. Tampoco debato sobre la existencia de los ninjas o Superman, lo digo por si acaso.

La siguiente clase corría a cargo del profesor Chieda, el mismo que ayer nos hizo de guía en la visita de la tarde, y volvía al mismo tema que las dos clases del martes, el intercambio de Ise con el resto del país, pero esta vez desde una perspectiva económica. Las clases son en japonés y me cuesta bastante seguirlas, tengo que tener los cinco sentidos en ello, así que la cosa se complica si encima hablamos de temas económicos, por lo que no os voy a explicar nada de la clase –no me he enterado de demasiado, seamos sinceros. Para ilustrar la clase, ya que no os cuento nada, os pongo la foto de un antiguo billete japonés, de finales del periodo Edo; por un lado está una fotocopia en color de ambas caras y, por otro, el billete original, dentro de una funda de plástico.

El profesor Kanno dando clase

Los billetes antiguos del profesor Chieda

Tras la comida, hoy de nuevo en el comedor de la universidad, ha pasado a buscarnos otra vez un pequeño ejército de taxis –¿qué le ha pasado a nuestro querido autocar?– para llevarnos a la excursión de la tarde. Hemos estado visitando muchos edificios de un barrio antiguo de Ise llamado Kawasaki, como un negocio de refresco de sidra –riquísima–, un almacén de documentos y libros del periodo Edo, un par de posadas reconvertidas en museos, un museo propiamente dicho, algunas tiendas… la verdad es que, ahora que me pongo a pensarlo, hemos estado en muchísimos sitios esta tarde. Incluso hemos visitado una tienda de cuchillos donde también los afilan, y el señor de la tienda ha afilado un cuchillo para que viésemos cómo lo hace y, al acabar, ha empezado a cortar cosas con él y nos hemos quedado con la boca abierta: hojas de papel, una pequeña toalla doblada cuatro veces, tela, etc., y todo como si fuese mantequilla. Hasta me he comprado un kimono en una tienda de kimonos usados.

Dando un pequeño paseo hemos vuelto a nuestro Kaikan y hemos tenido casi dos horas libres, hasta que la flotilla de taxis nos ha llevado a cenar fuera, a un precioso restaurante especializado en tofu, aquí al lado tenéis la foto de la entrada. Teníamos una habitación para nosotros solos, éramos quince, con un gran ventanal que daba a un jardín interior y al río, realmente bonito todo el entorno. Y entones han empezado a traer comida, nada menos que catorce –¡catorce!– platos distintos de tofu para cada uno, una cosa grotesca por lo exagerado, en serio.

Al acabar, el batallón de taxis ya estaba esperándonos fuera para volver al cuartel general.

El restaurante de tofu


06 marzo – Un poquito de rock’n’roll

Como dije ayer, hoy sólo tenemos clases, pero únicamente tres, por lo que hemos acabado muy pronto, a las 14.30h. Una tarde libre, dentro del horario de este curso, es todo un lujo, así que se ha agradecido mucho, la verdad.

La primera de las tres clases trataba de la cultura de Kioto y Nara, y de su relación con Ise, a cargo del director de la universidad, el profesor Shimizu. El director ya nos dio una pequeña charla el primer día, explicándonos la historia de la Universidad Kogakkan y estaría bien explicar lo que pasó en esa clase:

Cuando empezó a hablar me di cuenta –aterrado– de que no estaba entendiendo prácticamente nada, y pensé que mi japonés estaba aún en peor forma de lo que yo creía, y que no iba a poder seguir las clases durante estas tres semanas; no es que hablase deprisa –al contrario– ni con un acento raro, es que sencillamente no conocía la mayoría de palabras que estaba usando. A mi alrededor veía a mis compañeros tomar alguna nota y asentir de vez en cuando, lo cual empeoraba la situación, ¡ellos sí le entendían! Pero cuando el director terminó su charla y salió de la habitación, el señor Tamada entró apresuradamente a decirnos que no nos asustásemos, que esa sería la clase con el japonés más complicado que tendríamos en todo el curso, que el lenguaje que usaba el director era muy antiguo y recargado, y que a ellos también les costaba un poco a veces entenderle. Y entonces hubo como un alivio generalizado, con risitas nerviosas y suspiros, porque resulta que a los demás les estaba pasando lo mismo que a mí.

Pues bien, como decía, hoy el director nos ha vuelto a dar una clase… y mejor no me preguntéis qué tal ha estado.

El director Shimizu… lo del oso de la pizarra es casualidad

Tras la pequeña pausa para el café –más necesario que nunca– ha sido el turno del profesor Sako, uno de los profesores más veteranos y reputados de la universidad, quien nos ha dado una curiosa clase sobre el alma y la esencia japonesa, un marco bastante filosófico y abstracto en principio, pero dentro del que nos ha hablado de gran variedad de temas más concretos. Ha salido un poco de todo en su clase, desde la isla de Dejima a que Japón es el país con la población más longeva del mundo, desde Leonardo Da Vinci a la lista de cosas que más preocupan o atemorizan a los japoneses… ¡hasta Pikachu ha salido! Aunque su japonés no era tan arcaico y recargado como el del director, tengo que decir que –para alguien con un nivel justito y acostumbrado además al japonés de Tokio como yo– aquí cuanto mayor es alguien más cuesta entenderle… y este profesor era muy mayor.

Como hoy no había excursión a ningún sitio por la tarde, hemos tenido un rato libre después de comer, antes de la clase de la tarde, y en principio había pensado en pasarme por la biblioteca, pero luego me he dado cuenta de que me apetecía hacer una pausa a tanto estudio y necesitaba un poco de rock’n’roll. No va en absoluto con la temática de este diario ni de esta web, pero quizá a vosotros también os apetece cambiar de tema un momento. Resulta que hay un edificio por el que paso cada día al volver del comedor de la universidad en el que se oye siempre a grupos de música ensayando, y hoy sencillamente he entrado –para sorpresa de los presentes– y he pedido permiso para quedarme un rato a ver el ensayo. Había cuatro chavales preparándose para empezar, afinando y tal, y otros tantos por allí pasando el rato. Casualidad de las casualidades, la primera canción que han tocado ha sido una versión de mi grupo japonés favorito, マキシマム・ザ・ホルモン (Maximum The Hormone). Luego ya han tocado dos o tres canciones suyas, y no lo hacían nada mal. Al acabar hemos estado hablando un rato, nos hemos hecho unas fotos juntos y les he invitado a visitar la web de mi grupo, Bottleduck, y bajarse el disco que tenemos allí –os invito a hacer lo mismo, el disco se puede descargar libremente, es nuestra contribución solidaria a la cultura mundial, sin que nadie gane un duro con ello.

Los chavales dándole duro

El profesor Kamo dándole más duro aún

Y entonces ha tocado la última clase del día, con el profesor Kamo, sobre la relación entre el Gran Santuario de Ise y la corte de Kioto a lo largo de la historia. A estas alturas de la semana, siendo viernes por la tarde, y después de las dos complicadas clases de esta mañana, la verdad es que a mi cabeza le costaba bastante concentrarse –y no era el único, a juzgar por las caras que veía a mi alrededor– pese a que la clase era realmente interesante.

El resto de la tarde, acabadas ya las clases, he decidido dedicarla a descansar y divertirme un rato, sin tocar un libro –que de vez en cuando es algo de lo más sano y recomendable. Este fin de semana promete ser algo muy grande, tenía muchas ganas de que llegase… pero no sé si mañana sábado podré actualizar, así que quizá tenga que hacer una actualización doble el domingo, ya veremos.


07 marzo – Ise > Nara > Kioto

Creo que no lo había dicho aún pero este fin de semana nos íbamos fuera, a Nara y Kioto, lo que suena genial y es incluso mejor todavía. Así que por la mañana, bien pronto, nos hemos puesto en movimiento; dos horas de tren desde Ise a Nara que he aprovechado para empezar a preparar una conferencia que haré el mes que viene y de la que os hablaré dentro de muy poco. Trabajar en los trenes me gusta bastante, pero trabajar en los aviones no, es curioso, quizá porque en el tren puedes ir mirando por la ventana y oxigenarte un poco, no sé. El paisaje era bastante interesante en algunos momentos, con montañas rodeadas de una espesa niebla, aunque el cielo amenazaba lluvia, y eso ya no era tan interesante, la verdad.

La mañana y primeras horas de la tarde las dedicaríamos a Nara, la antigua aunque poco longeva capital –del 710 al 794, dándole nombre a ese periodo–, una ciudad en la que no había estado antes y que tenía muchas ganas de visitar. De su papel como capital poco queda actualmente, pero de su papel como casi centro del Budismo en el país sí que continúa quedando constancia. Nuestra agenda era tan apretada como de costumbre, pero aún y así, hemos tenido tiempo para hacer lo más importante que hay que hacer en esta ciudad: ¡tocar los ciervos! No, en serio, sabía que había ciervos en Nara y tal, pero me ha sorprendido mucho ver que había tantos y que estaban por todos lados. En fin. La primera parada ha sido el templo Kōfuku-ji, donde, tras admirar la gran pagoda de cinco pisos, hemos visitado el Pabellón Dorado del Este, con su impresionante tríada Yakushi, un conjunto escultórico con un gran Buda en el centro y un bosatsu a cada lado, custodiados por cuatro reyes Deva y doce generales celestiales. No se podía hacer fotos en el interior, una pena. Saliendo de allí, hemos ido al Museo de los Tesoros Nacionales –donde tampoco está permitido hacer fotos… ¡ni siquiera hacer dibujos!–, un lugar que recomiendo visitar sin dudarlo. Hay muchas y diversas esculturas de distintos periodos, pero siempre de la zona de Nara, algunas gigantescas y otras más pequeñas, la más famosa es sin duda la estatua de Ashura. A mí –que no entiendo demasiado de arte– las que más me han impresionado han sido unas del periodo Muromachi, por su realismo, sobre todo por utilizar ojos de cristal. Por cierto, caminando por el exterior me he encontrado a una chica a la que no conozco pero que me sonaba de la facultad donde estudié la carrera, muy curioso.

Hemos salido entonces de los terrenos del Kōfuku-ji –entre ciervos y más ciervos– y hemos ido dando un paseo hasta el restaurante donde teníamos que ir a comer. Por el camino hemos pasado por algunos parques bastante impresionantes, como uno que incluyo en las fotos, con un pequeño lago sobre el que hay un pabellón de madera. Ya en el restaurante, hemos descansado un poco las piernas mientras degustábamos un buen bol de udon.

La siguiente visita, en medio del bosque, era un santuario, el Kasuga-taisha. Mientras caminábamos hacia allí por un sendero –rodeados de ciervos, claro– ha empezado a llover, pero por suerte no de forma excesiva, aunque sí persistente. El Kasuga data del periodo Nara, ha estado siempre asociado a la familia Fujiwara y es famoso por su gran número de lámparas, de piedra las que llevan al santuario y de bronce las que hay dentro. Hay también una sala completamente cerrada, a oscuras, iluminada sólo por algunas de estás lámparas y con las paredes cubiertas de espejo; he puesto una foto, pero no hace justicia. Nuestro guía, un sacerdote shintō que estudió en la Kogakkan, nos enseñó también algunos árboles que tienen entre ochocientos y mil años, que aparecen en algunos cuadros de principios del siglo XIV.

Al salir del santuario –bajo la lluvia… y rodeados de ciervos, claro– hemos ido caminando hasta el que quizá es el templo más famoso de la ciudad, el Tōdai-ji, y el principal motivo por el que hay que venir a Nara –sí, más incluso que los ciervos. Ha sido hasta hace pocos años el edificio de madera más grande del mundo y, pese a saberlo y haber visto muchas fotos, cuando lo he tenido delante me he quedado realmente muy impresionado. Es muy grande. Mucho. Y tiene que serlo, porque dentro está la estatua de bronce de Buda, conocida sencillamente como Daibutsu y algo más grande que el de Kamakura –y parece bastante más grande por estar bajo techo. Hay otras estatuas más dentro del edificio, también muy grandes, todo es muy grande en el Tōdai-ji. Realmente, este edificio se ha reconstruido varias veces –fue destruido, por ejemplo, durante las Guerras Genpei–, y dentro hay maquetas de las diferentes versiones a lo largo de la historia… sorprende saber que el actual es un tercio más pequeño que el original.

Desde allí hemos ido caminando hasta la estación –¿hace falta que diga que vimos más ciervos en el camino?– para tomar un tren hasta Kioto, donde hemos llegado en unos cuarenta minutos. Teníamos prevista una visita al llegar, pero la lluvia ha obligado a un cambio de planes y nos hemos ido al hotel a descansar un rato antes de salir a cenar todos juntos y darnos la noche libre para que cada uno hiciese lo que más le apeteciera.


08 marzo – Kioto > Ise

La mañana en Kioto, tras el generoso desayuno en el hotel, ha empezado con una visita al cercano templo Tō-ji, fundado sólo dos años después de que la capital se trasladase –como hemos hecho nosotros– de Nara a Kioto. Hemos entrado en varios de los edificios, incluida la planta baja de la pagoda de cinco pisos, que normalmente está cerrada al público pero que este año han decidido abrir durante dos meses –ignoro el motivo pero bienvenido sea. En ninguno de estos sitios estaba permitido hacer fotos, así que me temo que no puedo ilustrar esta visita más que con la foto que tenéis aquí a la izquierda. La verdad es que no entiendo demasiado esto de no dejar hacer fotografías, ¿cuál es el motivo? ¿Creen que alguien va a dejar de querer visitar uno de estos lugares por haberlo visto ya en una fotografía? Yo creo que al contrario. Entiendo lo de no poder usar flash, porque puede dañar las piezas exhibidas, pero no poder hacer ni siquiera un dibujo –en algunos sitios lo especifican– me parece algo ilógico… en fin, ellos sabrán, por otro lado.

Después era el turno de un santuario, el Yasaka-jinja, situado en el famoso barrio de Gion –sí, el de las geishas–, fundado a mediados del siglo VII. Allí, un jovencísimo sacerdote shintō, graduado en la Kogakkan hace tres años, nos ha enseñado algunas curiosidades, como una pequeña estatua de Buda que tienen guardada en un pequeño armario y cuyo origen desconocen. Otro buen ejemplo de sincretismo, sin duda. Muy curiosa también una pintura de un gallo, a la que poco después de ser pintada se le añadieron unas líneas representando una jaula, porque, según nos ha contado nuestro guía, el gallo parecía tan real que temían que se escapase del cuadro. Al acabar la visita nos han llevado a las oficinas del santuario –curioso– y en una cafetería que hay dentro nos han invitado a tomar un té.

El Yasaka-jinja

Hemos tenido entonces un par de horas libres para comer –unos soba con pato buenísimos– y hacer algunas compras por las tiendas que hay en las calles que llevan al templo Kiyomizu-dera, repletas de turistas, por cierto –la mayoría chinos, estos chinos que tanta manía le tienen a Japón, en teoría. Yo sólo había estado en Kioto una vez, hace algo más de siete años, y sólo pasé en la ciudad dos días; en aquella ocasión ya visité este templo, pero no me ha importado en absoluto repetir, es un lugar impresionante.

El Kiyomizu-dera

Dando un paseo de unos cuarenta minutos hemos vuelto a la gigantesca y moderna estación central de Kioto para tomar un tren de vuelta a Ise –un par de horas aprovechadas para trabajar un poco, como de costumbre. Ha sido un fin de semana genial, sin duda, aunque hemos acabado cansados físicamente y creo que el Kaikan nunca me ha parecido tanto un hogar como hoy al abrir la puerta de mi habitación. Sin duda, una manera estupenda de terminar nuestra segunda semana de curso.